Después de años de excesos, éxitos y delitos, los hermanos gemelos Jordan vuelven a su pueblo natal para abrir un local de blues. No será fácil porque, entre otros enemigos, tendrán que enfrentarse a un grupo de vampiros.
Los pecadores aspira a la friolera de 16 Óscars, aunque no es la favorita, ya que la suma de nominaciones tiene que ver bastante con el género: no deja de ser una película de terror muy premiable en categorías como efectos especiales, sonido, montaje o maquillaje y peluquería.
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En sus largos 136 minutos, el afroamericano Ryan Coger (Black Panther, Creed, la leyenda de Rocky) construye una película río que quiere ser muchas cosas y termina por no ser casi ninguna. La cinta empieza siendo un drama racial rodado con estilo, una reflexión con toques religiosos sobre la herencia y el dolor compartido, y una reivindicación del blues para mutar en su segunda parte en una historia de vampiros terrorífica y violenta a ratos; satírica y surrealista, otros.
Con tantas aspiraciones y giros tan extremos no era difícil que la historia terminara descarrilando.