Leo y Lorea se han separado después de años de relación. Sus vidas transcurren entre trabajos precarios, crisis personales y una profunda sensación de vacío y soledad. En su debut en la dirección, Javier Giner (Yo, adicto) hace algo bastante arriesgado: una radiografía generacional mezclando el tono y el registro de cine social de Mike Leigh con el desarrollo de una subtrama absolutamente almodovariana y, al mismo tiempo, con un estilo personal que, entre otras cosas, le lleva a situar la acción en un Bilbao que conoce muy bien.
Como toda ópera prima, Esta soledad es imperfecta e irregular en algunos momentos, pero respira verdad. En cada uno de los personajes -y especialmente en la pareja protagonista que borda sus interpretaciones- se percibe una labor pausada de escritura, de reflexión y de análisis sobre la fragilidad de los vínculos. Y, de cómo esta fragilidad hace al ser humano sumamente vulnerable.
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Lo llamativo es que podríamos estar ante una cinta agónica y nihilista, extenuada ante la crisis existencial que relata pero Giner consigue que su película vaya in crescendo y firma un clímax sorprendente en su apertura a una más que cierta esperanza.
Puede parecer sencillo, pero quien firma estas líneas está muy acostumbrada -y el lector me habrá leído- a películas que arrancan bien para naufragar a la hora de metraje. O cintas que plantean una batería de cuestiones de calado para no dar respuesta ni solución a ninguna. Giner consigue las dos cosas: preguntarse y contestar. Abrir, pero también cerrar. Con una maravillosa escena, por cierto, que se cuenta entre los mejores finales del cine español de este año.