Cuidar del otro no debería empobrecer… pero empobrece

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No es noticia que las sociedades desarrolladas están envejeciendo aceleradamente. Lo que sí puede ser novedoso es algún matiz escondido en esta afirmación. Como que, a consecuencia de ello la mujer corre mayor riesgo que el hombre en cuanto a pérdida de poder adquisitivo, así como que su salud se expone a un deterioro mayor que el que puede experimentar la del sexo opuesto.

Una de las razones es que las mujeres, para cuidar a sus familiares ancianos, o bien dejan del todo su empleo remunerado o bien recortan su jornada laboral en mayor proporción que los hombres. Como cada vez son más quienes pasan de los 65 años, las necesidades de asistencia en esa franja poblacional se están disparando, y el grueso de quienes las cubren son mujeres, que de alguna manera resultan afectadas por ello.

Casi la mitad de los hombres encuentran moderadamente difícil o muy difícil ayudar a sus parientes en sus necesidades más personales

Un artículo de Eduardo Porter en el New York Times revela cuál es la situación en EE.UU. Con los datos en la mano, el periodista refiere que el 15% de la población del país –dos puntos más que en 1995– ya está en la tercera edad, y que el 14% de las personas incluidas en ese segmento no pueden ya valerse por sí mismas. La responsabilidad de ayudarlos recae, por tanto, en familiares o amigos, que tienen que restar esfuerzos y tiempo a otras áreas de su vida personal para poder atenderlos como se merecen.

Según un sondeo citado por Porter una cuarta parte de las mujeres estadounidenses de 45 a 64 años , y una de cada siete entre las de 35 a 44 años, se ve precisada a cuidar de un familiar mayor. Por norma, el 10% de los que cuidan a sus parientes se marchan del trabajo algunas horas antes, y el 6% deben dejarlo definitivamente. Si las mujeres son el grueso de estos asistentes (en torno al 60%), se podrá adivinar quiénes resultarán más afectadas en su nómina, en sus cotizaciones a la Seguridad Social y, llegada la hora de la jubilación, en sus pensiones.

Una retribución muy mejorable

Paul Osterman, profesor del MIT y autor del libro ¿Quién cuidará de nosotros?, calcula que si hoy son 21 millones los estadounidenses que atienden a familiares mayores, en 2040 serán 34 millones. Para que sea sostenible que tantos trabajadores queden fuera de la producción de bienes y servicios, y que los cuidadores y la economía del país resulten lo menos tocados posible, habrá que cambiar de alguna manera los mecanismos de retribución, hoy muy mejorables. 

Sobre cuán perjudicadas pueden resultar las perspectivas económicas de los cuidadores familiares, Osterman remite a un estudio de MetLife que pone números a la situación, en la que, se ve, ellas pierden más que ellos.

Un 40% de los cuidadores de familiares discapacitados en EE.UU. son hombres; en 2009 constituían el 34%

Según la citada investigación, las pérdidas totales en términos de salario y de beneficios de la seguridad social son, para los hombres cuidadores, el equivalente a 283.000 dólares a lo largo de su vida laboral, mientras que, a las mujeres, estar en casa atentas a lo que puedan necesitar sus padres o tíos les supone unos 324.000 dólares menos.

Angustia, depresión, aislamiento…

Por supuesto que no toda la afectación se reduce al bolsillo. Los cuidadores también pagan con su propia salud la “factura” del servicio que prestan, y ellas se resienten más.

El sitio Family Caregivers Alliance (FCA) expone algunos indicios en ese sentido, a partir de la diferencia en el modo de entender las necesidades del familiar necesitado de cuidados: mientras los hombres prefieren postergar la edad de la jubilación para poder mantener un poder adquisitivo que pueda hacer frente a los costos de la atención a largo plazo que requieren sus parientes, las mujeres suelen quedarse en casa junto a estos y atenderlos personalmente.

Como consecuencia, las cuidadoras adultas o ya de la tercera edad que corren a cargo de un esposo discapacitado tienen seis veces más probabilidades de sufrir síntomas de angustia o depresión que aquellas que no tienen esa responsabilidad.

De igual modo, la total absorción de la mujer por sus tareas como cuidadora puede ocasionarle un impacto negativo en sus relaciones profesionales y sociales en general, debido a la dificultad para estar “al día” en las reuniones o actividades que se planifican en los grupos de los que ha formado parte. La sensación de aislamiento social que ello produce puede influir en su bienestar psicológico, obviamente para mal.

Un bajo apoyo social y poca interrelación puede ocasionarles más depresión a las mujeres que a los hombres

Por cierto, no es que los cuidadores hombres queden exentos de tales efectos emocionales, pero hay indicios de que las mujeres pueden experimentarlos de modo más acentuado. Una investigación publicada en 2005 por el American Journal of Psychiatry revelaba, a partir de entrevistas a 1.057 parejas de mellizos de uno y otro sexo, que un bajo apoyo social y poca interrelación puede ocasionarles más depresión a ellas que a ellos.

… Pero también mayor autonomía

Por otra parte, absorta en la atención a la salud física del familiar al que acompaña y asiste, la cuidadora puede desatender peligrosamente la suya propia. El artículo de la FCA anota algunos datos tomados de varios informes de autoridades de salud de EE.UU., entre ellos que el 21% de las que cuidan a sus parientes mayores no se efectuaban mamografías cuando les era indicado, mientras que aquellas que dedicaban más de nueve horas a la semana a cuidar de sus esposos incapacitados tenían el doble de riesgo de padecer una enfermedad cardíaca.

Entre los efectos de salud verificables puede también encontrarse el mal funcionamiento del sistema inmunológico, la hipertensión y la diabetes. Tal vez la mayor tendencia de las cuidadoras mujeres a fumar y a consumir grasas saturadas, algo que constata la fuente, esté sirviendo de pie forzado a los padecimientos anteriores.

Esto dicho, la institución norteamericana dedica un pequeño aparte en su exposición para advertir que las que atienden a sus parientes desvalidos también reciben una cuota de bienestar psicológico a cambio de su entrega. Por ejemplo, en comparación con quienes no están cuidando de nadie, suelen fijarse más propósitos en la vida y ganan en autoestima.

Ejercer como cuidadoras de sus parientes les supone a las mujeres 324.000 dólares menos en salarios y beneficios sociales

Ahora bien, aunque la sociedad ha visto tradicionalmente a la mujer como una suerte de Atlas, predestinado en exclusiva a llevar sobre sus hombros todo el peso del cuidado de los mayores o de personas jóvenes con necesidades especiales, hay que decir que también los hombres que asumen esa tarea han subido en número.

Un estudio reciente del Dr. Jean Accius para la Asociación Americana de Jubilados (AARP), a partir de estadísticas de 2015, refiere que un 40% de los cuidadores de familiares discapacitados en EE.UU. son hombres (en 2009 constituían el 34%). En números, estaríamos hablando ya de 16 millones de asistentes masculinos.

A los hombres, hora de soltarse

Según la fuente, más de la mitad de los hombres cuidadores son graduados de bachillerato o de estudios homologables, y apenas un 37% del total son graduados de la educación superior. En cuanto a los destinatarios de su atención, son mayormente personas que rondan los 75 años y que viven en la misma casa que sus cuidadores o, a lo sumo, a 20 minutos de ellos. Un tercio de las personas atendidas –en el caso de los hispanos y los afroamericanos– son pacientes de alzheimer o de algún otro trastorno mental.

De modo general, ¿en qué consiste el apoyo que tributan los hombres a sus mayores? Las cifras señalan que más de 4 de cada diez los ayudan a acostarse y a levantarse de la cama, o bien a sentarse y a pararse del asiento. Asimismo, tres de cada diez llevan a su familiar al baño, y uno de cada cuatro les dan de comer y los asean.

En este punto, el Dr. Accius advierte que los hombres que ejercen de cuidadores familiares “ejecutan esas tareas con ciertas reservas, o experimentan alguna incomodidad y dificultad con ellas. Es un desafío para los hombres, en parte porque tienen menos experiencia con actividades de ese tipo. De hecho, el sondeo Caregiving in the U.S. 2015 halló que casi la mitad de ellos (el 54%) encontraban moderadamente difícil o muy difícil ayudar a sus parientes en sus necesidades más personales”.

No es noticia que las sociedades desarrolladas están envejeciendo aceleradamente. Lo que sí puede ser novedoso es algún matiz escondido en esta afirmación. Como que, a consecuencia de ello la mujer corre mayor riesgo que el hombre en cuanto a pérdida de poder adquisitivo, así como que su salud se expone a un deterioro mayor que el que puede experimentar la del sexo opuesto.

¿Incidencias de estrés o agobio en la salud emocional del cuidador? Como en el caso de las mujeres, también las hay, pero a diferencia de ellas, ellos prefieren callárselas. Error. La web de la AARP narra el caso de James Dotson, de unos 60 años, de Maryland. Dotson ha estado cuidando de su madre, afectada por el alzheimer, durante seis años, y por mucho tiempo se calló lo estresado que se sentía, hasta que, en una llamada grupal con sus familiares, se echó a llorar. A día de hoy, se dice más dispuesto a pedir la colaboración de otros para de alguna manera poder ocuparse también de su propia persona.

“Simplemente –le dice a la entrevistadora–, somos reservados”. Sí, pero con el envejecimiento acelerado que experimentan EE.UU. y en otros países desarrollados –y habida cuenta de que los milennials, a diferencia de los nacidos en los 70, tienen menos hermanos que los ayuden con sus mayores–, los hombres tendrán que ir soltándose anímicamente. Para no estallar.

Ratio población +65 años / población 20-64 años (OCDE)

País

2015

2050

Alemania

35

59

China

15

48

España

30

77

Estados Unidos

25

40

Francia

33

52

Italia

38

72

Japón

46

78

Reino Unido

31

48

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