Escrita originariamente en euskera y traducida al castellano por el propio autor, como buena parte de su obra literaria, la nueva novela de Bernardo Atxaga (Guipúzcoa, 1951) combina los elementos fantásticos con los realistas. Además, hay una latente intriga que se desarrolla y resuelve en su última parte.
La acción transcurre en tres momentos históricos: en 1992, en 2017 y en 2042. Los tres momentos están unidos por la misma ambientación, el destino de un caserío en el País Vasco, ligado a la vida de Guillermo, un empresario vinculado a los negocios y al mundo de la noche. La novela comienza en el cementerio de Arroa Goia, el 22 de julio de 1992, el día del entierro de José Manuel Ibar Aspiazu, más conocido como Urtain, boxeador con un importante reconocimiento nacional e internacional que acabó suicidándose. Al entierro asisten amigos, vecinos, el mundo de la prensa y un grupo de curiosos entre los que se encontraba Guillermo, cuyos padres y su abuelo tuvieron relación indirecta con Urtain.
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En la segunda parte, ya en 2017, asistimos ahora al entierro, también en Arroa Goia, del propio Guillermo, que ha fallecido, aparentemente, de un accidente de moto. Por las numerosas deudas de Guillermo, el banco ha puesto en venta su caserío. Aura, de una inmobiliaria, presente en el entierro, se lo acaba vendiendo a otro asistente, Pedro, un pintor con mucha fama y dinero. En la última parte, que transcurre en 2042, tiene lugar un nuevo entierro en el mismo lugar, en esta ocasión de Pedro, donde salen a relucir algunos asuntos turbios vinculados con el pasado de Guillermo, el anterior propietario del caserío, y con otras personas vinculadas a su vida.
En su contenido, todo es muy realista, tanto la trama colateral de la vida de Urtain como los negocios y trampas de Guillermo, una persona adicta a las drogas y al sexo. El elemento fantástico, habitual en la literatura de Atxaga, tiene que ver en esta ocasión con la elección del narrador. Inspirándose en aspectos anecdóticos de El paraíso perdido, de John Milton, Atxaga convierte en narrador, en primera persona, a Uzariel, apodado Milton, un demonio que forma parte de una escuadra de ángeles militares al servicio de Satán que han recibido órdenes para vigilar y empujar a los personajes de la novela a hacer el mal y odiar el bien. Su sorprendente punto de vista sobre situaciones y personajes resulta en un principio original, aunque luego, con el transcurrir de la novela, esta insólita perspectiva resulta previsible.
Atxaga utiliza varios reclamos para que los lectores se enganchen a la novela, como el destino trágico del boxeador Urtain, la mala vida de Guillermo y la relación de Pedro con la casa. Ninguna de ella se apodera del relato, y el autor abandona estas tramas para centrarse, en su parte final, en los secretos que esconde el antiguo caserío de Guillermo, secretos que salpican las vidas de algunos de estos personajes. Esta intriga, con la que se pretende dar algo de consistencia a la novela, no tiene ni suficiente entidad ni está, por otra parte, bien ensamblada en el conjunto de la novela.
Narrativamente, hay momentos interesantes y logrados, en los que se aprecia el buen oficio de Atxaga. Sorprende el tono didáctico de algunos comentarios y las descalificaciones gratuitas, esporádicas, contra la religión católica. En la propaganda de la novela se destaca el humor del que hace gala el autor, pero yo no lo he visto por ningún lado. Como novela, el resultado está muy, muy lejos de sus novelas más fantásticas, como Obabakoak, y de otras obras suyas pegadas a la realidad social y política del País Vasco, como El hombre solo (1993) y Esos cielos (1998). Atxaga obtuvo en 2019 el Premio Nacional de las Letras.