La política del hijo único en China… y en Europa

El Gobierno chino abandona la llamada “política del hijo único”, medida que llevaba 36 años en vigor, muchas veces impuesta con medios brutales. Esta política había limitado el crecimiento de la población, pero también había creado graves desequilibrios demográficos. En Europa, sin ninguna imposición estatal, en no pocos países la natalidad está por debajo de la de China, situación que también debería preocupar.

El 29 de octubre, el gobierno chino anunció un cambio en la política de natalidad: el límite impuesto en 1979 se sube de uno a dos niños por pareja. El comunicado hecho público tras una sesión plenaria del Comité Central del Partido Comunista no detallaba cómo se aplicaría la nueva política, pero sí exponía los motivos: “Promover un crecimiento de la población equilibrado, ligado a una política básica estatal de planificación familiar, e impulsar una estrategia de crecimiento de la población”.

Un precipicio demográfico

En un artículo para China Economic Quarterly, Wang Feng, experto en demografía china de la Universidad de California, explica cómo muchos advertían desde hace años la deriva de China hacia un “precipicio demográfico”. Una realidad que no encaja con el pronóstico que en su día debió de hacer el líder chino Deng Xiaoping cuando implantó el límite de un solo hijo. El régimen impuso esta política durante 36 años, recurriendo cuando era preciso a penalizaciones económicas unas veces y otras mediante prácticas inhumanas como abortos o esterilizaciones forzadas.

Todo indica que las predicciones que motivaron esta política no eran realistas. Los políticos de Pekín pensaron que el rápido crecimiento demográfico de los años 50 y 60 traería un retroceso para el país, dejándolo atrapado en la pobreza. Ciertamente, las décadas posteriores a la imposición del mecanismo trajeron crecimiento y una mejora del nivel de vida para China. “¿Qué crecimiento hubiera existido si la natalidad no se hubiera regulado?”, se preguntaban ufanos los políticos. A lo que Ben Chu, en un artículo para The Independent, respondía que, posiblemente, “China hubiera seguido creciendo sin esa regulación”. En realidad, China empezó un crecimiento económico sostenido cuando abandonó los mecanismos de la planificación socialista y se abrió a los de mercado.

Tanto China como Europa tienen un problema de envejecimiento de la población

Además, la “política del hijo único” ha probado ser un arma de doble filo, nociva a largo plazo. “China se hará vieja antes de hacerse rica. Lo que ahora amenaza impedir el avance económico no es el exceso de población, sino la escasez de población en edad laboral”, dice Chu. Los informes demográficos publicadas por la ONU en julio pasado estimaban que China perdería alrededor de 28 millones de habitantes entre 2015 y 2050. ¿Cambiará la nueva medida este panorama? Para Wang Feng, no es muy probable: “China tendrá que convivir durante las próximas décadas con las consecuencias de esta costosa política”.

En Occidente, barreras invisibles

Curiosamente, en muchos países europeos donde no existen estas barreras oficiales contra la natalidad, la tasa fecundidad es muy similar a la de China, o incluso más baja.

En China, con las excepciones admitidas a la política del hijo único en el campo o para las minorías, la tasa de fecundidad es de 1,4 hijos por mujer. En la Unión Europea, ocho países están por debajo de ese nivel. Por ejemplo, Portugal está en 1,28, España en 1,32 y Alemania en 1,38, según el informe World Population Prospects de la ONU. En estos países, donde no existen políticas estatales que restrinjan la natalidad, parece haber otro tipo de barreras, invisibles, que impiden que crezca.

Todos condenan los brutales mecanismos de regulación del Gobierno chino –“una de las políticas más controvertidas y costosas de la historia de la humanidad”, decía Wang Feng– pero pocos se atreven a preguntar por esas otras barreras, que no se ven.

En 1957, alguien comentó al canciller alemán Konrad Adenauer que una futura caída de la natalidad podría poner en peligro el sistema de pensiones de la República Federal. En un alarde de confianza en la solidaridad entre generaciones, Adenauer afirmó que “la gente siempre tendrá hijos”. Algo parecido a lo que debió pensar, años después, el estadista chino Xiaoping al ordenar el control de la natalidad.

Lamentablemente, los augurios no se cumplieron en ninguno de los dos casos. Basta echar un vistazo a las pirámides de población del año 2014, elaboradas por Index Mundi. El porcentaje de población de ambos países entre 0 y 14 años es parecido, aunque la escasez es mayor en Alemania: un 13% frente al 17,1 % de China. En cuanto al envejecimiento de la población, este es un problema más alemán que chino, al menos por el momento: un 21% de los alemanes ya son mayores de 65 años. La edad media de la población china es actualmente 37 años, frente a los 46,2 de Alemania; y las proyecciones para 2050 estiman el 49,6% en China y el 51,4% en Alemania.

El aporte de los inmigrantes

En ambos países se observa un descenso de la natalidad que, en el caso de China, responde en buena medida a la política antinatalista. Pero en Alemania y en otros países europeos, las causas del descenso de la natalidad son más difusas.

En respuesta a este drástico descenso, la acogida masiva de inmigrantes en Europa parece ser la forma más sencilla de rejuvenecer la población a corto plazo. Si la edad media del europeo que vive en su país es de 43 años, la del inmigrante es de 35. Pero haría falta una inmigración masiva para compensar la escasa natalidad de los europeos de origen. Además, aunque al principio los inmigrantes tengan tasas de natalidad superiores, la tendencia lleva a acomodarse al estándar europeo.

En Europa, sin ninguna imposición estatal, en no pocos países la natalidad está por debajo de la de China

Al mismo tiempo, muchos Gobiernos llevan años promoviendo medidas para incentivar natalidad entre los propios europeos: subsidios económicos para los padres que cuidan a los niños en casa, reducciones de impuestos, guarderías subvencionadas… Tal y como señala The Economist, en Francia –cuya tasa de fecundidad es de 2,01– y Suecia –tasa de 1,91– estas medidas parecen haber dado su fruto. Sin embargo, en muchos otros casos los incentivos económicos siguen sin ser suficientes para levantar esas barreras invisibles, tal vez más relacionadas con los valores y las ideas.

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