Cuba-Venezuela: “Por el petróleo, incluso la vida (de otros)”

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Tras el ataque a Venezuela, el Gobierno cubano convocó una manifestación ante la embajada de EE.UU. en La Habana (foto: Vídeo de Presidencia Cuba)

Cuando a la vicecanciller cubana Joana Tablada se le preguntó en 2019 sobre la presencia de militares cubanos en Venezuela, lo negó tajantemente. “Cuba no participa con efectivos en operaciones militares o de seguridad en Venezuela”, aseguró, y calificó la afirmación de calumnia y ofensa. Quizás por eso “sorprenda” que el Gobierno de La Habana haya declarado dos días de duelo oficial por los más de 30 miembros de los ministerios de Interior y Fuerzas Armadas que murieron en el choque con los agentes enviados por Donald Trump a “extraer” de su escondite a Nicolás Maduro, enfundarle un mono deportivo y un gorro Mickey Mouse style y enviarlo a un penal de Nueva York.

Cuba vuelve a poner muertos en acción combativa en tierra extranjera. Si en ciertas ocasiones pudo tener alguna justificación moral, como en la guerra en el sur de Angola contra la Sudáfrica del apartheid –la derrota de Pretoria en aquel conflicto allanó el camino para la caída del sistema de segregación y la apertura democrática del país–, en Venezuela la presencia cubana ha servido para apuntalar a un régimen que ha extorsionado y ha robado libertades a sus ciudadanos, y ha provocado el exilio de más de ocho millones de estos.

“Los cubanos que han muerto junto al resto de la escolta de Maduro no eran escoltas como tales, sino asesores en inteligencia y contrainteligencia” (Carlos Cabrera)

La propaganda oficial ha presentado tradicionalmente a los cuerpos especiales de seguridad cubanos como un muro infranqueable, capaz de frustrar más de 600 intentos de atentado contra el extinto Fidel Castro y de llevar a cabo arriesgadísimas misiones en el exterior, como el intento de secuestrar al exdictador Fulgencio Batista, muerto en Marbella un día antes de la operación, en 1973; ello, sin que aparezca por ningún lado, aunque se sospeche, la palabra Cuba. En este caso, sin embargo, la escabechina desatada por los Delta Force ha sido de tal magnitud que La Habana ha optado por no escurrir el bulto, reconocer la presencia de esos agentes en Caracas y afirmar que “cumplían misiones (…) a solicitud de órganos homólogos del país sudamericano”.

Carlos Cabrera, periodista cubano residente en España (foto: Facebook)

El desastre del día 3 de enero, según explica a Aceprensa el periodista cubano Carlos Cabrera –que ha conversado con dos fuentes conocedoras del tema en la isla–, pudo tener su origen “en un relajamiento de la lógica vigilia que tiene que mantener un cuerpo de seguridad en cualquier condición, y sobre todo en una situación de guerra como la que vivía”.

Contrario a lo que afirman algunos medios, dice, los cubanos no estaban en el primer anillo de seguridad del dictador “por una cuestión de prudencia. Cuba ha intervenido en el segundo y tercer anillo, pero el primero, aunque haya recibido entrenamiento en La Habana, siempre está formado por nativos. Los cubanos que han muerto junto al resto de la escolta de Maduro no eran escoltas como tales, sino asesores en contrainteligencia e inteligencia”.

Según las fuentes consultadas por Cabrera, el aparato de seguridad en torno al venezolano “leyó mal” las señales de lo que se avecinaba, lo fio todo al sistema fortificado en que se encontraba el mandatario, no modificó sustancialmente la rutina de este, fue incapaz de detectar la cercanía de los helicópteros de los Delta Force para intentar evacuar a tiempo a la pareja presidencial, y no tomó previsiones para el caso de que EE.UU. cegara electrónicamente las defensas venezolanas. Extraoficialmente se habla incluso de la toma de prisioneros cubanos heridos, que a esta hora estarían siendo curados e interrogados en EE.UU. “Hicieron una incorrecta evaluación del teatro operativo y el desastre ha sido completo”, concluye.

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De 100.000 barriles diarios a… 18.000

A la vista de los destrozos, de los impactos de proyectiles en las paredes de las instalaciones atacadas, ahora ennegrecidas por el humo, y de los rastros de sangre, el Gobierno cubano vuelve sobre el antiguo relato de la disposición de sus efectivos a volver “con el escudo o sobre el escudo”, tal como hicieron en Granada, en octubre de 1983, cuando recibieron la orden de no rendirse ante la 82 División Aerotransportada, enviada por el republicano Ronald Reagan.

Oficialmente, de los 700 trabajadores cubanos presentes en la antigua colonia británica, “solo” 40 eran asesores militares. La imposibilidad de que bajaran las armas y preservaran al menos la vida la marcó entonces la decisión personal de Fidel Castro. “Lo que colocó a Cuba en una situación moralmente compleja y difícil –dijo este en el sepelio de los 25 cubanos muertos entonces–, fue el anuncio de que fuerzas navales yanquis avanzaban hacia Granada. En esas condiciones, nosotros bajo ningún concepto podíamos abandonar el país. Si el imperialismo tenía realmente intenciones de atacar a Granada, nuestro deber era permanecer allí. Retirarse en ese momento era un deshonor”.

La colaboración con Venezuela ayudó a Cuba a atenuar los perjuicios milmillonarios causados por el embargo estadounidense

Ahora, en enero de 2026, ha vuelto a correr sangre cubana, pero quizás por motivos menos “épicos” que en 1983. En aquel entonces los objetivos de la presencia en Granada, una islita sin recursos naturales codiciados, eran quizás más ideológicos –erigir un nuevo baluarte del progresismo mundial en el Caribe, de la mano del gobierno del partido socialista local (La Nueva Joya)–. En Venezuela, en cambio, desde la llegada del chavismo a finales de los 90, la presencia de agentes cubanos se ha enfocado en preservar en su órbita a un país que ha venido a ocupar el lugar que tuvo la Unión Soviética durante tres décadas como suministrador estable de combustible barato, que ahora se paga a la nación sudamericana con servicios médicos, educativos y de otro tipo, además de –como se observa– con asesoría militar y de inteligencia.

La fuerte conexión político-económica entre La Habana y Caracas quedó establecida en el Convenio Integral de Cooperación, suscrito por Fidel Castro y Hugo Chávez en octubre de 2000. El acuerdo preveía un intercambio in crescendo de bienes y servicios entre ambas economías. En lo fundamental, Cuba ponía sobre la mesa médicos y tecnología de la salud, y Venezuela, su petróleo (inicialmente más de 50.000 barriles diarios) a precios ventajosos.

La colaboración se fue ampliando con los años para abarcar varios sectores y ayudó a la isla a tapar muchos agujeros; entre ellos, los perjuicios causados por el embargo estadounidense. De hecho, como escribía en mayo pasado el economista cubanoamericano Carmelo Mesa-Lago, catedrático en la Universidad de Pittsburg, si en 2021 se calculaban en 130.000 millones de dólares los daños provocados por dicho embargo, la ayuda económica y los subsidios de precios, primero de la Unión Soviética (65.000 millones de dólares entre 1960 y 1990) y luego de Venezuela (100.000 millones de dólares entre 2005 y 2017), habían contribuido a paliar sus efectos adversos.

Con el tiempo, empero, los envíos de crudo venezolano comenzaron a menguar, a medida que la industria petrolera se deterioraba bajo el manejo irresponsable de funcionarios chavistas puestos a conveniencia y no de expertos en el ramo, y, por otra parte, sufría los embates de las sanciones de Washington a Caracas.

Omar Everleny Pérez Villanueva, economista cubano.

La importación de combustible “ha venido mermando en los últimos años”, dice a Aceprensa el economista cubano Omar Everleny Pérez Villanueva, exdirector del Centro de Estudios de la Economía Cubana de la Universidad de La Habana y profesor visitante en Harvard y La Sorbona. “No estamos hablando de la época de Chávez, cuando llegaron a suministrar al país unos 98.000 barriles diarios. En 2024 ya eran unos 38.000 barriles, y en 2025 nunca se superó un promedio de 30.000. Hubo meses en que fueron 18.000 barriles diarios”.

En comparación con los volúmenes de hace dos décadas, la última cifra es apenas un hilillo para La Habana, pero uno vital, que no se puede permitir que desaparezca, so pena de ver sumida a la población de la isla en una crisis aun más profunda que la actual y arriesgarse a un estallido social. “Los 32 cubanos que acaban de morir murieron por el petróleo”, había asegurado Everleny a CNN, tres días después de la “extracción” de Maduro. Y pocas imágenes se antojan, en comparación, más atinadas.

El “modelo Delcy” ¿también en Cuba?

Con la decisión de Trump de tutelar al Gobierno venezolano post-Maduro la situación se complica aun más para La Habana, toda vez que la Casa Blanca ya ha hecho saber a la “presidenta encargada”, Delcy Rodríguez, que tiene que cerrar ese grifo. Preguntado sobre si Cuba sería el próximo objetivo del Pentágono, el mandatario ha contestado que, quitado Maduro de en medio, el sistema cubano caerá sin necesidad de intervención militar.

Cabe aquí la interrogante de si a EE.UU., que ha preferido no descabezar completa y bruscamente a la cúpula chavista para no dar lugar precisamente a una situación de ingobernabilidad y caos en el país sudamericano, le convendría un desplome abrupto del gobierno del Partido Comunista cubano. Este, si bien ha sido la piedra más molesta en el zapato para Washington en el hemisferio occidental desde 1959, mantiene el monopolio de la fuerza y el control de las fronteras marítimas, lo que impide que se articulen verdaderas oleadas migratorias hacia las cercanas costas de Florida –están a 145 kilómetros, bastante menos que los que separan Madrid de Valladolid–. En una Cuba revuelta, sin ley ni orden, el avispero de embarcaciones de todo tipo –lanchas, botes o neumáticos adaptados– que tomaría rumbo norte sería imparable (incluso por los Delta Force).

“No se percibe todavía un resquebrajamiento de las relaciones entre Caracas y La Habana, pero si fallan, Cuba no tiene muchas alternativas para recibir petróleo” (Omar Everleny Pérez)

Al respecto, el abogado y politólogo cubano Roberto Veiga, miembro del Diálogo Interamericano, observa que el entendimiento entre Trump y los sectores duros del chavismo “sugiere un posible patrón de actuación de EE.UU. en el hemisferio occidental y un modelo de respuesta que Washington podría esperar de los gobiernos latinoamericanos”.

Roberto Veiga
El politólogo cubano Roberto Veiga (foto: Cortesía del entrevistado)

En su opinión, bajo la nueva realidad no es descartable que La Habana se vea obligada a hacer cambios significativos; cambios que, por otra parte, no tendrían que desembocar automáticamente en una apertura democrática. “Nada garantiza que dichas transformaciones deriven en la instauración del Estado de derecho, en la centralidad de los derechos humanos y la democracia política, al menos en la magnitud que reclama la sociedad cubana. Las hegemonías que hoy se reconfiguran parecen guiadas por tres prioridades fundamentales: economía, control y poder. Si estas lógicas ya permiten la cooperación entre sectores duros del chavismo y la administración Trump, tampoco resulta implausible que, bajo determinadas condiciones, se extienda a sectores del castrismo”.

Cuba está, pues, a la expectativa. De momento, el nuevo Ejecutivo venezolano –que con los días vuelve a hacer demostraciones de fuerza– no ha hablado de cortar con la isla, ni de adelgazar aun más el ya raquítico flujo de crudo, que es lo que abocaría al país a la catástrofe total. “Teóricamente deberían mantenerse las relaciones –señala Everleny–, porque es un Gobierno que viene desde Chávez, y Delcy es chavista al 100%. Pero EE.UU. va a ejercer una presión muy intensa: le va a exigir una equis cantidad de petróleo y el cierre del suministro a Cuba. Y eso sería fatal. No hay todavía una posición en que se perciba un resquebrajamiento de las relaciones entre Caracas y La Habana, pero si fallan, Cuba no tiene muchas alternativas para recibir petróleo. Y si se acaba la prestación de los servicios médicos cubanos a Venezuela, será muy difícil ubicar esa cantidad de profesionales en otro país”.

Conque el tablero, por ahora, no está volcado. Pero el puñetazo de Trump ha desordenado bastante las piezas, y en La Habana no saben muy bien cómo colocarlas.

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