“Que tu marihuana sea tu medicina” viene a ser, en variante moderna del dicho hipocrático, el principio guía de quienes, en diversos países, se han esforzado por que sus gobiernos aprueben el empleo de cannabinoides en el tratamiento de las más diversas enfermedades. Lo han logrado en decenas de estados de EE.UU., en Canadá, en Australia, en España (desde 2025)… Solo que, aunque lo “alternativo” tiene su gancho, en la práctica el cannabis medicinal no ha resultado ser –al menos para las enfermedades mentales– la panacea cool que prometía.
Un reciente metaestudio de un equipo de investigadores de Australia y el Reino Unido, publicado en The Lancet, revela que, como terapia para atenuar padecimientos físicos, trastornos mentales o adicciones, los fármacos con tetrahidrocannabinol –THC, el principal componente psicoactivo del cannabis y el que provoca la sensación de euforia– exhiben una incidencia muy moderada o leve. En ocasiones es, incluso, nula.
Los autores examinaron los procedimientos y resultados de más de 50 ensayos con cannabinoides, efectuados entre 1980 y 2025, con una muestra de casi 2.500 participantes (poco más de 1.700 hombres y 770 mujeres) de una media de edad de 33 años. Entre los hallazgos hubo algunos de interés. La prescripción de dosis de THC –mezcladas con aceite para su ingestión oral, o inhaladas–, ayudó moderadamente, por ejemplo, a reducir el ansia por el consumo de opioides a personas con esa adicción, y asimismo, a quienes padecían insomnio crónico, les aumentó el tiempo diario de sueño.
La revisión del equipo británico-australiano mostró “escasa evidencia” de la eficacia del cannabis para atenuar las enfermedades mentales
La efectividad, sin embargo, fue menor en la función de paliar problemas neurológicos serios, como los incómodos impulsos de quienes padecen el síndrome de Tourette (que provoca movimientos incontrolados del cuerpo, muecas y tics vocales: gritos, palabrotas, imitación de sonidos animales, etc.), y mínima cuando los fármacos se suministraron a quienes luchaban contra la adicción a la cocaína, el crack o el propio cannabis, o a los que trataban de reducir sus rasgos autistas, o a los que querían aminorar sus síntomas de estrés postraumático o de psicosis, etc.
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A la vista de los resultados, el equipo británico-australiano subrayó que, a pesar de que el empleo de cannabinoides para el tratamiento de trastornos mentales y por consumo de sustancias está yendo a más, “nuestra revisión muestra escasa evidencia de su eficacia. Existe una brecha considerable entre el uso clínico y la evidencia disponible”. Según dijo a Reuters el Dr. Jack Wilson, jefe del grupo, “claramente necesitamos investigar más sobre el cannabis medicinal, particularmente para aquellos padecimientos que tienen tratamientos alternativos limitados”.
Los expertos piden cautela. Les preocupa –y así lo reflejan– que el uso de terapias con fármacos de este tipo pueda terminar retrasando o sustituyendo tratamientos más eficaces.
A más automedicación con cannabis, más paranoia
Si, de una parte, existe el temor a que se afiancen terapias de aún cuestionable resultado para combatir problemas de salud mental, también lo hay a que los fármacos con THC puedan servir de puerta de entrada a una adicción al cannabis, o a que agudicen la ya existente.
Cuando el nombre de la sustancia viene acompañado del adjetivo medicinal algunos pueden pensar que, si finalmente no combate el síntoma para el que se administra, al menos no hará ningún mal. El problema, según pudo comprobar una investigación realizada por científicos de la Universidad de Bath (Reino Unido), es que puede terminar provocándolo.
En una muestra de casi 3.400 personas de más de 18 años a las que se les preguntó por qué consumían, casi 700 mencionaron usos médicos: 21 respondieron que para calmar su ansiedad; 469, que para salir de la depresión, y 204 señalaron que para aliviar malestares físicos.
Ahora bien, si el promedio de consumo detectado en el grupo general era de 206 unidades de THC por semana (equivalente a 17 cigarrillos), los que se automedicaban con la sustancia para atenuar las condiciones mencionadas consumían entre 248 y 286 unidades (de 20 a 21 cigarrillos), con lo cual, estaban recibiendo más THC y asentando la adicción. “El inicio del consumo de cannabis con fines de automedicación –aseguraron los expertos– se asoció con un mayor consumo promedio de THC y un aumento de la ansiedad, la depresión y la paranoia”.
En resumen: que será medicinal, pero no sirve precisamente para mantener al personal alejado de la consulta de salud mental.
Una amarga ironía
En el Reino Unido, la prescripción de medicamentos con THC comenzó en 2018 con tres fármacos: el Sativex (para el tratamiento de la espasticidad), la nabilona (contra las náuseas y vómitos causados por la quimioterapia) y el dronabinol (se suele emplear en casos como en el anterior, y también contra la anorexia).
Como suele pasar, sin embargo, cada vez que se autoriza por ley algún procedimiento o el uso de algo sobre lo que ha existido un sinnúmero de prevenciones, los criterios de aplicación, estrictos en principio, van relajándose con el tiempo. En el documento Productos a base de cannabis para uso medicinal, del año mencionado, el NHS de Inglaterra establecía que tales productos se recetarían “solo para indicaciones en las que exista evidencia publicada clara de su beneficio”, así como “en pacientes con una necesidad clínica que no pueda ser cubierta por un medicamento autorizado”. La decisión de prescribir –añadía– “debe ser consensuada por el equipo multidisciplinario”.
Desde la legalización del cannabis medicinal en el Reino Unido, diez médicos privados han recetado ellos solos la mitad de todo el que se ha dispensado en el país
En la práctica, empero, la cuestión se ha relajado bastante. En The Spectator, el psiquiatra y columnista Max Pemberton dice atestiguar con frecuencia cómo el cannabis va destruyendo la mente de las personas, y manifiesta su sorpresa –desagradable– cada vez que le llega un paciente y le menciona que otro médico le ha recetado cannabis, no para lidiar con los espasmos musculares ni como analgésico contra el cáncer, sino para combatir la depresión y la ansiedad.
“Me parece una ironía particularmente amarga –afirma– que, justo cuando como sociedad empezamos a comprender mejor las enfermedades mentales, una droga directamente responsable de destruir la salud mental de las personas no solo se propaga sin control, sino que ahora es recetada activamente por los médicos”. Para que explicar la magnitud del problema, Pemberton señala que, desde la legalización, diez médicos privados han recetado ellos solos la mitad de todo el cannabis medicinal dispensado en todo el país: “Un solo especialista fue responsable de una de cada diez recetas a nivel nacional, y emitió casi 46.000 en los primeros cinco meses del año pasado”.
Al parecer, a algunos doctores les tiembla el pulso cada vez menos para firmar recetas: según el NHS, las prescripciones de cannabis medicinal en el Reino Unido fueron casi 283.000 en 2023, pero un año después superaron las 659.000.
El cannabis no mata (directamente)
Sea que el paciente consuma las dosis indicadas de THC, sea que se extralimite, al menos es seguro que, por relación directa, no habrá sobredosis de cannabis que lo lleve a la tumba, a diferencia de lo que sucede con la cocaína o con opioides como el fentanilo, que barrió como un tsunami de muerte varias regiones de EE.UU. en el pasado reciente.
Por relación directa no, pero alguna muerte ha habido a la sombra del cannabis –sí, del medicinal– en el Reino Unido. Es el caso de Oliver Robinson, quien se quitó la vida a los 34 años en noviembre de 2023, en Manchester. Según el informe de la forense, Catherine McKenna, el joven se había inscrito en un estudio de la clínica Curaleaf, donde, desde mayo de 2022, recibió recetas de cannabis medicinal para el tratamiento de una depresión resistente al tratamiento tradicional. En abril de 2023 se le diagnosticó trastorno depresivo recurrente y trastorno de conducta, derivado de su dependencia de cannabinoides, a pesar de lo cual, Curaleaf continuó expidiéndole recetas.
La Dra. McKenna anotó varias violaciones de procedimiento, como que el psiquiatra que lo atendió en dicha clínica era especialista en psiquiatría infantil y adolescente, y no había tratado jamás a adultos con el cuadro de Oliver. Además, cuando se le recetó cannabis medicinal no se habían agotado otras opciones de tratamiento. De hecho, dice, “la continuación de la prescripción de cannabis medicinal constituyó un obstáculo para que Oliver recibiera la atención psiquiátrica y de adicciones adecuada”. O sea, justo el temor expresado por los autores del posterior estudio de The Lancet.
Temor, valga decir, que está lejos de ser conjurado. Sir Robin Murray, profesor y ex presidente de la Asociación Europea de Psiquiatría, afirma a Aceprensa que la prescripción de fármacos con THC en el Reino Unido no se está efectuando con el máximo rigor. “Los están recetando personas cuyo principal objetivo es ganar mucho dinero, y lo hacen para afecciones que, con el cannabis, lo que hacen es empeorar”, asegura.
En su opinión, “las clínicas privadas que dominan el mercado [en el Reino Unido] solo deberían estar autorizadas a recetar cannabis para padecimientos como el dolor, contra el cual puede ser beneficioso, pero en ningún caso para tratamientos psiquiátricos”. Según nos dice, “el Comité Asesor sobre el Uso Indebido de Drogas (ACMD) está monitoreando la situación actual”.
Habrá que esperar, pues, por sus hallazgos, porque de momento los controles fallan. Un muy reciente reporte de BBC Science Focus apunta que el 42% del cannabis medicinal recetado el país europeo lo ha sido para lidiar con la ansiedad, la depresión, el síndrome por estrés postraumático, etc., “similar –dice– a la tendencia en Australia y EE.UU.”.
Cabe desear que el informe de The Lancet sobre lo inútil de este uso anime a repensar la estrategia.