El intelectual que opina de todo

publicado
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El conocido como “debate del siglo” entre Slavoj Žižek (izda.) y Jordan Peterson (dcha.), en 2019

 

Slavoj Žižek es un pensador versátil y prolífico, pero a veces le falta coherencia.

Un payaso de la revolución: eso fue lo que dijo Roger Scruton de él. A veces, quien se asoma a sus obras no sabe bien si realmente piensa lo que dice o regurgita lo primero que le pasa por la cabeza, con intención provocadora. Hay que reconocerle ingenio, pero tiende con mal gusto a lo escabroso, aprovechando lo sórdido para acentuar el sinsentido. Tan estrambótico es, que ha sido acusado no solo de plagio, sino incluso de plagiarse a sí mismo.

El futuro dirá si este esloveno, uno de los pocos pensadores vivos que cuenta con una revista dedicada al análisis de su pensamiento, es puro marketing o posee verdadera talla intelectual. Al menos, no tiene miedo a contradecirse, ni a disparar contra las apariencias, pese a ganarse muchas enemistades cuando lo hace. Ha desenmascarado la frivolidad de lo políticamente correcto, oponiéndose a esa enfermedad tan estéril desde el punto de vista político que es el victimismo.

Así, ha acusado al feminismo radical de demonizar al hombre. Defiende –de nuevo, el escándalo– la cosificación voluntaria de la mujer y denuncia el puritanismo sexual que se esconde en muchas de las cruzadas contemporáneas, como la que exige suscribir un contrato antes de mantener relaciones sexuales.

Žižek ha desenmascarado la frivolidad de lo políticamente correcto, oponiéndose a esa enfermedad tan estéril desde el punto de vista político que es el victimismo

Pero, al mismo tiempo, es un entusiasta de Europa, el parapeto frente a las tendencias del Nuevo Orden Mundial. En ella pervive todavía el sueño liberador de la Ilustración. En su opinión, los valores que representa son indispensables para “civilizar a nuestra civilización” y superar tanto el populismo, el nuevo opio del pueblo, como las tendencias nacionalistas: “Las naciones-Estado –afirma en uno de sus ensayos– deberían acostumbrarse a desempeñar un papel mucho más modesto como intermediarios entre las autonomías regionales y una Europa unida. De este modo, Europa podría evitar conflictos entre los Estados que la debilitan y aparecer como un agente internacional mucho más fuerte, en pie de igualdad con otros grandes bloques geopolíticos”.

Pensar la pandemia

Acostumbrado a escribir y pensar deprisa, Žižek sacó un ensayo en plena crisis sanitaria. Hace justo un año veía la luz Pandemia. La Covid-19 estremece al mundo (Anagrama). Algo apresuradamente, aprovechaba la interrupción del virus para comentar que había llegado el momento de instalar un nuevo sistema social, sustituyendo el capitalismo por un “comunismo” adaptado a las circunstancias.

No se puede esperar grandes argumentaciones en un ensayo de apenas 80 páginas, pero, pese a las contradicciones, sintetiza en él sus principales aportaciones. El coronavirus supone la estocada final a la idea de nación y revela la necesidad de la cooperación internacional, sin que por ello se deba dejar de insistir en soluciones locales. Pero se debe velar, en cualquier caso, por que las medidas adoptadas no se lleven por delante las libertades más básicas.

La crisis ha hecho realidad la protección de los más débiles. La solidaridad, explica, no es un ideal utópico: “La crisis actual demuestra que la solidaridad y cooperación global tienen como finalidad la supervivencia de todos y cada uno de nosotros, y que obedecen a una pura motivación racional y egoísta”.

El debate del siglo

Žižek lleva en el escenario intelectual más de veinte años y su popularidad no tiene parangón en el mundo contemporáneo. Solo recientemente ha aparecido un posible contendiente: Jordan Peterson. Los dos tienen numerosos seguidores, pero mantienen puntos de vista tan diametralmente opuestos que los medios anunciaron la discusión que mantuvieron el 19 de abril de 2019, un tanto hiperbólicamente, como el “debate del siglo”.

La sangre no llegó al río y el encuentro decepcionó a quienes esperaban que uno u otro terminara besando la lona. Peterson explicó los beneficios del capitalismo, haciendo hincapié en que el orden implica unas jerarquías. Así es como funcionan las cosas. Por su parte, el pensador esloveno afirmó que muchos de los antagonismos existentes obedecen a razones económicas y que la intervención del Estado no es nunca la solución a ellas.

Sorprendentemente, sin abandonar la moderación, descubrieron algunos puntos de acuerdo. Como los dos han sufrido las represalias de la corrección política, se negaron a aceptar que disentir del pensamiento único sea muestra de “un nuevo fascismo”, como opinan algunos. Y convinieron en que debemos superar tanto el cinismo como el nihilismo que caracteriza nuestro momento de la historia. 

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