Karin, una chica alemana a punto de terminar el bachillerato, se ve envuelta sin quererlo en un “delito”, si es que puede serlo estar relacionado con alguien que trata de irse a otro país. En la antigua República Democrática Alemana sí que lo era: “delito de fuga” se denominaba la figura penal. Así pues, Karin, que amaba al fugado Paul, se había convertido, para los cuerpos de seguridad comunistas, en cómplice, sencillamente. O mejor: gravemente.
En Los confidentes, la joven escritora germana Charlotte Gneuß se acerca al fenómeno de la obsesión comunista por controlar la vida de los ciudadanos y hacer de cada uno, hasta que se demostrara lo contrario, objeto de sospecha. La autora, que nació dos años después de acabada aquella pesadilla, se sirvió de los recuerdos de sus familiares para armar la historia. Por muy poco, la protagonista de la novela bien pudo ser ella misma. Karin es una muchacha que ni pretende estar en la diana de la Stasi ni tiene conciencia de haber hecho nada en absoluto para estarlo. Es una adolescente tardía con las mismas costumbres y rutinas que sus compañeras.
Contada en primera persona, la novela semeja un testimonio: la narradora coloca al lector en la mente de una adolescente alemana de décadas atrás y pone en sus manos las herramientas –limitadas, dada la juventud de Karin y su escaso mundo recorrido– con que esta percibe y analiza su contexto social y político, tan cuadriculado, tan gris…
Las reflexiones y los recuerdos de la protagonista sirven para ello, si bien no están siempre conectados con la fluidez que se esperaría a nivel sintáctico en la lengua escrita. El uso poco canónico de algunos signos de puntuación o, directamente, la ausencia de varios de estos –comillas, rayas, signos de interrogación…– puede entorpecer la comprensión de los hechos, cuando no oscurecerla momentáneamente en algunos pasajes.
Si se dispone de tiempo para una lectura calmada, se descubrirá el interesante mundo interior de una adolescente y su original perspectiva de aquella desaparecida sociedad.