El director José Luis Guerin, pertrechado con su cámara, atrapa imágenes en blanco y negro de todo el mundo durante la promoción de su última película en distintos festivales a los que acude como invitado. En ese largo año no importa tanto documentar la presentación de su trabajo o los certámenes -aunque algunas imágenes hay al respecto- como la captura de momentos “casuales” de gente en la calle, planos curiosos, declaraciones originales, y la conexión inesperada (o buscada, no nos engañemos: véase el caso de los predicadores callejeros y el lugar donde fue decapitado Juan Bautista) con otros posteriores en otros países.
En uno de los festivales, el anfitrión de Guerin lo presenta como especialista del documental de ficción y habla de la tenue línea que existe entre una cosa y otra. Y un poco a eso juega este film repleto de imágenes bellas y sugerentes. Cuando unas mujeres humildes preguntan al director en qué se diferencia una película del documental en el que van a estar ellas, están planteando sin saberlo el meollo del asunto, y la justificación de la obra de la que forman parte. Finalmente se recogen las declaraciones de la documentalista Chantel Akerman de que no hay diferencia alguna.
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