Una reflexión ética sobre el tráfico internacional de armas

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Duración lectura: 3m. 56s.

Con el deseo de que la guerra llegue a ser considerada como algo “inaceptable” y que cambien radicalmente los intereses económicos que alientan el tráfico de armas, el Consejo Pontificio Justicia y Paz publicó el día 21 de junio un documento sobre el comercio internacional de armas. En él se ofrece una “reflexión ética” destinada a los gobiernos, la industria de armamentos, los organismos internacionales y a la opinión pública.

El principio fundamental es que la guerra no es la solución de los problemas políticos, económicos o sociales. Con palabras de Juan Pablo II, “la violencia destruye la dignidad, la vida, la libertad del ser humano”. Existen medios no violentos para resolver los conflictos: son procesos difíciles, pero no utópicos, como demuestran recientes cambios políticos de gran envergadura (alusión al proceso de paz de Oriente Medio).

Desde luego, los Estados cuentan con el derecho a una legítima defensa mediante el recurso a las armas. Pero no es un derecho absoluto: ha de acompañarlo el deber de reducir al mínimo la necesidad de utilizarlas, y el principio de suficiencia, que se opone a su acumulación excesiva o a su transferencia indiscriminada.

Precisamente por su estrecha relación con la violencia, “las armas no pueden jamás asimilarse a otras mercancías que pueden ser objeto de transacciones en el mercado mundial o interno”. Su venta debe someterse a un severo control por parte de los gobiernos y de los organismos internacionales. El documento señala, por ejemplo, que es moralmente ilícito vender armas a regímenes injustos, pero a veces puede ser admisible facilitarlas a grupos que luchan contra esos regímenes: “es preciso saber distinguir entre una lucha legítima en sus fines y en sus medios, y el terrorismo puro y simple”.

En el tráfico de armas son responsables tanto los países exportadores como los importadores, ya que “ningún Estado recibe armas pasivamente; es siempre agente consciente y activo”. El problema se agrava en ciertos países en vías de desarrollo, que dedican a los gastos militares más que a la educación y a la salud juntas. Salvando el principio de legítima defensa, la seguridad de un país no se reduce a su capacidad de defenderse acumulando armas. Existe una seguridad de otra índole: proporcionar a sus ciudadanos “alimentación adecuada y alojamiento digno, acceso a la educación y a los cuidados sanitarios, la posibilidad de empleo y el respeto a los derechos humanos”.

Este documento del Vaticano solicita límites, controles, una legislación más rígida y una mayor cooperación internacional para reducir la venta y exportación de armas, y para bloquear el comercio clandestino. Sin embargo, precisa, todo eso quedará en letra muerta si no existe clara voluntad política por parte de los gobiernos.

Sobre el derecho a la legítima defensa, el texto añade que un Estado no puede conformarse con estructurar su propia defensa, sino que tiene la obligación de trabajar para garantizar las condiciones de paz en todo el mundo. El documento señala que hoy se comienza a definir en el ámbito internacional el nuevo deber permanente de “ayudar a víctimas inocentes, incapaces de defenderse de las terribles secuelas de los conflictos, tales como el hambre y las enfermedades”. Hay que encontrar el modo de defender a las personas, estén donde estén, contra los males de los que son sólo víctimas inocentes. En este sentido, se propugna la necesidad de reformar la capacidad operativa de las Naciones Unidas.

Quién vende y quién compra

La venta de armas convencionales en el mundo, que ha bajado rápidamente desde 1987, está casi estabilizada, según el informe anual del SIPRI. Los datos de este organismo sueco, que es una autoridad en la materia, revelan que en 1993 el importe de estas ventas ascendió a 21.975 millones de dólares, con un descenso del 3,6% respecto a 1992. Anteriormente el declive había sido mucho más brusco: un descenso del 19% en 1990, del 21% en 1991 y del 4,5% en 1992.

Los principales proveedores de armamento son Estados Unidos, con el 48% del valor de las ventas, Rusia (21%), Alemania (8,4%), Reino Unido (4,4%) y Francia (4,3%). A continuación figuran la República Checa, China y Corea del Norte. En cuanto a los clientes, el primero es Turquía, con el 11,5% del valor de las adquisiciones mundiales, seguido de la India (9,8%) y Egipto (6,8%).

Por continentes, Asia es el primer mercado militar (33,3%), por delante de Europa (32,5%). Oriente Medio (25% de las importaciones) registra un alza del 13% respecto a 1992, al haberse ejecutado los contratos concluidos tras la guerra del Golfo.

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