Teresa y Diana

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El articulista Jaime Campmany compara en ABC (7-IX-97) el eco de las muertes de Teresa de Calcuta y Diana de Gales.

Acaban casi al mismo tiempo dos vidas que pueden servir de ejemplos ilustrísimos de otros tantos conceptos de entender nuestro paso, efímero paso, por este valle de lágrimas. Lady Di, esposa de un príncipe, madre de un futuro rey, amiga de los dueños del poder y de los amos del dinero, perseguida por fotógrafos hambrientos de su imagen, bella, joven, halagada y deseada, ha abrasado su vida todavía joven en pos de una felicidad de riquezas, de éxitos y de pasiones, en busca de un gozo pasajero que lleva dentro de sí mismo el germen de la insatisfacción.

Y Madre Teresa de Calcuta, envejecida de arrugas y cansancios, de trabajos y sufrimientos, sin otra belleza que la de su alma, sin otro placer que la íntima e incomparable alegría de hacer el bien y la caridad, sin otros amores que el de los pobres, los enfermos, los desheredados, los agonizantes, los repugnantes y gloriosos despojos humanos de las más degradantes enfermedades. (…)

Un poco antes de morir, Madre Teresa había pronunciado unas palabras de dulce recuerdo hacia aquella princesita, la muñeca rubia, que en medio de la agitación de su vida brillante encontraba a veces unos minutos para interesarse por aquella muchedumbre de infelices amantes que rodeaban a Madre Teresa. Lady Di muere lanzada a doscientos por hora en busca de una felicidad esquiva. Cuando Madre Teresa quiere huir, fatigada, de la dirección de su Orden, aparece en el escrutinio de la votación un solo voto favorable a su marcha: el suyo.

Tenemos dos cadáveres muy diferentes ante los ojos. ¿A cuál se dirigen nuestras miradas? No es posible albergar muchas dudas. La curiosidad, la atención y aún el cariño de la gran mayoría de las gentes, van hacia la princesa. Ella, para casi todos, es el dechado. Todos los poderosos del mundo están hoy en el funeral de Lady Di. A Madre Teresa la llorarán los que viven en la patria del llanto, y habrá que comprobar una vez más, con dolor de corazón, que esas lágrimas sólo conmueven a los espíritus exquisitos. Tan pocos.

No sé. Apurando un poco la retórica, podríamos decir que Madre Teresa ha querido darnos esta última y sublime lección de humildad, la de morir en un momento en que la conmoción de su muerte, que es la muerte de nada menos que toda una mujer buena y santa, queda oscurecida y relegada por la desaparición de una princesita infeliz y desbocada en busca del aplauso, de la fama y del dinero. (…)

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