Reconocer los beneficios de la natalidad

Philip Bowring propone en The International Herald Tribune (7 febrero 2000) que los países europeos adopten políticas que estimulen la natalidad.

(…) En toda Europa se está debatiendo un aspecto del envejecimiento de la población: cómo organizar los sistemas de pensiones para evitar la bancarrota del Estado y no dejar desamparadas a las personas mayores. (…)

Sin embargo, el retraso de la jubilación y las reformas de las pensiones son solo una parte de la historia. No hay volumen de ahorro capaz de compensar la futura escasez de jóvenes. Ni tampoco desarrollo tecnológico y aumento de la productividad que pueda contrarrestar la reducción de la población activa que habrá dentro de unos años.

El nivel de vida de las futuras personas mayores depende de lo que ahorren ahora, pero también del volumen de producción que exista cuando estén jubiladas. El futuro requiere invertir con acierto en bienes de producción y personas. Y los seres humanos no son solo un factor indispensable de producción: son el factor más valioso. De manera que se puede razonablemente sostener que los que no contribuyen a multiplicar ese factor clave deberían tener menores pensiones.

He descubierto hace poco, durante la celebración del Foro Económico Mundial en Davos, que esta idea es difícil de digerir para los occidentales. Algunos la ven como un ataque a la libertad individual y a la libertad de elección, especialmente las mujeres. Y como un ataque de inspiración papal a la planificación familiar. (…)

Muchos sostienen que es de un materialismo descarnado pensar en la procreación en términos económicos. Pero es una vulgar hipocresía. Durante cuarenta años, los países occidentales han predicado los beneficios económicos de la planificación familiar y la reducción de los índices de natalidad en el Tercer Mundo. Y han destinado miles de millones de dólares a subvencionar agencias, multilaterales, bilaterales y privadas, que promovían esos fines. (…) La mayoría de los países desarrollados están tan necesitados de políticas natalistas como en los años sesenta pudieron estarlo Singapur, Tailandia o Corea del Sur de programas de planificación familiar. (…) Sin embargo, apenas se habla de nuestras actuales responsabilidades con respecto a las generaciones futuras, y el natalismo no se ve como un planteamiento positivo sino como un reaccionario producto del catolicismo o del nacionalismo. (…)

Mientras Europa avanza rápidamente hacia la despoblación, sigue tratando el asunto como una cuestión técnica de sistemas de pensiones y balances fiscales, no como la cuestión de estructura económica y social que es. Este problema exige soluciones radicales para estimular la paternidad y reducir las ventajas a los que deliberadamente se niegan a invertir en el futuro humano de sus sociedades.

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