Quien tiene una idea o el ánimo de elaborar un sistema corre el riesgo de juzgar la realidad empleando solo la lente de su ocurrencia. Por eso, se deja muchas cosas en el tintero. Así ha ocurrido tradicionalmente en el ámbito de la filosofía, cuya historia ofrece muchos ejemplos de esa miopía, desde Platón, que empleaba el ingenio natural de un esclavo como argumento definitivo para apuntalar su teoría de la reminiscencia, a Marx, capaz de atisbar el engranaje de las fuerzas productivas incluso en la dinámica del amor romántico. Pero, aunque se trata de un pecado excusable, no puede hacernos olvidar que en el campo del pensamiento, más que blancos o negros, hay una escala infinita de grises.
A lo largo de su dilatada trayectoria, Mauricio Beuchot ha ido dando vueltas una y otra vez a la analogía, descubriendo en ella el principal recurso de la razón para salvar los escollos que la condicionan en nuestro tiempo. Aristóteles fue el primero en vislumbrar no solo que la realidad es poliédrica, sino que también nuestra forma de referirnos a ella se halla mediada y envuelta por incontables pliegues. El pensador mexicano interpreta con holgura la analogía aristotélica, así como la tradición escolástica que la heredó, para proponer una hermenéutica abierta a la diferencia como método por antonomasia.
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No es fácil acercarse a los diferentes juegos de la analogía ni comprender sus tipos, tipos a los que en este ensayo de Beuchot levemente se alude. Pero sí que logra el autor defender la existencia de un camino intermedio, bastante prometedor y luminoso, entre el dogmatismo, que absolutiza una determinada interpretación de lo real, y el relativismo posmoderno, para el que toda forma de entender lo que nos rodea resulta igualmente válida. La analogía, en el espacio que deja la univocidad, por un lado, y la equivocidad, por otro, encuentra que lo real se nos dona de modo diverso, sí, pero los sentidos que diferenciamos tienen su orden y razón de ser.
La analogía es, pues, lo que funda el pluralismo. O el sentido común, que es lo mismo. Cuando Aristóteles afirmó que el ser se dice de muchas maneras inauguró una tradición que, precisamente por su versatilidad, no ha perdido vigor. Beuchot sintetiza en este ensayo lo que ha descubierto estudiando con pasión esa metodología que permite –y esto es lo importante– solventar ciertas aporías. Por ejemplo, el pensamiento analógico, que se aquilata en el siempre difícil juego de la identidad en la diferencia, permite descubrir en el otro a alguien con la misma dignidad que yo, así como captar la manera en que ciertos universales –el amor, los valores o la vida buena– se concretan en una multiplicidad de formas. Si el multiculturalismo encapsula las formas de vida, la interculturalidad permite un diálogo enriquecedor entre ellas.
La analogía va tras el sentido y necesariamente se complementa con la hermenéutica. Beuchot no disuelve, sin embargo, la posibilidad de conocer la esencia de las cosas, si bien admite que esta no se revela de modo definitivo. Si el ser humano no puede abdicar de la interpretación no es porque tenga razón Nietzsche al afirmar que no hay hechos, sino porque estos exigen ser esclarecidos por la llave maestra del pensar analógico.
Cierto es que Beuchot pone demasiado en el haber de la analogía y que el libro se queda algo corto si se busca una fundamentación más completa, pero quien tenga interés por ahondar en el asunto siempre podrá recurrir a obras más especializadas de este autor. Aunque se limita igualmente a mencionarlo, la conjunción de la analogía con el nuevo realismo se presenta como una vía filosófica prometedora y como una alternativa inteligente al confusionismo posmoderno que, por fortuna, muestra ya signos de agotamiento.