En la muerte de Vittorio Messori: el estilo es el hombre

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Vittorio Messori
Vittorio Messori en 1996 (foto: GianAngelo Pistoia)

En varios diarios italianos y en las redes sociales, abundan estos días las palabras de gratitud hacia el escritor Vittorio Messori (1941-2026), fallecido el pasado 3 de abril. Mencionan recuerdos personales que configuran el temple del amigo desaparecido al que trataron en diversos momentos de la vida. Yo sólo lo he conocido a través de libros y artículos, pero la imagen que guardo en mi memoria coincide sustancialmente con esos testimonios directos. Tal vez porque es más cierto de lo que parece aquello de que el estilo es el hombre.

Se le ha definido como el mayor apologista de la fe en nuestro tiempo. Es así. Pero prefiero considerarlo un gran escritor que abordó temas capitales del cristianismo y de la Iglesia católica con la mirada abierta del investigador –del periodista riguroso–, que busca la verdad con honradez intelectual. Ciertamente, desde su conversión al catolicismo, dio razón de su esperanza, de acuerdo con el imperativo consejo de san Pedro, pero también, como recomienda el apóstol, “con delicadeza y con respeto, teniendo buena conciencia, para que, cuando os calumnien, queden en ridículo los que atentan contra vuestra buena conducta en Cristo”. Por delante, la exploración detenida de las razones históricas o lógicas de la fe (¿Padeció bajo Poncio Pilato?, 1994; Algunas razones para creer, 2000). Y, a veces, la búsqueda oportuna de esa forma de afirmar la razonabilidad de la fe a través de la crítica de prejuicios no probados. Todo ello reflejaba su modo de ser, su carácter recio y afable, apasionado y con buen humor.

Buena parte de su trabajo periodístico se realizó en Corriere de la Sera y en la RAI. Supo presentar sus ideas sin autocensura –sin amoldarse a líneas editoriales ajenas–, pero buscando, como sintetizó en una ocasión, “la manera adecuada de expresarlas, sin intentar imponerlas y sin alzar la voz”. Sus enemigos eran los tópicos y clichés, especialmente los relativos a la Iglesia. Su orgullo era ser un cronista que se atiene a hechos probados, coherentes, racionales.

El rigor intelectual le llevó con frecuencia a poner en primer plano contrastes y contrapuntos. Alguno lo aprendió de Norberto Bobbio en la universidad de Turín. Este solía decir a los alumnos que “la moral racional que proponemos los secularistas es la única que tenemos, pero en realidad es irracional”: ¿por qué hacer el bien en lugar del mal, si hacer el mal me beneficia y no me perjudica? No hay respuesta razonable a esta pregunta. Si falta el fundamento de la ética, entonces ninguna ética es racionalmente posible.

Tal era su prestigio –al que no fue ajeno su Informe sobre la fe (1984), libro-entrevista con el cardenal Ratzinger– que, cuando la RAI se planteó hacer una entrevista a Juan Pablo II, la encargó a Vittorio Messori. Elaboró un gran cuestionario con los interrogantes más agudos del momento, que se enviaron al pontífice. Al final, el programa no fue adelante. Pero las preguntas eran tan incisivas que no dejaron indiferente al papa polaco: se sintió obligado –en buena reciprocidad intelectual– a contestarlas por escrito. Y nació así un gran libro que no se habría publicado de no ser por Messori: Cruzando el umbral de la esperanza (1994).

Tal vez por haber seguido con atención la actuación de la democracia cristiana, resistió la que llamaba “tentación ilustrada” –de la que ni siquiera la jerarquía estaba exenta– de creer que el mundo puede cambiarse principalmente a través de la política. No sentía nostalgias de la antigua cristiandad. Más bien, con Benedicto XVI, confiaba en la Iglesia como rebaño pequeño, pleno de sal, con oficio de levadura: comunidades activas, minorías creadoras, sin soñar en cristianismos que no volverán, menos aún de la mano de políticos católicos fanáticos. Reconocía que la vida política tiene sus propias leyes, que no pueden ignorarse. Se reconocía como un filosemita, al que le gustaría que, al hablar de Israel, se pudieran usar categorías políticas, como con cualquier país, sin sentirse constantemente chantajeado por el Holocausto y el antisemitismo. Al cabo, el creyente es “alguien que combina realismo con utopía, prudencia con compromiso”.

A lo largo de los años, Vittorio Messori ha sido mencionado muchas veces en Aceprensa, y se han publicado reseñas de sus libros. En una consulta rápida al archivo digital salen numerosas referencias, desde 1993. Tal vez porque teníamos en común la pasión por la razón, el espíritu de diálogo y la constante del et… et en una cultura auténtica.

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