Un buen diagnóstico del Papa

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Duración lectura: 2m. 34s.

El comentarista norteamericano William Pfaff (International Herald Tribune, 13-X-93) escribe a propósito de la encíclica Veritatis splendor:

(…) La tesis del Papa es la generalmente aceptada en la civilización occidental hasta los tiempos modernos: hay un orden natural y una ley natural que son de origen divino. Sin embargo, al menos desde Aristóteles, ha formado parte de la tradición occidental la afirmación puramente filosófica de la existencia de valores absolutos, o primeros principios inmutables. Los intentos de reformular el sistema de valores en términos puramente racionales o filosóficos han solido dar resultados parecidos a las viejas concepciones religiosas de la moralidad y la dignidad humana.

Por ejemplo, el concepto de derechos humanos, proclamado en la Declaración de Independencia Americana y en la Declaración de los Derechos del Hombre de la Revolución francesa, se funda en el presupuesto de que existen derechos naturales y una ley natural.

Hoy, en la sociedad occidental a menudo se impugna esta idea de que hay un orden natural del que podemos deducir “leyes” y “derechos”. La gente sostiene que cada cual es y debe ser libre de hacer lo que quiera. A condición -se suele añadir- de que ese hacer lo que uno quiera no perjudique a otros. Sin embargo, hoy las relaciones personales y sexuales, por no hablar de la conducta en los negocios o en la administración pública, a menudo, en la práctica, no parecen reflejar serios escrúpulos respecto a los daños causados a otras personas.

La tesis de que si todos buscan su felicidad individual, se seguirá el mayor bien para el mayor número -formulada originalmente por Jeremy Bentham, pero reconocible como idea propia del librecambismo-, fue criticada en su día por su hedonismo implícito. En la práctica, se ha demostrado que no tiene suficientemente en cuenta las diferencias de poder entre los distintos individuos cuyos deseos entran en conflicto.

(…) Hasta los años 60, la vida pública, la política, la jurisprudencia; todo se desarrollaba en un marco de valores que gozaban de aceptación general, con unos orígenes religiosos y filosóficos claramente reconocibles.

Ya no es así.

En los últimos años, se han dado en Estados Unidos varios intentos de reformular, en términos puramente racionales, un fundamento apto para decidir las cuestiones públicas y legales discutidas. Tales tentativas no han tenido hasta ahora mucha influencia en el debate político, actualmente dominado por los valores del individualismo radical. Los conservadores quieren individualismo económico, o incluso una práctica social y económica libertaria. Los liberales piden una moralidad absolutamente individualista. Ni unos ni otros parecen comprender las posibles consecuencias de sus posturas, y no estoy seguro de que fueran a gustarles.

El individualismo radical -cultural o económico- y el hedonismo son por definición una forma de solipsismo radical, por otro nombre nihilismo. Así pues, aunque tal vez a algunos no gusten las soluciones que propone el Papa, hay que reconocer que ha señalado un problema.

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