Paradojas de los arrepentimientos colectivos

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Duración lectura: 3m. 14s.

La filósofa Chantal Delsol escribe en Commentaire, nº 81 (París, primavera de 1998), sobre el fenómeno de los arrepentimientos colectivos por hechos cometidos, en algunos casos, por generaciones anteriores.

Ese fenómeno refleja temores y contradicciones de este fin de siglo, fundados en el espíritu crítico europeo, “que se convierte fácilmente en mala conciencia, es decir, en conciencia fascinada por su propio mal”, y que proviene “de la extraordinaria capacidad de esta cultura para dudar de todo y, por tanto, para dudar de sí misma”.

“El siglo XX no ha inventado los exterminios ni los horrores inhumanos. Pero está a punto de inventar el arrepentimiento colectivo. Aunque la perfección técnica haga aún más odiosas las masacres, no se puede decir que este tiempo haya sido más cruel que los anteriores: sino, seguramente, más consciente de sus crímenes”.

Por otra parte, si ninguna masacre puede recibir hoy justificación ideológica, “en su lógica interna, el arrepentimiento actual cuestiona claramente lo esencial del modo de pensar contemporáneo. La certeza absoluta del mal, esa toma de conciencia de un intolerable ‘en sí’ -algo intolerable ‘en sí’ y no sólo ‘para algunos’- es incompatible con el relativismo y el historicismo”.

“Acusarse de una falta cometida hace tiempo, en la historia, significa ante todo considerar que la época presente puede juzgar, con sus criterios, los actos de una época pasada. Y juzgarla hasta el punto de llegar a una condena póstuma de los criminales, y a la reparación también póstuma de los errores. Significa considerar que los juicios de las épocas precedentes deben dejar paso a los nuestros. Dicho de otra manera, justamente cuando triunfa el relativismo, cuando cada individuo reivindica ‘sus’ valores, se erige una moral tan universal que vale no sólo en el espacio (Occidente exporta la versión individualista de los derechos del hombre), sino también en el tiempo: nuestros valores aniquilan los del pasado”.

“Este enfoque cuestiona, a pesar de las apariencias, la idea del progreso moral. Pues, si hay progreso moral a través de la historia, hay evolución de criterios; y entonces no se puede juzgar a las épocas precedentes por actos que ellas no concebían aún como dañinos. Naturalmente, aunque uno crea en el progreso moral, se puede pensar que las matanzas de la noche de San Bartolomé eran tan viles moralmente como las que podrían tener lugar hoy; pero considerando también que no son tan condenables, ya que sus autores no tenían la misma idea que nosotros sobre la importancia de la vida y de la dignidad individual. Creer que ha habido a lo largo de la historia un progreso moral (los europeos, a pesar de todo, han terminado por abolir la esclavitud) no dispensa de creer que ciertos actos son universalmente malos, en el tiempo y en el espacio: la esclavitud no era moralmente buena en la Antigüedad, con el pretexto de que Sócrates y sus conciudadanos la defendían de buena fe.

“Sin embargo, la certeza de la universalidad del bien no impone condenar a los culpables, pues la ignorancia de normas sin vigencia social, o en vías de aparición, haría ridícula o incongruente esa condena. Sería ridículo condenar a Sócrates por su defensa de la esclavitud; sin embargo, es de hecho lo que estamos a punto de hacer.

“Esta época relativista se da normas universales, más radicalmente universales que ninguna de las épocas precedentes que no habían sido tentadas por el relativismo. Se trata de un fenómeno asombroso, inédito hasta ahora. Más aún, el actual relativismo resulta más severo a la hora de condenar la historia según normas universales, que cualquier otra época no relativista”.

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