En su mejor película, Paolo Sorrentino, que ha reflejado en su filmografía los excesos de Silvio Berlusconi (Silvio y los otros) y Giulio Andreotti (Il divo), da vida a un presidente ficticio muy alejado de la polarización política actual.
Mariano de Santis es el presidente de la República Italiana, afronta el final de su mandato y brega con el duelo por la muerte de su mujer. Sobre la mesa tiene la ley de la eutanasia. Es un hombre moderado, reflexivo, que escucha y que duda. Le cuesta tomar una decisión. Su hija –una reputada jurista– le urge a firmar el sí. El Papa le visita para recordarle la postura de la Iglesia. Y su conciencia se debate y pide tiempo mientras trata de responder la gran pregunta: ¿Quién decide cuándo termina una vida?
Sin renunciar a ninguno de los rasgos sorrentinianos –hay humor, hay contraste, hay surrealismo y hay una elocuente banda sonora–, el cineasta napolitano afronta una película bien armada, bien escrita, menos caprichosa en su hilo argumental. Y también más profunda, más política y más incisiva. Porque, por supuesto, hay mucho veneno en la radiografía caricaturesca de personajes que utilizan el poder para servir a sus intereses y manipular a los ciudadanos, pero hay una crítica aún más lúcida que consiste en dar vida a un político que se toma en serio su responsabilidad, que no frivoliza, que es consciente de lo que significa una firma. Y la crítica duele aún más cuando uno piensa que el personaje que interpreta Tony Servillo es una rara avis. Que, desgraciadamente, hay hoy una parte de la clase política que opera al margen de conceptos como verdad, conciencia o bien común.
Como en casi todo el cine de Paolo Sorrentino, hay un tinte crepuscular y una pulsión de muerte –también por ese recuerdo constante del amor difunto–; pero si en la mayoría de sus títulos ese tinte y esa pulsión terminan en una mueca pesimista y desoladora, en La grazia, paradójicamente, hay un soplo de esperanza, una apertura más nítida a la trascendencia.