Varias decenas de niños de entre 6 y 12 años sufren un accidente de avión y terminan en una isla desierta donde tendrán que diseñar una sociedad que les permita sobrevivir. La ausencia de adultos y de civilización era el laboratorio perfecto que el escritor norteamericano William Golding, premio Nobel de Literatura, utilizó para desarrollar un drama metafórico que se convertiría en uno de los textos más analizados en diferentes ámbitos académicos.
La novela había tenido dos buenas adaptaciones cinematográficas, dirigidas por Peter Brook (1963) y Harry Hook (1990), dos realizadores con una filmografía bastante reducida. Que el creador de Adolescencia decidiese hacer una nueva recreación de la historia en una miniserie producida por la BBC parecía una apuesta segura. El salto de calidad en la fotografía y el diseño de producción es considerable, con unas localizaciones extraordinarias que podrían dar pie a una mejor inmersión en la historia. También el casting es impecable, con una selección muy completa que define los principales carácteres representados en la novela.
El creador de la serie, Jack Thorne, parece querer dejar huella en cada escena, con una utilización habitual de filtros de color, primeros planos, un ritmo contemplativo y una banda sonora especialmente desconcertante. Todos estos instrumentos narrativos deberían aportar nuevos matices a un texto original que combina síntesis dramática y sugerencia, pero más bien acaban distrayendo sin ahondar en la complejidad de unos personajes que generan más distancia que empatía.
El guión pretende también modernizar la novela con algunos subtextos sobre la masculinidad tóxica, la autoestima o la importancia de la pedagogía paterna en la consolidación de una psicología madura. Esta ambición dramática se pierde en subrayados evidentes y una estilización cromática que resulta demasiado artificiosa y autocomplaciente, muy alejada de la intensidad y sutileza de esa serie de mil caras y lecturas que es Adolescencia.