En la memorable Tiempos modernos, un Charlot despistado que deambula por las calles de la gran ciudad buscándose la vida ve caer de un camión una bandera roja; la recoge, la agita en el aire y le grita al chofer para que se detenga y vuelva a por ella. Pero no es lo que sucede: una marcha obrera que discurre por ahí se coloca instintivamente detrás del vagabundo de la bandera, que pasa a ser, sin quererlo, el líder de la protesta. Cuando la policía, bastón en mano, comienza a repartir con alegría, el hombre se lleva lo suyo y, además, acaba en comisaría.
Algunos Charlots hay en la vida que, sin buscar causa alguna en la que militar, se dan con ella en los morros y acaban de portaestandartes. Le ha ocurrido a Maricarmen Abascal, la octogenaria en proceso de desahucio que, a su pesar, se volvió por unos días la “Inquilina de España” y que falleció el miércoles en un centro hospitalario madrileño.
La anciana ha sido curiosamente metamorfoseada en símbolo y en “abanderada pasiva” por parte del público que ha estado protestando en las principales plazas del país por la calamitosa situación del déficit de vivienda asequible. No sin parte de razón, pero no siempre con las ideas claras. Algunos de los participantes en la pijam… ¡en la acampada! de Sol han clamado por expropiaciones a troche y moche –la icónica imagen del Che Guevara, gran expropiador en la Cuba de los años sesenta, se multiplica en pósteres y camisetas en la plaza–, y por okupar y hacerles la vida un yogur a los “rentistas”, plaga informe que integran lo mismo el fondo estadounidense Blackstone que Pepe el jubilado, dueño de un estudio de 20 metros con el que se saca algunos euros más “para respirar”. Además, para no perder músculo protestil, los activistas han tirado de clásicos: han ondeado banderas palestinas y arremetido en alguna que otra pancarta contra el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, que no tiene la menor culpa de la escasez de vivienda en España ni probablemente se haya enterado de los miles de casas que su némesis ibérica, Pedro Sánchez –primer doliente de Maricarmen–, ha “construido” desde que está en La Moncloa. De hecho, cuando se entere, que tenga a bien informarnos.
Descansa mucho, eso sí, escuchar a la multitud recordarle a voz en cuello al personal que “Madrid será la tumba del fascismo”, por más que el fascismo tenga, respecto a la escasez concreta de vivienda aquí y ahora, la misma culpa que el humo de un cigarrillo respecto al cambio climático. Uno tiene que sonreírse al imaginar que, de presentarse a las puertas de la capital la visión fantasmagórica de un escuadrón de la Wehrmacht, pocos estarían en disposición, más allá de gritar, de tomar un arma y defender los 20 adoquines sobre los que han plantado su tienda Quechua. Hay mucho pet-friendly, mucho vegan, mucho rasta, mucho non-violent, presto, eso sí, a combatir el “fascismo” de quién se acerca con un micro a preguntarles sencillamente si ya no les vale y si no es hora de despejar el espacio público. El fascismo real, de lejos o a la distancia del tiempo, se combate mejor.
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Ajena a la hipotética batalla en que el bien universal enterraría al mal justamente en su ciudad, Maricarmen murió, como sabemos, en una cama de hospital, y los acampados le han levantado un altar en Sol con velas, cartones pintarrajeados de flores y frases de cariño, seguridades post mortem del tipo “lucharemos por todo lo que nos enseñaste” –no está claro exactamente qué, pero aquí cabe un respetuoso silencio– y algún simbólico y abarcador elogio: “Era la abuela de todo un país”.
De “todo un país”. En letras metálicas, doradas, puede quedar bien en una lápida. Lástima que, no a todo el país, pero sí a buena parte, sus abuelas reales le importen más bien poco. Los números hablan de más de dos millones de personas mayores de 65 años que viven solas en España. Tres de cada cuatro son mujeres. Más de un millón de Maricármenes y varios cientos de miles de Franciscos, Ignacios o Santiagos, muchas y muchos de los cuales no están a gusto en su soledad: la sufren. Según un informe de la ONCE y AXA , de 2024, un 14,5% de los mayores de 65 a 74 años y un 20% de los que pasan de 75 estarían en esa situación.
Hay también otros miles que viven en residencias. Tienen compañía, sí, pero no todos reciben la visita de los suyos, o no con la frecuencia que estos pudieran. No quieren que se les nombre en una pancarta, ni ser símbolos de nada, ni salir en la tele en un reportaje sobre desahucios frenados ni en otro sobre el abandono de los adultos mayores. Quieren el beso y el abrazo del nieto, que hace muchos, muchos fines de semana que no viene…
Quién sabe si el finde de más adelante, o el otro, porque “de seguro este no vendrá: estará en la acampada de Sol”.