Conferencia sobre Población: las espadas siguen en alto

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Duración lectura: 3m. 56s.

La oposición del Vaticano y de otros países impide la aprobación del borrador de documento

Después de tres semanas de debate en Nueva York, la fase previa de la Conferencia de la ONU sobre Población ha concluido sin que se haya llegado a un acuerdo sobre el borrador de documento final. En el texto, de 82 páginas, figuran muchas cuestiones aprobadas por consenso. Pero otras -como la inclusión del aborto entre los métodos de control de la natalidad- aparecen entre paréntesis: el modo convencional para indicar que hay desacuerdo y que la cuestión debe ser debatida durante la celebración de la conferencia en El Cairo el próximo septiembre.

A su regreso a Roma, el principal delegado de la Santa Sede para el Comité preparatorio, Mons. Diarmuid Martin, hizo ante los participantes en el Sínodo africano un resumen de lo que sucedió en Nueva York. “Además del aumento sin precedentes de los fondos previstos para actividades demográficas -que exigirá recortar el presupuesto de otras áreas destinadas al desarrollo, como las de educación, sanidad, desarrollo industrial y asistencia en catástrofes-, los resultados del Comité preparatorio constituyen un cambio real en la filosofía básica que inspirará esta intervención masiva”.

En la discusión del documento se han propuesto nuevos términos como “derechos reproductivos”, que son ambiguos y se prestan a manipulaciones. “Por supuesto -dijo Martin- podrían considerarse en un sentido positivo, si se refieren a ayudar a la mujer de modo que ejerza su vocación a la maternidad en condiciones sanitarias óptimas, con la educación, la atención sanitaria básica, los servicios de emergencia y los cuidados post-natales de la madre y el niño. Pero de hecho se interpretan en sentido ideológico”. Entre esos derechos se incluye el aborto, que se presenta como algo que debe depender sólo de la decisión de la mujer.

Monseñor Martin aclaró que la Iglesia no está dispuesta en absoluto a colaborar en políticas sanitarias que respondan a tales criterios. Y advirtió que esto tiene especiales implicaciones en África, “donde la Iglesia es de hecho la principal -y en algunos casos la única- proveedora de servicios sanitarios, especialmente en los estratos populares y entre los pobres”.

Sobre la cuestión específica del aborto, los delegados estaban divididos en tres posturas: los que proponían el aborto libre a petición de la mujer, respaldados por el secretariado de la conferencia; quienes piden que el aborto legalizado en ciertas circunstancias sea seguro; y otros países que, junto con la Santa Sede, piensan que la legalización del aborto no resuelve los problemas y piden que los esfuerzos se dirijan a asistir a la mujer para que no aborte.

“Un examen más atento de los datos estadísticos disponibles -explicó el delegado vaticano- indican que la alta tasa de mortalidad por maternidad no se debe a la legalidad o ilegalidad del aborto, sino a un conjunto de factores relacionados con el nivel general de salud, educación y desarrollo de un país. El problema de la salud de la mujer se resolvería mejor invirtiendo dinero en programas destinados a perfeccionar la atención sanitaria de las mujeres, no fomentando más el aborto”.

Como resultado de las posturas de varios países iberoamericanos, de otros continentes y de la Santa Sede (ver servicio 60/94), todas las referencias al aborto en los documentos debatidos se han puesto entre paréntesis. “Algunas informaciones dicen que es una derrota de la Santa Sede. Pero no dicen que las delegaciones de ciertos países tenían la clara intención de conseguir aprobar ya en Nueva York algunos textos referentes al aborto. Y esto no ha sucedido”.

El delegado de la Santa Sede sugirió cuatro campos en los que la Iglesia debe actuar de cara a la conferencia de El Cairo: en primer lugar, “intervenir ante las autoridades competentes de los países para garantizar que las políticas sanitarias y demográficas no se dejan exclusivamente en manos de grupos de presión”; en segundo lugar, “reforzar el diálogo con los líderes de otras comunidades cristianas y con los de otras grandes religiones, que comparten la misma preocupación que la Iglesia”; en tercer lugar, “iluminar la sociedad, atraer la atención por todos los medios posibles para hacer comprender lo que está en juego en estas cuestiones”; y, en fin, “un mayor esfuerzo de oración y testimonio, sobre todo por parte de las familias. (…) Quizás la comunidad internacional se abandona demasiado fácilmente a componendas porque le falta coraje y confianza”.

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