El Prisionero del Cielo

Planeta.
Barcelona (2011).
382 págs.
22,90 €.

GÉNERO

El éxito de los anteriores libros de Carlos Ruiz Zafón, La sombra del viento y El Juego del Ángel –más de 25 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo–, explica el revuelo publicitario que se ha organizado con su nueva novela, El Prisionero del Cielo. El caso de Ruiz Zafón muestra, como pocos, la dimensión comercial del fenómeno del best-seller actual y por qué para las grandes editoriales uno de los principales objetivos es buscar y hasta fabricar obras de ese tipo.

Mucho de lo ya dicho a propósito de las otras novelas valen para esta tercera parte de las cuatro que compondrán la serie. Los personajes se repiten, pasan de un libro a otro, y las historias que se intuían y dejaban caer en libros anteriores tienen un mayor desarrollo en éste. A la vez, en este volumen se introducen nuevas intrigas y personajes que sólo tendrán explicación definitiva en el cuarto volumen. Hay que seguir estirando el negocio todo lo que se pueda.

Ruiz Zafón se considera un digno representante de lo que podríamos llamar literatura popular: esa que es capaz de llegar y entretener a miles de lectores con historias humanas y con unos personajes con los que resulta fácil identificarse. En El Prisionero del Cielo resulta muy evidente la intención del autor de transitar con orgullo por esta senda, que tiene su origen en la literatura folletinesca de la segunda mitad del siglo XIX y comprende algunas obras maestras entre una mayoría de mediocridades.

La novela comienza con los personajes y escenarios habituales: la librería Sempere, Daniel y su mujer Bea, Fermín, el Cementerio de los Libros Olvidados y la Barcelona de finales de los años 50. Un enigmático personaje aparece de pronto en la librería y su presencia desata una serie de secretos sepultados que ponen en guardia a Daniel y a Fermín. La acción –y este será el cuerpo central de la novela– se traslada al final de la Guerra Civil española, cuando se desata en Barcelona la persecución contra los que apoyaron al bando republicano.

En la cárcel de Montjuic está preso el escritor David Martín, que tienen que sufrir las arbitrariedades del director, Mauricio Valls, intelectual con grandes amigos en el régimen que quiere ser escritor. La vida de David está ligada a la librería Sempere y a sus dueños, pues era un gran amigo de Isabella, la madre de Daniel, ya fallecida. Otro recluso del mismo penal resulta ser Fermín, quien cuenta años después a Daniel lo que allí le pasó y el destino de los compañeros de prisión. Los protagonistas de esta historia vuelven a encontrarse al cabo de años, y seguro que serán los protagonistas de la próxima novela, pues la intriga queda abierta.

Ruiz Zafón da a su novela una ambientación gótica, oscura, en blanco y negro. La España que aparece también tiene esos rasgos, aunque hay en esta nueva entrega más luz que en las anteriores. Se nota en que, aunque siguen apareciendo muchos tópicos, hay más contrastes y más variedad. Ruiz Zafón carga las tintas en el personaje de Mauricio Valls, que encarna lo peor del franquismo. Se trata de un hombre despiadado, sibaritamente cruel, inhumano, a quien no le tiembla el pulso para sentenciar a muerte al que se ponga a tiro. Todo lo que acontece en la cárcel, con escenas que recuerdan a El conde de Montecristo, resulta muy visto. En el debate entre el director de la cárcel y el escritor David Martín, muy popular en su tiempo, puede apreciarse una subliminal réplica de Ruiz Zafón a los que han criticado sus novelas por simples, maniqueas y de poca calidad.

Menos que en las anteriores novelas, las referencias religiosas son pocas, tópicas y poco trascendentes, aunque no esquiva Ruiz Zafón lugares comunes y referencias negativas a la Iglesia. Lo mismo puede decirse del erotismo, con escasa carga argumental en la novela. Ruiz Zafón utiliza recursos y técnicas de la novela popular que ya suenan a trillado y rebajan mucho el alcance estético de la novela, tanto en lo que se refiere a su contenido y mensaje como a su calidad literaria. Para sorprender y enganchar al lector, cada cierto número de páginas Ruiz Zafón introduce giros que abren una nueva intriga. Y de una intriga sin resolver a otra intriga resuelta a medias se llega al final de la novela; y así se pone a los lectores en el disparadero para que compren la próxima entrega.

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