No basta la renta per cápita para medir el bienestar

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Duración lectura: 14m. 36s.

Población, bienestar y desarrollo
La reciente Conferencia de El Cairo ha vuelto a poner de manifiesto que, si bien la mayor parte de la población mundial está en el Tercer Mundo, la visión de los problemas demográficos está dominada por los clichés occidentales. Poco después de concluir la Conferencia se ha celebrado en Colonia un coloquio internacional sobre “Población, desarrollo y medio ambiente”, organizado por el Lindenthal-Institut. Recogemos, en forma de preguntas y respuestas, una síntesis de la conferencia de Peter Bauer, ex profesor de la London School of Economics. Según Bauer, los problemas de población se suelen ver con gafas occidentales. Y, además, con las mismas gafas, en los años 30 se veían los problemas completamente al revés.

– Desde la II Guerra Mundial se viene repitiendo que el crecimiento demográfico es un obstáculo importante para el progreso de los países en vías de desarrollo. ¿En qué se basa esa tesis?

– Esa idea se basa principalmente en tres suposiciones. La primera, que la renta per cápita (tal como se calcula convencionalmente) refleja realmente el bienestar económico. La segunda, que el progreso económico depende fundamentalmente de la disponibilidad de tierra y de capital per cápita. La tercera, que la gente del Tercer Mundo desconoce el control de natalidad y no le importa el tamaño de la familia, es decir, que tienen hijos sin atender a las consecuencias. Una suposición complementaria es pensar que las tendencias demográficas del Tercer Mundo pueden predecirse rigurosamente con décadas de anticipación. Pero todo esto debe ser matizado.

Cuando nace un niño

– ¿Se puede decir que la renta per cápita es un fiel reflejo del bienestar individual?

– Supongamos que un aumento de la población reduce la renta per cápita. Esa reducción no significa necesariamente que disminuya el bienestar de cada familia o del conjunto de la comunidad. Normalmente, se considera que la renta nacional per cápita es un índice del bienestar económico, pero su interpretación presenta muchos problemas.

Este índice no tiene en cuenta para nada la satisfacción que supone para la gente tener hijos o vivir más. El nacimiento de un niño se traduce en una reducción inmediata de la renta per cápita en la familia y en el conjunto del país. La muerte del mismo niño tiene el efecto contrario. Sin embargo, para casi todo el mundo el primer acontecimiento es una bendición y el segundo una desgracia. Paradójicamente, el nacimiento de un niño es registrado como una disminución de la renta per cápita, mientras que el nacimiento de un ternero indica un aumento.

En realidad, el deseo de la gran mayoría de la humanidad es tener hijos. La adopción de niños y la demanda de inseminación artificial en algunos países también indican lo mismo. Todo esto desmiente la idea de que los niños son como un simple coste o una carga.

Además, el análisis económico no puede demostrar que un aumento de población suponga necesariamente la reducción de la renta per cápita por un largo periodo. Pues es absolutamente obvio que el crecimiento demográfico no ha impedido el progreso económico ni en el mundo occidental ni en el Tercer Mundo contemporáneo.

– ¿Pero vale la pena vivir cuando se ha de vivir en la pobreza en el Tercer Mundo?

– Algunos afirman que las altas tasas de natalidad de los países en desarrollo, especialmente entre los más pobres, hacen la vida tan mísera, que no merece la pena vivir así. Esta opinión implica que observadores externos están capacitados para valorar las alegrías y penas de otros. Pero ese juicio no resiste la mera observación. Incluso la gente más pobre prefiere vivir a morir. Así lo muestra su esfuerzo por sobrevivir cuando, por ejemplo, buscan ayuda médica que prolongue su vida.

Es más exacto considerar la tan deplorada explosión demográfica como un beneficio que como un desastre: refleja la caída de la mortalidad, lo que significa una mejora del bienestar de la gente.

¿No saben o no quieren?

– Occidente considera que hace un favor al Tercer Mundo al darle a conocer los métodos de control de la natalidad.

– Mucha gente del Tercer Mundo conoce el control de la natalidad, y lo practica. De hecho, el número de nacimientos reales está muy por debajo del que es posible biológicamente.

Pero mientras que los bienes de consumo baratos llegados de Occidente se han hecho muy populares en la mayoría de los países en desarrollo, los anticonceptivos se han difundido muy lentamente, aunque contaran con importantes subsidios. Lo cual indica que la demanda de contraceptivos modernos ha sido escasa, bien porque la gente no quiere tener menos hijos, bien porque prefiere otras maneras de conseguirlo.

– Sin embargo, es evidente que uno de los efectos negativos del crecimiento de la población es la congestión de las megápolis del Tercer Mundo.

– En realidad, el rápido crecimiento de estas ciudades se debe a su atractivo, especialmente el de las capitales. Esto se explica a su vez por las limitaciones que la gente encuentra en el campo y por las rentas más altas y otros beneficios que gozan o esperan gozar en las ciudades. Las diferencias de renta se acentúan cuando los ingresos de la población rural son bajos como consecuencia de políticas que benefician a la población urbana. Que el crecimiento de las grandes ciudades se debe a estos factores es evidente por la existencia de grandes aglomeraciones urbanas en países de escasa densidad de población como Brasil o Zaire, y por el hecho de que generalmente las poblaciones urbanas crecen más rápido que la población total.

Países despoblados y pobres

– ¿Se puede defender que el aumento de la población tiene también consecuencias positivas?

– Es injustificado preocuparse exclusivamente por las posibles repercusiones negativas del crecimiento demográfico. Este crecimiento tiene muchas veces efectos favorables. Puede facilitar una división del trabajo más eficaz y, de ese modo, aumentar la renta real. De hecho, en buena parte de África y América Latina la escasa densidad de población frena el progreso económico. Retrasa el desarrollo de medios de transporte y de comunicación, lo que dificulta el movimiento de personas y de mercancías y la difusión de ideas y técnicas nuevas. En la última etapa del desarrollo, el aumento de población tiene también algunos efectos positivos muy significativos que se derivan de contar con más posibilidades para la división del trabajo en la economía, la ciencia, la tecnología o la investigación.

– El crecimiento de la población parece que implica distribuir los recursos disponibles entre más personas. ¿No llevará esto a la escasez?

– Las teorías convencionales del crecimiento demográfico dan por supuesto que la disponibilidad de tierras y otros recursos naturales es decisiva para el progreso económico. Pero la experiencia del pasado reciente y remoto lo desmiente. Actualmente, muchos millones de personas pobres del Tercer Mundo viven en medio de amplias superficies cultivables. De hecho, en buena parte del Sudeste asiático, África central y el interior de América Latina, la tierra es un bien gratuito. Por el contrario, la tierra es muy cara en Hong Kong y Singapur, probablemente los países más densamente poblados de la Tierra, que originalmente contaban con muy poco suelo.

Y es que la productividad de la tierra es, en su mayor parte, resultado de la actividad humana: trabajo, inversión, ciencia y tecnología.

Por otra parte, se dan grandes diferencias de prosperidad económica entre individuos y grupos de un mismo país que tienen acceso a los mismos recursos naturales. Por tanto, la disponibilidad de los recursos naturales no es decisiva para el éxito económico.

Las razones del hambre

– Se suele pensar que el incremento demográfico causa problemas como el hambre, el agotamiento de los recursos minerales y el paro.

– Actualmente, las hambrunas se producen principalmente en regiones con economías de subsistencia y escasa densidad de población, como Etiopía, el Sahel y Tanzania, Uganda y Zaire. En esos países la tierra es abundante y, en algunas zonas, incluso gratuita. Las recurrentes carestías de alimentos en estos y otros países en desarrollo reflejan rasgos de economías de subsistencia, tales como la vida nómada, los cultivos intermitentes y la falta de medios de comunicación y de almacenamiento. Estas condiciones se agravan por la inseguridad pública y por las restricciones oficiales al comercio, al movimiento de productos agrícolas y a las importaciones de bienes de consumo y de suministros para la agricultura. También pueden contribuir a la escasez de alimentos las formas improductivas de tenencia de la tierra, tales como los sistemas tribales. Por último, los más pobres pueden sufrir duras privaciones si alguna catástrofe reduce de repente su renta disponible. Pero ninguno de estos factores tiene nada que ver con el crecimiento de la población.

Tampoco hay razón para que el crecimiento demográfico provoque desempleo. Una población abundante significa no sólo más productores sino también más consumidores. En Occidente, el fuerte aumento de la población en los dos últimos siglos no creó un desempleo masivo y persistente . El desempleo significativo surgió en el siglo XX, cuando el aumento demográfico era ya mucho más lento que el registrado en el siglo XIX.

La experiencia actual de países en desarrollo muestra que un crecimiento demográfico rápido no tiene por qué producir paro. Hasta hace poco, la población creció rápidamente en sitios densamente poblados como Hong Kong y Singapur, sin que se produjera desempleo. Hay mucha menos tierra per cápita en Singapur que en su vecina Malaysia; sin embargo, mucha gente emigra de Malaysia a Singapur en busca de empleo o de salarios más altos.

Inciertas predicciones

– ¿Hasta qué punto son fiables las predicciones demográficas a largo plazo?

– Se suele presentar los pronósticos demográficos alarmantes como si fueran datos seguros. Pero es una seguridad injustificada. Es muy útil recordar que durante los años 30 y 40 las predicciones anunciaban un descenso importante de población, en primer lugar en Occidente y -hasta cierto punto- en todo el mundo. De hecho, destacados académicos publicaron artículos con títulos como “El final del experimento humano” o “El suicidio de la raza humana”.

En el transcurso de una generación, el problema de la población ha cambiado completamente de signo. El miedo inicial al descenso ha sido sustituido por el miedo al crecimiento, especialmente en los países menos desarrollados. Permanece el miedo, y lo que cambia es el signo menos por el más.

En general, las bases estadísticas para hacer predicciones fiables sobre el Tercer Mundo, e incluso sobre un país concreto de los subdesarrollados, son muy endebles. En buena parte del Tercer Mundo no hay registros de nacimientos y de muertes, y donde existen, suelen ser incompletos.

En las próximas décadas habrá importantes cambios políticos, económicos y culturales en el Tercer Mundo. Pero es imposible predecir adónde llevarán y cómo responderá la población. Por ejemplo, en algunos de estos países la fecundidad urbana y la rural son semejantes, mientras que en otros hay grandes diferencias. La relación entre la fecundidad y la clase social u ocupación es mucho más variable en el Tercer Mundo que en los países desarrollados de Occidente.

Estas consideraciones nos permiten apreciar qué crédito merecen los estudios que predicen hasta el último millón la población mundial en el año 2000 o más adelante.

– Los que propugnan políticas de control de la natalidad impulsadas desde el gobierno argumentan que ellos no intentan obligar, sino ampliar la libertad de elección de la gente, dándole a conocer los métodos contraceptivos.

– La cuestión central de la política demográfica es quién debe decidir cuántos hijos se puede tener: ¿las familias o los políticos y los funcionarios nacionales e internacionales?

Como he explicado antes, la gente del Tercer Mundo normalmente conoce los métodos tradicionales y los modernos de control de la natalidad. Sin embargo, en muchos países en desarrollo -especialmente de Asia y África- la información oficial, los consejos y la persuasión, de hecho se convierten muchas veces en coacción.

En la mayoría de esos países la gente está más sometida a la autoridad que en Occidente. Y, especialmente en los últimos años, los ingresos y el porvenir de muchos han llegado a depender en gran medida de la benevolencia del gobierno. Así, en la India, la promoción de los funcionarios, la concesión de licencias de vehículos, el acceso a créditos “blandos”, la vivienda oficial y otras ventajas se han condicionado, a veces, a la limitación de la descendencia. Las campañas de esterilización, que se aplicaron con métodos coercitivos en los años 70 en la India, y la coacción aún vigente en China, son sólo casos extremos de un espectro de medidas que van desde la propaganda a la coerción.

– Si estuviese en sus manos, ¿qué tipo de política demográfica establecería?

– Hay una política posible que tendería a reducir el crecimiento demográfico, a ampliar las posibilidades de elección personal y, simultáneamente, promovería actitudes y costumbres beneficiosas para el bienestar. Se trataría de favorecer que la gente de países en desarrollo tuviera más relaciones comerciales con el extranjero, especialmente con Occidente. Esos contactos han promovido importantes cambios voluntarios en las actitudes y los hábitos, particularmente en los que obstaculizaban el progreso económico.

En todo el mundo subdesarrollado, los grupos sociales más prósperos son los que tienen más contactos comerciales con el exterior, lo que también estimula a reducir voluntariamente el tamaño de la familia. Sin embargo, este tipo de política no está en el programa de los que abogan por la reducción de la natalidad en los países en desarrollo.

Hoy día se reconoce que Occidente no debe imponer sus normas, costumbres y actitudes a los gobiernos y pueblos del Tercer Mundo. Sin embargo, paradójicamente, se propugna justo lo contrario cuando se trata del control de la natalidad.

La dificultad de contar a los hombresLas predicciones demográficas se fundan sobre una base estadística original cuya fiabilidad es sólo relativa. Así lo puso de manifiesto en su intervención, en el mismo Coloquio, el profesor francés Gérard-François Dumont.

El World Population Data Sheet ha clasificado los países del mundo en cuatro categorías, que podemos sintetizar así.

a) 61 países, es decir, el 31%, disponen a la vez de estadísticas completas del registro civil (nacimientos, muertes) y de resultados de un censo nacional organizado al menos cada diez años, o de un registro permanente de población. Esa cifra de 61 países es en realidad un dato geográfico que resulta menos favorable desde el punto de vista político. Incluye también territorios -como departamentos franceses de ultramar- pertenecientes a un conjunto político más amplio que dispone de una estadística demográfica de buen nivel.

La existencia de instrumentos estadísticos no implica necesariamente la veracidad de las cifras obtenidas. Por ejemplo, los resultados demográficos anunciados por China siguen siendo en gran medida informaciones políticas que habría que contrastar mejor. Igualmente, la calidad de los datos procedentes de la India varía mucho según las regiones. Similares reservas pueden aplicarse a Pakistán y Bangladesh. Estos cuatro países, que agrupan -según se estima- el 42% de la población mundial, resumen por sí solos la relatividad de los datos disponibles.

b) La mitad de los países del mundo -100 exactamente- disponen o de un Registro civil o de un censo cada diez años.

c) En 26 países hay al menos un censo, un estudio o un empadronamiento disponible. En esta categoría se encuentra Zaire, que se se supone que es el tercer país de África por su población (42,5 millones).

d) En fin, en 9 países no ha habido nunca una información demográfica completa. Los datos referidos a ellos son resultados de informes fragmentarios o de modelos demográficos. Esta categoría comprende: Afganistán, Angola, Bután, Camboya, Corea del Norte, Eritrea, Gabón, Sahara occidental y Líbano.

Esta clasificación en cuatro categorías se basa en la existencia o inexistencia de registros de información demográfica, pero no prejuzga la calidad de los datos publicados. En la misma categoría puede haber variaciones considerables de calidad.

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