Los padres de Carmela se acaban de separar, y la joven se va a vivir con su madre y su abuela. Esta nueva vida se complica por cuestiones legales que la van a enfrentar a su padre, un artista al que idolatra.
Júlia de Paz ya contó esta historia en un cortometraje titulado Harta (2021). Desde entonces, esta joven directora había trabajado como coguionista de Alauda Ruiz de Azúa en la excelente serie Querer. Para este largometraje ha seleccionado a una actriz primeriza que soporta la mayor parte del peso dramático. Con su mirada contenida y su pelo rapado, un símbolo de la influencia tóxica de su padre, Kiara Arancibia modela un personaje maravilloso, complejísimo y creíble, que se enfrenta a un actor tan imponente como Julian Villagrán (ganador del Goya al mejor actor de reparto por Grupo 7 en 2013).
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La relación entre padre e hija es incandescente desde la primera escena, con una mezcla de sentimientos que van desde la admiración hasta el odio más visceral, como se ve en ese abrazo que parece entrañable y sin embargo puede terminar asfixiando. O en esa escena en la piscina, en que el juego y el afecto infantil mutan de manera salvaje en tan solo un par de segundos.
También el personaje de la abuela, interpretada por Petra Martínez (Cerrar los ojos, Sin cobertura), ofrece una óptica muy valiosa sobre la respuesta ante la violencia de los más mayores de la casa. Una combinación muy acertada de decisión y prudencia que resulta fundamental en el equilibrio roto del hogar.
La película toca en profundidad el debate sobre los puntos de encuentro, y el modo de facilitar a los hijos algo tan cruel como tener que declarar en un juicio sobre sus padres. Júlia de Paz trata el tema con gran sensibilidad, y muestra con matices una historia que nunca deja indiferente sin necesidad de subrayar una violencia más psicológica que física, que deja algunos planos que impresionan por su credibilidad y sutileza.