Pese a que la atención internacional está centrada en Irán y Ucrania, la guerra civil en Sudán, que acaba de rebasar su tercer año de duración, es, según la ONU, el conflicto activo con mayor número de muertes y el que ha provocado la mayor crisis humanitaria del planeta.
Aunque no es fácil dar cifras exactas, se estima que cerca de 15 millones de sudaneses –casi un tercio de la población total– han tenido que abandonar sus hogares; de ellos, cinco millones han cruzado la frontera, y en su mayoría abarrotan los campos de refugiados en países limítrofes. En cuanto al número de muertos, las cifras gubernamentales los sitúan en torno a 60.000, pero distintos expertos señalan que pueden llegar a los 400.000.
Como contaba Isabel Rodríguez Maisterra en un artículo publicado en diciembre de 2024, cuando la guerra cumplía 20 meses, a las muertes directas por la actividad militar hay que sumar las producidas por la hambruna (en ocasiones, usada como arma de guerra, por ejemplo en el cerco a la ciudad de El Fasher), y el recurso frecuente a la violencia sexual en ambos bandos, especialmente contra mujeres y niñas.
Conversaciones sin fruto
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El artículo también explicaba el origen del conflicto –la lucha por el control del país entre el ejército oficial, las Fuerzas Armadas de Sudán (FAS), y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF, por sus siglas en inglés), una milicia asentada sobre todo en el oeste del país–, así como los aliados internacionales de cada bando: fundamentalmente, Egipto y Arabia Saudí del lado de las FAS, y Emiratos Árabes Unidos (EAU) por parte de las RSF.
Para Egipto, resulta vital proteger el cauce del Nilo a su paso por Sudán, ya que su suministro de agua depende al 90% de él. Arabia Saudí tiene un interés particular en blindar la costa occidental del país, y especialmente la ciudad nororiental de Puerto Sudán, que es el principal punto de entrada y salida de mercancías en el Mar Rojo y uno de los nudos de transporte más importantes para la peregrinación anual de musulmanes a La Meca. Por su parte, EAU, aunque siempre ha negado que financie y venda armas a las RSF, compra la mayor parte del oro que esta milicia extrae en el territorio ocupado por ella.
Estados Unidos ha liderado hasta ahora las conversaciones para intentar lograr una salida al conflicto. Para ello, creó un grupo llamado Quad, que integra, junto a la potencia norteamericana, a Egipto, EAU y Arabia Saudí, pero las desavenencias en su seno (especialmente entre estos dos últimos países) han impedido avances más allá de recaudar fondos para la ayuda humanitaria. De hecho, en los encuentros mantenidos durante los últimos tres años en distintas ciudades europeas (París, Londres y, hace apenas una semana, Berlín), en los que también han participado otros países occidentales, el desencuentro entre EAU y Arabia Saudí-Egipto ha hecho imposible siquiera elaborar una declaración conjunta.
La matanza en la ciudad de El Fasher recuerda los peores episodios del genocidio ocurrido entre 2003 y 2005
Algunos analistas señalan que Estados Unidos podría ejercer más presión para llegar a un acuerdo, pero que no lo hace por su alianza estratégica con EAU, geopolítica y comercial. El año pasado, congresistas del Partido Demócrata y del Partido Republicano se unieron para pedir a la Administración Trump que interrumpiera la venta de armas a EAU mientras este no dejara de sostener a las RSF.
Vuelve el fantasma del genocidio
Mientras tanto, distintas agencias y ONG como Human Rights Watch y Amnistía Internacional, además de la propia ONU, siguen alertando de que se están produciendo matanzas indiscriminadas contra la población civil, que recuerdan al genocidio ocurrido en Darfur entre 2003 y 2005. Entonces, las milicias Yanyauid, de raza árabe y religión islámica, llevaron a cabo una auténtica operación de limpieza étnica en la que se calcula que fueron asesinadas más de 300.000 personas. Los Yanyauid, que hoy forman la base de las RSF, habían sido reclutados a tal efecto por el dictador Omar al-Bashir.
Uno de los episodios recientes que más recuerdan al genocidio es la matanza en la ciudad de El Fasher, en el estado de Darfur del Norte. Tras 18 meses de asedio por parte de las RSF, a finales de octubre la ciudad cayó finalmente en manos de la milicia. Algunos testimonios de personas que huyeron de la ciudad narran verdaderos horrores, desde asesinatos indiscriminados entre la población civil a violaciones en masa. A lo mismo apunta la investigación de un grupo de estudios de la Universidad de Yale: utilizando imágenes de satélite, documentaron cómo, tras la toma de la ciudad, apenas se percibe actividad civil, y en cambio sí se aprecia un tráfico incesante de camionetas que transportan cientos de bultos –que los investigadores creen que son cadáveres quemados– hacia decenas de fosas comunes recién excavadas. Ante estas y otras evidencias, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU emitió un comunicado para alertar de la situación.
Por otro lado, la guerra se está extendiendo a otros territorios más allá de la capital (Jartum, que fue reconquistada casi por completo por las FAS hace algo más de un año) y la región de Darfur. En concreto, como explicaba el investigador sudanés Khalif Mustafa Medani al programa de televisión estadounidense Democracy Now a finales del año pasado, las RSF están atacando distintas ciudades en la región de Kordofan, más al este del territorio que controlan. También fue significativo el ataque de esta misma milicia a un destacamento de tropas de paz de la ONU, en la frontera entre Sudán y Sudán del Sur. Según Medani, esto podría indicar un deseo de expandir la guerra al vecino meridional, que se independizó de Sudán en 2011 y que alberga grandes yacimientos de petróleo muy apetitosos para las RSF.
El uso de drones, un clavo más en el ataúd
Otro de los factores que están cronificando la guerra y multiplicando las muertes es el uso, cada vez más intensivo, de drones. Un punto de inflexión fue el ataque a Puerto Sudán en mayo de 2025, muy probablemente a manos de las RSF (aunque no lo han reconocido). Para muchos analistas, esta acción, llevada a cabo a más de mil kilómetros de la base más cercana de la milicia paramilitar, muestra el potencial de estas armas, y su capacidad, a un precio muy barato comparado con el de otras, para expandir el frente de batalla y causar bajas en el enemigo o en la población civil.
Según cuenta The Economist, los aparatos utilizados en Sudán son más pesados (menos ágiles) que los empleados, por ejemplo, en la guerra de Ucrania, llamados FPV (first-person view). No obstante, frente a ellos, los MALE (medium-altitude long-endurance) pueden volar a mayor altitud, tienen más autonomía y son capaces de transportar mayores cargas letales.
Solo en los tres primeros meses de 2026, se han producido más de 700 muertes por ataques de drones. Como, además, en muchas ocasiones se emplean contra infraestructuras civiles, han sido responsables del 80% de las muertes de niños en este mismo periodo.
Así pues, el uso de esta tecnología amenaza con alargar y hacer aún más letal un conflicto que se encuentra enquistado, tanto en el frente militar como en el diplomático, y que mientras tanto sigue provocando una terrible crisis humanitaria.