Publicada en 1948, Capturo el castillo se ha convertido en un clásico atemporal de las letras inglesas. Su autora, Dorothy Gladys Smith -conocida como Dodie Smith- nació en 1896 y vivió en Manchester y Londres antes de trasladarse en la década de los cuarenta a Estados Unidos, donde publicó esta novela, la primera que escribió. Anteriormente había sido dramaturga, periodista, guionista y en sus inicios actriz. Didie Smith es conocida por ser la autora de 101 dálmatas. Falleció en 1990.
La narradora es la joven Cassandra Mortmain, quien ha decidido escribir un diario -este libro- “en parte para practicar mi recién adquirida escritura rápida y en parte para aprender a escribir una novela por sí misma”. Las primeras páginas del libro están dedicadas a presentarse ella misma y a los otros miembros de una familia nada convencional. El padre es un escritor que se hizo famoso en Inglaterra y Estados Unidos por su novela Jacob en lucha, que le dio mucho dinero y prestigio. Sin embargo, después de este éxito ha sido incapaz de volver a escribir y vive sumergido en un bloqueo que le ha llevado también a apartarse del mundo y a evitar cualquier atisbo de relación con los demás. Es él quien decidió mudarse con la familia al castillo de Belmotte, que se encuentra en los alrededores del minúsculo pueblo de Godsend, cercano a la ciudad de King’s Crypt.
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Ya viviendo en el ruinoso y destartalado castillo, murió su mujer, aunque al poco tiempo volvió a casarse con Topaz, de solo 29 años que ha trabajado como modelo. En la casa viven también los hijos del primer matrimonio: Rose, de veintiún años; Cassandra, de diecisiete; y el quinceañero Thomas. Además, vive con ellos Stephen, el hijo de su antigua sirviente, que falleció de enfermedad y se quedó a vivir como uno más en el Castillo; Stephen cuida del mantenimiento de la casa.
Con el paso de los años, cuando se terminó el dinero de los derechos de autor y de la herencia de la madre, la familia vive en la ruina, sin dinero para nada. Salvo Thomas, que tiene que ir al colegio, y Stephen, que realiza también algunos trabajos para los vecinos, el resto viven encerrados en una casa extraña y solitaria rodeada, con palabras de Cassandra, “de un océano de barro”, el “lugar idóneo para renunciar a toda sociabilidad”. A pesar de todo, escribe la narradora, “me encanta” y “nunca me he sentido tan feliz en la vida”.
Pero todo cambia cuando aparecen por Belmotte los herederos de la mansión de Scoctney, propietarios del Castillo: una mujer norteamericana y sus hijos Simon y Rose. A partir de ese momento, los Mortmain y esta familia establecen lazos de amistad que transforman sus vidas. Se inicia un acercamiento entre las familias que altera sus monótonas vidas y que provoca algún enamoramiento.
Todo está contado desde la perspectiva de Cassandra, una joven inteligente, ingenua, con poca experiencia social, que suele juzgar los sentimientos de los demás a partir de los libros que ha leído. Más que llevar un diario con anotaciones de lo que pasa en el día a día, selecciona algunos momentos importantes de la vida de su familia y su relación con los Cotton que desarrolla en su diario de manera detallista y muy exhaustiva.
El diario le sirve para ampliar su visión de las cosas, para analizar sus nuevos sentimientos y para madurar como persona al comprobar los cambios que, en poco tiempo, se están dando en todos los miembros de su excéntrica familia. La novela, en su tratamiento literario y en la evolución de los protagonistas, esquiva la caída en una narración meramente romántica, aunque su manera de novelar sea muy clásica y tradicional, con un estilo prolijo y moroso que quizás alargue en demasía lo que quiere contar.
También se aprecia el cambio que se da en la manera de ver la vida de la narradora, Cassandra, al principio con una mirada literaria muy adolescente y luego, con las experiencias vividas, más atenta a cuestiones profundas y esenciales. Esa perspectiva es la que añade originalidad y densidad a una narración entretenida, que muestra también las diferencias de estilos de vida y de maneras de entender la vida y la realidad de dos mundos, el inglés y el norteamericano.