Desde hace más de un siglo llegan a Europa desde los Estados Unidos rasgos culturales, unos buenos, otros no tanto y, no pocos, mediocres. En este siglo XXI nos han regalado el Black Friday y lo woke, una corriente que no ha nacido de las preocupaciones de la totalidad de los ciudadanos, sino de grupos minoritarios, sobre todo en la Costa Oeste, muy activos en universidades y mediáticamente.
El libro de José María Carabante es la mejor explicación que he visto de ese fenómeno, porque se detiene en las vicisitudes del desarrollo de esa actitud (ya que, en efecto, es una actitud antes que pensamiento) desde sus inicios. Lo woke se asienta sobre la necesidad de “despertarse” ante la injusticia racial. Después toma algo del marxismo, en la reinterpretación de Gramsci, pero como ya no vale lo de burgueses/proletarios, va reuniendo identidades varias: lo queer, lo trans, lo no binario, una pizca de indigenismo, la (in)cultura de la cancelación…
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Personalmente, lo que me resulta más llamativo de esta moda ideológica no es que defienda lo que defiende, porque ese es el juego de la libertad, sino que pretenda que la política que se deriva de esa actitud sea de obligado cumplimiento en las instituciones públicas y privadas. Es una especie de dictadura líquida que se aprovecha del sentido natural de rechazo ante las injusticias sociales.
La historia tiene amplias tragaderas y es probable que en unos decenios lo woke sea solo un residuo de la confusión de este siglo XXI en Occidente (mientras, por ejemplo, China, sin woke que valga, se convierte en la primera potencia mundial). En cualquier caso, si el fenómeno persistiera, Carabante propone varias modalidades de lucha cultural que tienen en común la profundización en lo que es el ser humano desde una filosofía realista que ofrece fundar la dignidad de la persona, el respeto por la diferencia, la posibilidad de moverse en el horizonte de la verdad, del bien y de la belleza.
Leyendo este ensayo he pensado que el ser humano, lo sepa o no, lo quiera o no, necesita siempre un agarradero en clave de amor y no de dominio. Cuando decae el sentido de lo religioso, el agarradero suele ser ideológico, es decir, una mezcla de medias verdades, pasiones, deseos, sueños y pesadillas. En este nada feliz siglo XXI nos ha tocado soportar la insistencia woke, que tiene facilidad para sumar a quienes no cuentan con un pensamiento propio. Pero al final de la insistencia, como suele ocurrir, viene el cansancio.
Lo woke, como uno de esos idola fori que en el siglo XVII describía Francis Bacon, irá haciendo mutis por el foro mientras poco a poco irá entrando otro ídolo. Mucho antes lo escribió san Pablo (1 Corintios 7, 32): “Porque la figura de este mundo pasa”.