El bebé siete mil millones

El 31 de octubre, un recién nacido será designado por la ONU como el habitante número 7.000 millones del planeta. El nuevo hito que la población mundial está a punto de alcanzar muestra que… ¿qué exactamente?

Naturalmente, todo esto es convencional. No solo porque el niño y la fecha son elegidos discrecionalmente por la División de Población de la ONU (la Oficina del Censo de EE.UU. estima que el hito no se alcanzará hasta marzo de 2012). Sobre todo, porque llegar a 6.000 o a 7.000 millones no significa en sí mismo casi nada, señala The Economist en un artículo especial dedicado al evento. “Lo que más influye son los cambios relativos –como el crecimiento de una parte de la población en comparación con otra, o la variación de la edad media de los habitantes–, antes que el número absoluto de personas”.

En el conjunto de la población mundial, la tendencia más señalada es que se desacelera el aumento. El bebé 6.000 millones nació hace 12 años. Ahora la ONU estima que los 8.000 millones se harán esperar 14 años, o sea que por primera vez un millardo adicional tardará más en llegar que el anterior. El siguiente costará un poco más aún: 18 años. El crecimiento actual, alrededor del 1% al año, es la mitad del máximo registrado a finales de los sesenta.

La causa es el rápido descenso de la fecundidad mundial, de 4,45 hijos por mujer en 1970 a 2,45 en el presente. La baja tasa de los países ricos –casi todos– no basta para explicarlo. Bangladesh apenas alcanza ya el umbral de reemplazo: con 2,16 hijos por mujer, está a la mitad que hace veinte años. Irán cayó de 7 en 1984 a 1,9 en 2006. Hoy cerca de la mitad de la población mundial vive en países con fecundidad de 2,1 o menos.

Esto supone una tendencia general al envejecimiento. Para los países que ahora tienen fecundidad alta, esto supone una próxima oportunidad de rápido crecimiento económico. Si en ellos se repite la trayectoria seguida antes por Occidente, llegarán a un punto en que a las generaciones más numerosas sucederán otras notablemente más pequeñas, y por tanto tendrán una tasa de dependencia muy baja (pocos niños y mayores en relación con los activos). Podrán producir mucho y, con la consiguiente expansión económica, lograr el aumento de productividad que les permitirá mantener la prosperidad cuando suba la tasa de dependencia. Esta evolución es la previsible, sobre todo, en África subsahariana, la única parte del mundo donde bajará la tasa de dependencia en los próximos 40 años.

Ahora mismo, los mayores problemas afectan a los países de fecundidad baja. Japón es el caso extremo (a mitad de este siglo tendrá casi tantos dependientes como activos), y las dificultades a que se enfrenta son conocidas. Pero aún peor es lo que se ve venir en China, con el agravante de que no es un país rico. “Por la reducción artificial de su fecundidad merced a la política del hijo único, está envejeciendo a una velocidad sin precedentes”. En 2030 la población china será más vieja que la europea, y el también artificial déficit de mujeres anuncia un exceso de 16 millones de hombres en 2025.

En cuanto a la alimentación, lo relevante no es el aumento de la población, sino la posibilidad de que la producción de alimentos le siga el paso. El Banco Mundial calcula que la productividad agrícola tendría que aumentar un 60% hasta mediados de siglo. Pero esto no es tanto, en comparación con lo ya conseguido: tres veces y media más en 2010 que en 1970. Pero ahora la productividad aumenta más despacio, y quizá haría falta otra revolución verde.

Tampoco para el medio ambiente es el número absoluto de habitantes lo que más importa. El crecimiento de la población mundial se concentra en países donde la gente contamina menos. La cuestión es de cantidades proporcionales: si los países emergentes consumirán tanta energía por cabeza como Estados Unidos o China.

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