Pocas horas después de iniciados los ataques a Teherán, el 28 de febrero, el presidente Donald Trump invitó a los iraníes a aprovechar la oportunidad: “Cuando hayamos terminado, tomen el control de su gobierno. Será suyo”. La dinámica era, en teoría, bastante simple: los intensos bombardeos dejarían rápidamente al régimen en los huesos, y logrado esto, la gente, que no tiene armas, podría marchar sin temor hacia los palacios de gobierno y tomar el poder. Punto final a una pesadilla de casi 50 años, y “próxima estación: La Habana”.
Cuando los bombardeos están a punto de cumplir un mes, el panorama es bastante más enrevesado que como se observa desde la cabina de un F-35: los ayatolás siguen a los mandos en Teherán, disparan sus misiles a dondequiera que alcanzan, bloquean en Ormuz el paso del 20% del petróleo y el gas que se comercializa en el mundo, y los ciudadanos iraníes, tras un diciembre y un enero en que pusieron decenas de miles de muertos en las calles, están expectantes ante la tele. No han marchado a confiscar los arsenales de la feroz Guardia Revolucionaria, ni a deponer al nuevo Ayatolá Supremo, el vaporoso Mojtaba Jamenei, ni a entronizar en el Palacio Presidencial a… ¿a quién?
Es una de las interrogantes. A diferencia del modo en que se han articulado los movimientos de liberación o prodemocracia en otros sitios –bien contra potencias coloniales en retirada, bien contra las dictaduras locales– no se avistan figuras con la suficiente prominencia o con el necesario crédito popular y mediático como para que, llegado el caso, se pongan al frente de la masa, detengan la maquinaria represiva y comanden una transición. No hay un José Ramos-Horta, el reconocido líder independentista de Timor Este contra la ocupación indonesia, ni una Aung San Suu Kyi, la figura que dio visibilidad a la lucha contra la dictadura militar en Birmania.
¿A quién seguir en Irán? ¿Quién es el líder? “¿A quién llamo?”, se preguntó Kissinger cuando alguien le planteó llamar “a Europa” para resolver un asunto. Si tuviera que hacer lo propio hoy con esa sinuosa realidad denominada “oposición iraní”, el experimentado diplomático se habría hecho el mismo lío.
Los antiguos amigos de Sadam, ¿una alternativa?
Quizás el personaje más conocido de la disidencia iraní sea el príncipe Reza Pahlavi, exiliado en EE.UU. desde 1979, y cuyos nombre e imagen aparecen en las pancartas de miles de manifestantes en todo el mundo.
Pudiera ser él, pero tiene dos problemas: por una parte, no cuenta con el nihil obstat de Trump, que no está seguro de cómo se desenvolvería en su país de origen. Por otra, el apellido pesa mucho: Pahlavi, residente en Estados Unidos, es hijo del derrocado shah de Persia, bajo cuyo reinado las mujeres iraníes podían escuchar a Los Beatles, calzar medias de nailon y vestir falda corta, pero que igualmente, en caso de exhibir su disidencia política, podían morir estranguladas con las mismas medias o con cables eléctricos a manos de los agentes de la SAVAK, la policía secreta de aquel “moderno” y “proocidental” régimen.
Otra posibilidad sería Maryam Rajavi, presidenta electa del Consejo Nacional de la Resistencia Iraní (CNRI), también en el exilio. A inicios de la guerra, Rajavi anunció la creación de un “gobierno provisional de transición”; hizo un llamado a la población para que se volcara a ayudar a los que resultaran afectados por el conflicto, y pidió al ejército que se pusiera del lado del pueblo.
“Los Mujaidines se posicionaron contra su propio país (en la guerra de 1980-1988), incluso con atentados terroristas contra la población iraní”
Aprovechó además para atizarle a la “competencia” –Pahlavi–, a esa “corriente neofascista que anhela el regreso de Irán al derrocado régimen del shah”, y recordó la vigencia de su Plan de Diez Puntos, de 2013, para el Irán post-ayatolás, programa que incluye el reconocimiento de la libertad de expresión, la separación entre las instituciones del Estado y las religiosas, la independencia judicial, la disolución de la Guardia Revolucionaria, etc.
En opinión de Rajavi, la transición hacia ese Irán democrático debería estar encabezada por el CNRI, y singularmente por la que se considera la fuerza motriz del Consejo: el MEK (Mujaidines del Pueblo), “con 60 años de experiencia en la lucha contra dos dictaduras” y “más de 100.000 mártires”. Haberse dejado la piel en acciones armadas –en febrero pasado, por ejemplo, 250 mujaidines atacaron infructuosamente la residencia del ayatolá Alí Jamenei, y murieron 82– les facultaría para ponerse al frente.
La cuestión, sin embargo, es que los del MEK no cuentan con una arraigada simpatía entre la gente. “No tienen una gran presencia dentro del país, ni tampoco la confianza de la sociedad iraní”, dice a Aceprensa Rosa Meneses, subdirectora del Centro de Estudios Árabes Contemporáneos (CEARC), en Madrid. Según asegura, la credibilidad de la organización, que en tiempos fue acogida en un campamento militar en Irak por el dictador Sadam Husein, “quedó muy herida, muy denostada, porque, durante la guerra entre Irak e Irán (1980-1988), los Mujaidines se posicionaron contra su propio país y lucharon del lado de Bagdad, incluso con atentados terroristas contra la población iraní”.
Así, pues, aunque el gas sarín o el gas mostaza de las bombas que lanzó Sadam contra sus vecinos se dispersó hace mucho tiempo, los iraníes no olvidan al agresor ni, con seguridad, a quienes le sirvieron de muleta armada.
Lo que les importa a los kurdos: su parcela
Quedarían, por último, la alianza Hamgami –Coalición por una República Secular y Democrática en Irán– y el variopinto universo de organizaciones kurdas.
La mencionada Hamgami, compuesta por cinco partidos políticos y nucleados en torno al objetivo de una república democrática con libertades del tipo de las ya enunciadas por el CNRI, está conformada por organizaciones de signo izquierdista, pro-derechos femeninos y LGTB (con especial énfasis en los derechos trans), pero no parece que esté en condiciones de liderar nada.
Según refiere a Al Jazeera la profesora Maryam Alemzadeh, quien enseña historia y política de Irán en Oxford, el grupo tuvo su minuto de gloria durante las protestas que siguieron a la muerte en cautiverio de la joven Mahsa Amini, en 2022, por no cumplir las normas de vestimenta islámica. Entre la diaspora ganó adeptos, pero a lo interno de Irán sigue siendo un grupo desconocido. “No creo que tenga ningún peso en la esfera pública”, afirma la analista.
En cuanto a los kurdos, aparcados en el lado iraquí de la frontera, están en un sinvivir desde que empezó el conflicto: armados y entrenados por la CIA y el Mossad durante años, han sufrido ya los bombardeos de las fuerzas iraníes contra sus cuarteles, pero no han pasado a la acción, a la espera de que Trump se ponga de acuerdo con… ¡Trump! En los inicios de la operación militar contra el régimen islámico, el inquilino de la Casa Blanca saludó la impaciencia de estas milicias por entrar en combate –“es maravilloso que quieran hacerlo; yo estaría totalmente a favor”–, pero apenas 48 horas después echó el freno: “No quiero que los kurdos entren en Irán… La guerra ya es bastante complicada de por sí”.
Washington considera, no obstante, que las guerrillas kurdas pudieran funcionar como una máquina quitanieves. Que –según explica el analista W. Rotgers, de Chattam House–, en caso de entrar en una guerra de desgaste contra el ejército y la Guardia Revolucionaria, puedan contribuir a despejar el camino para que los millones de descontentos con el régimen se animen y protagonicen el asalto final.
En todo caso, si bien a los kurdos les conviene un cambio de régimen, no es de esperar que de entre ellos surja la próxima cabeza del Estado o del gobierno. Lo que les interesa a los seis partidos de esta etnia, unidos en coalición desde febrero, es su “parcela”: la norteña región del Kurdistán, para la que quieren lograr una sólida autonomía, algo que, por otra parte, despierta las suspicacias de la ciudadanía iraní, que no quiere una segmentación del país. Los miembros de la alianza kurda aseguran no estar por la labor de la escisión, pero lo que temen los iraníes es que una singularización satisfactoria para los kurdos atraiga la atención de otras minorías, como los baluchíes, que constituyen el 70% de la población en dos provincias del sur fronterizas con Paquistán, y que también quieran una autonomía –cuando no una emancipación en toda regla– en su trozo de territorio.
La larga mano de los ayatolás
Que a los opositores más conocidos les preceda una fama tan poco elogiosa, o que sus objetivos no encajen del todo con los del grueso de la ciudadanía, puede incidir en que muchos ciudadanos, por más que los misiles caigan sobre las guaridas de sus opresores y que Trump anime a ir a por ellos, se lo piensen para movilizarse. Estallidos populares ha habido muchos en Irán en tiempos recientes –en 2009, 2017, 2019, 2022, a finales de 2025 y principios de 2026…–, pero escasean las figuras con la capacidad suficiente como para guiar a la masa decididamente a remover los fundamentos del sistema.
Los opositores iraníes han sufrido décadas de fuerte represión: hoy “no hay una cabeza visible” a la que prestar atención
Habrá que decir que el régimen ha sido muy eficaz en quemar las incipientes cabezas de la famélica hidra democrática, y que de los arrestos e intimidaciones ha pasado a mayores sin el menor problema. En un artículo en Time, en el que escudriña las razones de por qué no hay una oposición capaz de tomar el mando, el editor Karl Vick recuerda que el régimen ha asesinado a varias figuras disidentes, y cita como ejemplos el apuñalamiento del veterano matrimonio Forouhar, en 1998; el estrangulamiento, pocos días después, del escritor Mohammad Mokhtari, así como la muerte a hachazos o por envenenamiento de otras figuras…
Ha sucedido en suelo iraní, pero las fronteras no han sido garantía de nada. Lo pudo constatar Shapour Bakhtiar, un ex primer ministro que trabajó para organizar la oposición en el exilio, y a quien un sicario asesinó a puñaladas en París, en 1991. Una práctica que continúa, por supuesto: en 2023, otros dos opositores no identificados, exiliados en Maryland, EE.UU., estuvieron a punto de ser aniquilados por miembros de la organización Hell Angels, subcontratados por un narcotraficante iraní que, a su vez, había recibido el encargo del Gobierno de la República Islámica.
Tan brutal y sistemática política de represión hace difícil la identificación de figuras potentes. “No sabemos –apunta Meneses–qué fuerzas se están constituyendo en este momento dentro del país, o si hay alguna personalidad que pueda capitalizar políticamente, ahora o en el futuro, un liderazgo. Los defensores de la democracia y de los derechos humanos no tienen de momento una guía clara. Han sufrido décadas de represión, de torturas, de cárcel, por lo tanto, no hay una cabeza visible, un movimiento al que le podamos prestar atención por ahora”.
Sin nadie en escena a quien mirar, a quien tomar como referente, el ciudadano insatisfecho tiene más probabilidades de seguir su camino con la cabeza baja, mientras las autoridades se encargan de reforzarle esa sensación de desconfianza y desesperanza con mensajes como los SMS de “cortesía” que enviaron a los participantes en las pasadas manifestaciones, con una cínica interrogante: “¿De verdad te merece la pena?”.
En este momento, la respuesta de muchos –amarga, pero sincera– será un lacónico “no”.