Las próximas elecciones generales, adelantadas, en España, llegan en un clima de fuerte polarización. Francisco Santamaría, doctor en Filosofía y colaborador de Aceprensa, reflexiona en su substack “La conversación pública” sobre la necesidad de que la política no se quede en la competición partidista y el beneficio a corto plazo. Pues los problemas pueden ser urgentes, pero las soluciones requieren tiempo.
En estos momentos, mientras la confrontación entre partidos es radical, la confianza pública en la política es baja, observa Santamaría. El 56,9% de los ciudadanos están poco o nada satisfechos con el funcionamiento de la democracia, según el CIS. Una razón es la incapacidad para resolver los problemas. “Cuando los ciudadanos comprueban que cuestiones que afectan directamente a su vida permanecen sin respuesta durante años, es fácil que la frustración termine convirtiéndose en desconfianza hacia las instituciones. La vivienda constituye probablemente uno de los ejemplos más evidentes”.
Para comprender mejor la raíz de esta desafección, Santamaría propone una idea: “En la democracia coexisten varios relojes o marcos temporales (…). Los ciudadanos vivimos con frecuencia en el tiempo de la urgencia. Una consulta médica, un permiso de obra o la búsqueda de una vivienda pueden exigir una respuesta inmediata. Pero detrás de muchas de esas demandas existe un sistema que no se improvisa: hacen falta recursos, normas, infraestructuras, profesionales, procedimientos y decisiones que requieren años para ser diseñados, implantados y evaluados. Esta urgencia ciudadana normalmente aflora a través de las redes sociales y de los medios de comunicación. Pero recurrentemente salta a la calle; en forma de manifestaciones, las más de las veces, pero también en forma de tractoradas, marchas, acampadas o huelgas”.
Por otro lado, la política tiene otro reloj. “Los gobiernos tienen que responder a las urgencias, pero compiten electoralmente en períodos mucho más breves que los necesarios para resolver buena parte de los problemas estructurales. Hay decisiones cuyos costes son inmediatos y cuyos beneficios, si llegan, tardarán años en hacerse visibles. Hay reformas que difícilmente caben en una legislatura. Y hay problemas para los que simplemente no existe una solución rápida”.
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También la Administración pública y la justicia tienen sus propios relojes. Y los mismos problemas sociales, que las instituciones han de resolver, van a su paso. En efecto, a veces “aparecen fenómenos nuevos antes de que hayamos tenido tiempo de comprenderlos y, mucho menos, de desarrollar las herramientas políticas adecuadas para abordarlos”. Un ejemplo es el turismo: “Siendo una de las grandes fuentes de riqueza de nuestro país, solo recientemente hemos empezado a percibir con claridad algunas de las tensiones que genera y a preguntarnos cómo gobernarlas”.
Cuando los distintos relojes se desacoplan, surge una crisis. “Los calendarios electorales marcan cada vez más la política e inciden en el desajuste entre el reloj de los ciudadanos y el de los políticos. El resultado puede ser una tentación permanente en el Gobierno de aplazar las decisiones difíciles, evitar aquellas que tienen un coste electoral inmediato o concentrarse en aquello que puede producir resultados visibles dentro del plazo político disponible. Por su parte, los partidos de la oposición exacerbarán la urgencia ciudadana. Así, paradójicamente, los problemas que más necesitan política pueden ser precisamente los que menos encajan en el tiempo de la política. La vivienda es, de nuevo, un buen ejemplo”.
Cuando “el reloj electoral termina imponiendo su ritmo a todos los demás”, hace falta volver a coordinarlos. Para eso está “lo que tradicionalmente se ha llamado sentido de Estado: la capacidad de reconocer que determinados problemas son demasiado importantes y demasiado largos como para quedar enteramente sometidos a la competición partidista”. El sentido de Estado implica “aceptar que algunas decisiones necesitan continuidad más allá de una legislatura y que hay cuestiones en las que la búsqueda de acuerdos no supone renunciar a las diferencias políticas, sino proteger aquello que está por encima de ellas”.
En conclusión, “una democracia madura necesita saber que no todos [los relojes] marcan la misma hora y, sobre todo, que ningún problema se soluciona de la noche a la mañana”.
Un comentario
Muy bueno para no polarizarse y trabajar juntos (partido gobernante y oposición) por el bien común