Volver la mirada a la metafísica medieval no es algo así como mirar una vieja foto o constatar melancólicamente que el tiempo pasa. Ya Hegel decía que, en términos filosóficos, la historia del pensamiento es la principal manera de pensar. De hecho, si repasamos los asuntos que nos ocupan actualmente –desde los postulados de la posmodernidad hasta la IA, pasando por autores como Rorty o Derrida–, nos daremos cuenta de que la Edad Media fue un volcán cuya lava todavía llega incandescente hasta nosotros.
Francisco León Florido y Valentín Fernández Polanco son dos profesores de la Universidad Complutense de Madrid empeñados en explicar las claves de lo nuevo con herramientas clásicas. Y, en este sentido, muestran a la perfección que la decantación de la filosofía hacia la narrativa, incluso hacia lo frívolo, arranca en disquisiciones teológicas, epistemológicas y ontológicas con las que académicos y religiosos se quemaron casi literalmente las pestañas. Sobre ellas versa este ensayo complejo y riguroso, de lectura exigente, pero que resulta imprescindible, a tenor de nuestra famélica formación filosófica.
Es una tarea dificultosa resumir en tres o cuatro líneas los intensos debates entre nominalistas y realistas, la conformación y posterior disolución del legado escolástico, el neoplatonismo y los diversos modos en que se acogió lo pensado por Aristóteles, entre otros extremos. A todo ello se refieren los autores, abordando temas espinosos y especializados, como, por ejemplo, las diversas formas de comprensión de la analogía o las cavilaciones no solo en torno a la existencia de Dios, sino específicamente acerca de su naturaleza.
Pero estos árboles no ocultan el bosque, de modo que, a juicio de León Florido y Fernández Polanco, la Edad Media se caracteriza, en primer lugar, por un proceso paralelo de latinización del cristianismo y de la filosofía. Además, la clave de la producción filosófica del periodo está, evidentemente, en la inteligencia de la fe. Detectan una desviación teológica, en la medida en que la Edad Media se aleja cada vez más de la metafísica. La modernidad, sí, es lo que nace de la teología, de una cierta teología, concretamente, y por paradójico que suene.
El objetivo de este ensayo, indudablemente, es histórico y, por tanto, el análisis de la obra de Tomás de Aquino, Duns Escoto u Ockham se realiza de modo exhaustivo. Le corresponde al lector seguir las pistas que los autores ofrecen y, partiendo de la época de las catedrales y las universidades, averiguar por qué empieza a empantanarse lo real, la razón y el propio ser humano. ¿De qué otro modo, si no, podríamos salir de nuestro atolladero posmoderno?