Dos intelectuales franceses se rebelan contra la eutanasia

Fuente: Le Point
publicado
DURACIÓN LECTURA: 3min.
Dos intelectuales franceses se rebelan contra la eutanasia
Michel Houellebecq (CC Fronteiras do Pensamento)

Cuando estaba a punto de aprobarse en Francia la ley que introduce la ayuda activa a morir, el escritor Michel Houellebecq y Laurent Frémont, profesor de Sciences Po y cofundador del grupo “Democracia, Ética y Solidaridad”, se rebelan en una tribuna publicada en la revista Le Point.

El texto de la ley ha sido aprobado en tres ocasiones por la Asamblea Nacional y rechazado otras tantas por el Senado. El 15 de julio, los diputados dijeron la última palabra en una votación final, sin posibilidad de enmiendas.

Houellebecq y Frémont comienzan recordando aquello de Toynbee de que las civilizaciones no mueren asesinadas: se suicidan. La metáfora se convertiría ahora en política oficial. “Antes de que los diputados levanten la mano, quizá no sea inútil preguntarse qué es una civilización y en qué se reconoce que llega a su fin”.

Vico dedicó su vida a indagar lo que las naciones tienen en común, y retuvo tres elementos: religión, matrimonios y sepulturas; y añadía que humanitas procede de humare, dar tierra: “La humanidad recibe su nombre del cuidado de sus muertos”. Fustel de Coulanges lo comprobará en la ciudad antigua: antes que el ágora, la tumba. La humanidad comienza ahí: “en el momento en que aún se da a quien no devolverá ya nada”.

La civilización creó un “sistema de excepciones”: el domingo, la noche, la infancia, el lecho de muerte. “La modernidad las ha eliminado una a una: el domingo ha caído, la noche se ha desvanecido, la infancia se ha convertido en un mercado. Quedaba el lecho del moribundo, último territorio donde la utilidad no tenía cabida. Chesterton solo pedía una cosa antes de retirar una valla: saber por qué se había colocado; esta tiene la antigüedad de la especie humana, y se va a retirar a mano alzada”. Los autores de la tribuna llaman descivilización al rechazo de la última excepción.

Norbert Elias dedicó una de sus últimas obras a la soledad de los moribundos, señalan Houellebecq y Frémont. “Nuestras sociedades son las primeras de la historia en ocultar la agonía, en quitarla de la vista, porque desmiente con demasiada crudeza la promesa de autonomía perpetua. La eutanasia lleva esta incomodidad a su conclusión lógica: puesto que no se puede eliminar la muerte, se elimina al moribundo; el problema no se resuelve, se archiva”. Y se describe con el habitual lenguaje edulcorado: no se mata, se “acompaña”; no hay agonía, sino “itinerarios de fin de vida”; la inyección letal se denomina “ayuda activa para morir”. “Las civilizaciones nombran; las descivilizaciones rebautizan”.

Lévinas decía que el rostro del otro, antes que cualquier palabra, pronuncia un único mandamiento: no matarás; y “ningún rostro está más indefenso que el de un moribundo”. La prohibición de la eutanasia protegía a quienes no pueden hacer ya nada: “en eso se distingue una prohibición de un cálculo”.

Libertad, autonomía, cada uno dueño de su propio final: el discurso no carece de fuerza, reconocen los autores. “Illich había descrito, por los años setenta, la expropiación de la muerte por la medicina moderna; la eutanasia pretende devolvérnosla”. Así, la muerte, concedida tras la tramitación de un expediente, se nos vende como el triunfo de la autonomía. En realidad, la eutanasia no nos restituye la muerte, sino que la cambia de dueño. “Extraño derecho que anula a su titular, única libertad que se consuma al consumir a su sujeto”. El nuevo derecho se concederá mediante “una pregunta que, susurrada junto al lecho de un anciano que sabe que es una carga, contiene su propia respuesta. Los enfermos no leerán los reglamentos de aplicación; leerán las miradas”.

De dinero no se hablará. “Las cifras, sin embargo, son sencillas: un moribundo cuesta dinero, un muerto no cuesta nada”. Lo civilizado es construir asilos; la nueva ley opta por lo más rápido, y prácticamente gratuito. “Lo que comenzó como compasión termina en contabilidad”.

“La libertad de morir es una libertad interior; cuando se convierte en un servicio público, cambia de naturaleza y de campo. Rilke suplicaba que a cada uno se le concediera su propia muerte, aquella que madura en el interior de una vida como su fruto; un siglo más tarde, se le responde con una muerte de confección: programada, dosificada, homologada”.

Humanitas provendría de humare: debemos el nombre al cuidado de nuestros muertos y, con mayor razón, de los moribundos. Si se aprueba la ley, no ocurrirá nada visible. “Simplemente, la última excepción se habrá extinguido”.

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