Supersticiones que matan

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¿Puede una decisión de Estado ser motivada por una superstición? Por raro que parezca, sí. De hecho, no muchas décadas atrás era fama que el entonces presidente de EE.UU., Ronald Reagan solía adelantar o retrasar ciertas decisiones según los consejos de una astróloga a la que su esposa Nancy daba mucho crédito.

Treinta años después, basta con mirar a Myanmar (antes Birmania) para calibrar la vigencia del sinsentido supersticioso. En aquel país, antigua colonia británica, los coches circulaban por la izquierda, con el asiento del conductor a la derecha. Hasta que 40 años atrás el dictador de turno fue advertido por su astrólogo acerca de que, para preservar el statu quo político y evitar que el país se escorara a la izquierda, era necesario cambiar el sentido de la circulación vial… con los mismos coches.

El culto a la Santa Muerte, ya presente en las redes sociales, ha propiciado asesinatos en México

A día de hoy, los automovilistas se quejan de la pésima visibilidad (ver vídeo) que tienen para poder adelantar o para esquivar obstáculos. El gobierno ha terminado por reaccionar y ha dictado que desde ahora solo podrán importarse coches con el volante a la izquierda. De modo que el sentido vial se mantiene, ¡y son los conductores los que deben comprar autos diferentes!

No es la única “superstición de Estado” visible en Myanmar, donde en el pasado se optó incluso por no imprimir billetes con divisores o múltiplos de 10, pues el 9 es el número “de la suerte” y así lo debía reflejar el papel moneda. Desde luego que un gobierno tan al tanto de lo que “digan” los astros, los números y hasta el gato que le pase por delante al presidente, no puede ocuparse con igual solicitud de las preocupaciones de la gente común, en un país con rampantes niveles de pobreza y desnutrición.

El falso prisma de lo “mágico”

Las supersticiones tienen, pues, efectos indirectos, y quizás cuando entran en juego para trastocar seriamente la vida de las personas, o cuando su influencia perjudica de alguna manera al medio natural, es cuando se valora su perfil más problemático, que va más allá del tocar madera para alejar alguna desgracia.

Son, sencillamente, creencias lo bastante primarias como para no presentar conexión lógica entre causas y efectos, pues poco influjo tendrán en la conformación de la personalidad del recién nacido unas estrellas que se hallan a millones de kilómetros de su cuna, así como muy pocos hilos de conexión se podrá encontrar entre sufrir una contrariedad y el hecho de que unos cuantos granos de cloruro de sodio (sal común) hayan sido atraídos por la gravedad terrestre a una velocidad de 9,8 metros por segundo. Pero resulta más cómodo intentar explicar la realidad a partir de resortes mágicos.

No hay en las supersticiones narrativa alguna, ni visos de sistema; solo arbitrariedad. No es, por tanto, superstición la religión cristiana, en la que el plan de un Dios que crea y redime tiene una correspondencia en la vida del hombre, en su sentido de trascendencia, en los múltiples signos de armonía en la naturaleza, y en la concatenación de los fenómenos naturales de modo tal que el hábitat sea “bueno” (Gén. 1, 31) –que no perfecto– para su criatura más amada.

Lo curioso es que, al dar la espalda a esta revelación en nombre de un materialismo feroz, el sentido de trascendencia que también le es inherente el ateo más militante se descompone, como la luz a través de un prisma, en cualquier cantidad de creencias arbitrarias y nada coherentes. En un “no creo en Dios, pero creo en todo”, que ha sido la experiencia de algún que otro funcionario comunista –“ateo” por sistema–, que discretamente recurrió a la ayuda de hechiceros para intentar que sus sortilegios le garantizasen plaza en la nomenklatura.

Albinos: la maldición

El gobierno de Tanzania ha prohibido por ley la brujería, para intentar proteger a los albinos

Hay, sin embargo, situaciones en que la superstición empuja al individuo a asegurarse su bienestar personal dañando irremediablemente a los demás. Son casos en los que la creencia absurda, a pesar de ser manifiestamente negativa, no disuade al supersticioso de “pagar el precio” o de hacer que otros lo paguen por él.

Es así que en Tanzania, desde el año 2000, han muerto 80 albinos, víctimas de los ataques a machetazos por parte de compatriotas suyos. ¿El motivo? Los hechiceros locales aconsejan el consumo de brebajes elaborados con partes del cuerpo de los albinos.

La cifra de los muertos no coincide con la del total de personas albinas agredidas, pues hay muchos otros que han sido asaltados y han logrado sobrevivir, si bien con alguna extremidad mutilada. Por ello, según EFE, antes de las elecciones de la pasada primavera el gobierno ilegalizó la brujería, pues existía el temor de que se incrementaran los ataques, toda vez que no pocos de los implicados en la carrera política creen que beber una poción con partes de albinos les confiere poderes y ventajas sobre sus rivales.

Por otra parte, ya que vamos de brebajes, se podría reparar en otra fatal consecuencia de la superstición, esta vez en el medio natural africano. En 2011 debió incluirse al rinoceronte negro en la lista de especies extintas que elabora la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. El cuerno de este animal ha resultado ser su perdición, pues en China y Vietnam es apreciado por sus hipotéticas cualidades afrodisíacas y como cura contra el cáncer, cuando la realidad es que está formado de queratina, la misma sustancia presente en las uñas humanas. Los 100.000 dólares a que se cotiza el kilo, sin embargo, impiden que el cazador reflexione sobre la estupidez de eliminar a un animal para lograr, con sus despojos, el mismo efecto resultante de mordisquearse los dedos durante una película de terror.

México: sacrificios “a la Flaquita”

Al rechazar la auténtica revelación cristiana, el sentido de trascendencia se descompone en cualquier cantidad de creencias arbitrarias

En México, entretanto, la irracionalidad supersticiosa, en un ambiente tan lamentablemente permeado por la violencia del narcotráfico, los secuestros y la extorsión, tiene un nuevo culto “al alza”: el de la Santa Muerte.

Sucede que morir de forma violenta y que el suceso no se esclarezca no es asunto tan raro en un país que el año pasado vio cómo la tierra se “tragaba” a 43 estudiantes. Si la desprotección del ciudadano ante el crimen se vuelve la norma, si un sentido fatalista se apodera de él y se siente abocado a morir en cualquier instante, ¿en quién confiar? ¡Pues en la Muerte!, en una suerte de cabriola psicológica del tipo “si no puedes con tu enemigo, únete a él”.

Así va ganando terreno ese culto grotesco. Y generando víctimas. Un reporte de CNN, de marzo de 2012, daba cuenta de la detención de ocho individuos en el poblado de Nacozari, estado de Sonora, tras haber dado muerte a una mujer y dos menores de edad en un sacrificio a la Santa Muerte, para de este modo obtener “protección espiritual” para una familia local.

Según otro artículo del diario yucateco Milenio Novedades, la superstición –fomentada por un sujeto que hoy está tras las rejas por delitos diversos– no es exclusiva de los estratos sociales más bajos, sino que cuenta entre sus seguidores a universitarios y profesionales. Los altares a la siniestra calavera proliferan en hogares e incluso centros de trabajo; se celebran ritos que pretenden semejar la misa cristiana, y los mensajes se difunden a través de las redes sociales.

En uno de los grupos de seguidores en Facebook, por ejemplo, se postean imágenes de pésimo gusto, como una en que junto a Jesús, en vez de María, posa el esqueleto de la que llaman “Niña Blanca”, “mi santita” o “la Flaquita”, y fotos de mariachis entonando canciones a su imagen. Una rápida visualización de la lista de miembros del grupo da una idea de la variedad de los “adoradores”: junto a perfiles de trabajadores de la esfera de los servicios, están los de estudiantes y egresados de la UNAM y de la Universidad Juárez de Durango, una funcionaria del Instituto Nacional Electoral, uno de la petrolera PEMEX, una docente de secundaria, etcétera.

Quizás, como se ve, la formación profesional y las muchas horas de instrucción laicista no sean, a pesar de lo que les gustaría a algunos, antídoto suficiente contra estas creencias sin pies ni cabeza. El homo religiosus continúa ahí, buscando las respuestas, y si las circunstancias sociales tienden a oscurecer el mensaje de la Verdad, o si este es apartado en pro de lo “políticamente correcto”, siempre tendrá a la mano una superstición que lo entretenga. Y lo desbarranque.  

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