Contra el tiempo

Filosofía práctica del instante

Página 1

Autor: Luciano Concheiro

Anagrama.
Barcelona (2016).
176 págs.
15,90 € (papel) / 9,99 € (digital).
Ilustraciones interiores: Gabriel Orozco.

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Con este libro, finalista del Premio Anagrama de Ensayo 2016, Luciano Concheiro (Ciudad de México, 1992) se suma al debate sobre las consecuencias de la velocidad en nuestra vida, e indaga el modo de librarnos de ella.

Su diagnóstico va en la línea de otros aparecidos en los últimos años. La aceleración ha traído la fiebre consumista; la erosión de la capacidad para concentrarnos y contemplar; la política cortoplacista; el deterioro del pensamiento democrático, la deliberación y el debate; la falta de una narración coherente que dé sentido a la rapidísima cascada de noticias que fluyen por las redes sociales; el cansancio físico y mental…

Además, Concheiro añade una intuición interesante: si la aceleración es “un torbellino que atrae todo hacia sí para incorporarlo a su veloz movimiento circular”, entonces es inútil enfrentarse a esa concepción del tiempo con la estrategia de la lentitud, como proponen el slow movement y autores como Lamberto Maffei o Pierre Sansot. Todo lo más que se puede hacer es huir de su dinámica mediante una vivencia del tiempo basada en el instante, “un tiempo fuera del tiempo”.

Se trata de adoptar una actitud no de abierto enfrentamiento –es decir, un voluntarismo empeñado en sustituir los hábitos de la prisa por los de la lentitud–, sino de “resistencia tangencial que, aunque no transforme la realidad circundante, nos permita escapar por momentos de la velocidad”.

Y aquí es donde entra en escena su “filosofía práctica del instante”, una forma de vida que decepcionará a quien espere encontrar algo más sustancioso detrás de esa intuición. Porque, al final, el núcleo de su propuesta “no sería más que una serie de prácticas que permitieran desencadenar el instante”.

Concheiro aclara que su planteamiento es diferente del “carpe diem capitalista”. Y algunas prácticas que cita a modo de ejemplo van en esa línea: leer poesía, contemplar una fotografía –como las de Gabriel Orozco, que ilustran el libro– o participar en una manifestación política. Pero como no hay elecciones más valiosas que otras –“lo de menos es qué práctica se decide ejecutar”, pues “por sí mismas (…) no significan nada”–, no es extraño que en la lista de ejemplos acaben compareciendo otras prácticas menos significativas, como las borracheras.

Por otra parte, Concheiro no aclara cómo la concatenación de experiencias temporales puede ayudar a articular “una trama que dé sentido a los hechos y los entreteja en un conjunto coherente”, que es precisamente uno de los males más serios que achaca a la aceleración. Si el instante no es más que un “mientras tanto” y si renunciamos –como hace el joven pensador– a las “causas trascendentales”, las “grandes expectativas” y a un “futuro esperanzador”, ¿de dónde vamos a sacar la narración que dé sentido a la vida acelerada que transcurre entre instante e instante?

Al reducir su filosofía a “una cuestión de calidad de vida” –en la línea de Michael Onfray–, la nostalgia de relatos coherentes se va diluyendo a lo largo de libro y acaba por dejarnos un modesto manual de supervivencia frente a las prisas, mezcla de fragmentación posmoderna y algún principio taoísta: lo importante sería “eludir lo que produce insatisfacción o nos oprime” y “ser como el agua”, que fluye “con soltura, sin obligaciones ni expectativas”.


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