El nuevo libro de la prolífica Amélie Nothomb (Bélgica, 1967) comienza con la narración de una antigua leyenda que la autora escuchó cuando tenía cuatro años y residía en Japón, donde su padre estaba destinado como diplomático. La historia estaba protagonizada por pájaros, asunto que va a ocupar buena parte de sus aficiones durante toda su vida.
El libro tiene un fuerte apoyo biográfico, como otras obras de la autora, en especial Estupor y temblores (2019). En los primeros capítulos, Nothomb repasa algunos de los destinos de su padre (Pekín, Nueva York, Bangladés…). A los diecisiete años, se traslada a Bruselas para estudiar en la universidad. Y es también a partir de ese año cuando comienza a escribir.
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Su pasión por las aves ocupa buena parte de su infancia y adolescencia. “Descubrir las aves fue descubrir el asombro”. Y a esta afición se entrega con todas sus fuerzas, convirtiéndose en una experta. En vez de moverse solamente por la capital y recluirse en lugares exclusivos para los diplomáticos, a los Nothomb les gusta estar en contacto con las gentes de los países donde viven, por lo que eran considerados unos excéntricos. Estos años de ver y casi analizar la vida a través de su afición por los pájaros son, para la autora, la base de su posterior dedicación a la escritura. “A partir de ahora, escribir sería volar”, su deseo más elevado.
En este repaso biográfico, no se explaya en explicaciones ni digresiones sobre espinosos sucesos de su vida. Estando en Bangladés, en una playa, es violada por un grupo de hombres, episodio que le provoca la posterior caída en una galopante anorexia, que la autora describe con muchas elipsis, lo mismo que la propia violación.
Su concepto de escritora está vinculado, para ella, con la figura del psicopompo, tomada de la mitología clásica, término con el que se designa a Hermes, el dios mensajero de pies alados, y a Orfeo. El psicopompo “era el que acompañaba a las almas muertas en su viaje”.
Nothomb asume la misión del psicopompo, que le sirve para definir su literatura: un constante diálogo, nada tétrico, con los difuntos. Un ejemplo de esta función aparece en uno de sus libros más apreciados, Primera sangre, sobre su padre, fallecido en 2020.
Como es habitual en su literatura, los elementos narrativos están reducidos al mínimo. Desde sus inicios, su obsesión como escritora es “poder distinguir el detalle relevante del que lastra, la palabra potente de la palabra voluminosa”. Psicopompo participa del mismo aire ligero en la forma e intenso en su contenido que el resto de su literatura. La novela acaba siendo una reflexión muy personal sobre el privilegio absoluto que es, para ella, dedicarse a escribir.