El Foro del Agua terminó con una declaración poco comprometida

El Foro Mundial del Agua, clausurado en Kioto el 23 de marzo con asistencia de 10.000 delegados, ha advertido que “es una urgente necesidad, en todo el mundo, dar prioridad a los problemas del agua”. Pero en esos días la prioridad informativa era Irak, con lo que el Foro ha quedado eclipsado por las noticias de la guerra. Solo las imágenes de los iraquíes en busca de agua por la interrupción del suministro en ciudades asediadas han recordado que la batalla del agua es primordial.

Como suele ocurrir en estas magnas asambleas onusianas, la declaración final es suficientemente genérica para que todos se puedan reconocer en ella, al precio de carecer de contenido concreto. Esto se observa sobre todo al llegar al tema de la financiación para hacer realidad los objetivos.

La meta ya antes fijada por la comunidad internacional es reducir a la mitad antes de 2015 el número de personas que hoy no tienen asegurado el acceso a agua potable sana (1.100 millones de personas) o carecen de instalaciones sanitarias básicas (2.400 millones). El informe mundial sobre el Desarrollo de los Recursos Hídricos que se presentó en la Conferencia estima que, para financiar las infraestructuras de acceso al agua, los países en desarrollo necesitan inversiones por valor de 180.000 millones de dólares anuales durante los próximos 25 años.

Para lograr esos capitales, es preciso recurrir a la financiación tanto pública como privada, según proponía el informe del grupo de trabajo dirigido por Michel Camdessus que fue debatido en el Foro (cfr. servicio 43/03). Pero como la gestión del abastecimiento de agua ha estado tradicionalmente en muchos países a cargo del sector público, cualquier apelación a la iniciativa privada es anatema para algunos.

También en Kioto el debate sobre la intervención de la iniciativa privada en el sector del agua fue uno de los asuntos más polémicos. Representantes de un grupo de ONG calificaron el plan de Camdessus como un “secuestro” del agua y expresaron su total rechazo a que las empresas privadas se “apoderen” del mercado del agua.

En realidad, la contraposición público-privado es también aquí un falso problema, si tenemos en cuenta que las empresas privadas no gestionan en el mundo más que un 5% de los servicios de abastecimiento y un 10% del total del agua. El problema es más bien atraer capitales hacia este tipo de inversiones a largo plazo, cuya rentabilidad es baja en comparación con la de otros sectores más lucrativos. El informe Camdessus insiste en la importancia de movilizar “todas las fuentes de financiación, tanto públicas como privadas, nacionales e internacionales”, y propone una serie de mecanismos para facilitar los préstamos y las ayudas internacionales a las colectividades locales. Una idea básica del informe es que la buena gestión del agua pasa por una acción y financiación a escala local.

Frente a los que enfocan el problema del agua con una perspectiva más de mercado, están los que defienden un derecho al agua gratuita para los más pobres. Sin embargo, no hay por qué excluir que las personas pobres estén dispuestas a pagar una tarifa asequible por tener acceso al agua potable; de hecho, en grandes megápolis del Tercer Mundo muchos habitantes que carecen de agua corriente están comprando el agua a vendedores ambulantes a un precio mayor que el que pagan las familias que sí disponen del servicio.

También se ha comprobado en proyectos de ayuda a países en desarrollo, como la perforación de pozos, que si no se paga por el agua nadie se preocupa de mantener los equipos, con lo que al cabo de pocos años son inutilizables.

La declaración final del Foro se limita a señalar que “el debate sobre la colaboración entre el sector público y el privado no ha quedado resuelto”.

En lo que sí hay acuerdo es en que, como dice la declaración, en muchos países el problema del agua es más “una crisis de buen gobierno que una crisis del agua”. Las diferencias de gestión se advierten, por ejemplo, en el desperdicio del agua en las conducciones de las grandes ciudades: mientras que en África y en Latinoamérica más del 60% del agua se pierde por fugas, esa tasa es un 2% en Japón y un 8% en Singapur.

Otro tema que ha suscitado controversia en Kioto es el de las presas, debate que suele ser extremadamente emocional. Mientras el representante chino hablaba con orgullo de las obras faraónicas que están en curso en su país, otros expresaban su escepticismo por la construcción de ciertas presas sobredimensionadas, y propugnaban resolver la escasez de agua con actuaciones locales sin necesidad de grandes infraestructuras.

El mito de las guerras del agua

A medida que la demanda de agua aumenta, proliferan las predicciones sobre las guerras que pueden producirse por el control de los recursos hídricos. Sin embargo, el Informe Mundial sobre los Recursos Hídricos indica que aunque la escasez de agua “agudice las tensiones entre los Estados, hay pocos indicios de que lleguen a estallar y se conviertan en auténticas guerras del agua”.

Y su argumentación no es teórica, sino que se basa en datos empíricos. El informe subraya las conclusiones de un estudio de todas las interacciones que se dieron entre dos o más países a causa del agua en los últimos cincuenta años. La aplastante mayoría (1.228) de las 1.831 interacciones analizadas fueron de índole cooperativa y desembocaron en la firma de unos 200 tratados sobre repartos de aguas o construcciones de nuevas presas.

Los acontecimientos de tipo conflictivo fueron 507; pero sólo 37 revistieron un carácter violento y, de éstos, tan sólo 21 se tradujeron en operaciones militares, 18 de ellas entre Israel y sus vecinos.

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