La experiencia de Amsterdam, metrópoli multicultural

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Duración lectura: 14m. 56s.

En el Año Europeo contra el Racismo
Amsterdam. Al proclamar 1997 como Año Europeo contra el Racismo, la Unión Europea ha querido estrechar lazos entre poblaciones de diversas etnias y culturas que hoy conviven en Europa. El Año se acaba de inaugurar oficialmente en Holanda, país que ostenta la presidencia de turno de la Unión Europea. En este contexto, Amsterdam, una ciudad donde más de cuatro de cada diez habitantes son de origen extranjero, ofrece una rica experiencia para buscar soluciones a problemas que hoy plantea el “multiculturalismo”.

Desde hace unas décadas los flujos demográficos están derrumbando las fronteras culturales históricas y aproximando a poblaciones diversas. Estos cambios afectan a Europa y afectan a cada uno, porque son una llamada a compartir espacio, trabajo, ocio, a desmontar esquemas culturales o ideológicos que parecían inamovibles.

En este contexto, Amsterdam, tanto por su historia como por su presente, resulta un caso paradigmático. La ciudad es puerto de inmigrantes, con una afluencia continuada desde el siglo XVI hasta nuestros días. Si todas las grandes ciudades son un foco de atracción, la capital de los Países Bajos presenta una configuración demográfica y un proceso de integración y asimilación de las diferentes minorías realmente singular.

Ciudad refugio

Para los medios de comunicación, la imagen de Holanda se asocia a la política de tolerancia respecto a la venta de drogas blandas; pero a menudo se olvida que en aras de esa misma tolerancia este país da carta de ciudadanía a moluqueños, senegaleses, turcos y marroquíes, chinos y paquistaníes; que niños abetunados comparten pupitres con rubios mofletudos; o que, por ejemplo, todo individuo que lleva cinco años en Holanda tiene derecho a votar y a ser elegido en las elecciones municipales.

La inmigración se ha desarrollado en distintas oleadas. En el siglo XVI, al independizarse de la corona española la República de la Siete provincias del Norte, huyeron a Holanda protestantes de las ciudades flamencas, Gante, Brujas y Amberes. La llegada de los judíos sefardíes se remonta a la misma época. En el siglo XVIII buscaron refugio en Amsterdam los hugonotes franceses; en el XIX, oleadas de campesinos alemanes atravesaron las fronteras, acuciados por la penuria provocada en el campo por las guerras. Y, como ocurrió en toda Europa, la revolución industrial atrajo a Amsterdam a holandeses del campo.

Estos grupos se fueron asimilando en distinto grado. Hoy día se puede saber por el apellido de dónde son los antepasados de alguien. Los protestantes flamencos y los judíos portugueses tienen todavía sus iglesias y sinagogas del siglo XVII, donde se alternan servicios religiosos con visitas guiadas por ser monumentos históricos. Aunque algunos de ellos están orgullosos de su origen, a nadie se le ocurre presumir de pura sangre, pues la experiencia de la II Guerra Mundial está todavía muy cercana.

Los inmigrantes del siglo XX

Los inmigrantes del siglo XX se pueden dividir en dos grandes grupos. Los primeros fueron originados por la independencia de las antiguas colonias holandesas. En 1951, tras la independencia, llegaron indonesios y holandeses que habían formado familias con gente de allí. Para acogerles, el ayuntamiento de Amsterdam construyó a toda prisa un barrio en el límite de la ciudad. Igualmente, en 1970, tras la independencia de Surinam, llegaron muchos surinameses para estudiar y trabajar, y más tarde vinieron sus familiares. Los surinameses pudieron en aquel tiempo elegir si deseaban o no tener la nacionalidad holandesa.

El segundo grupo procede de países de emigración y estaba formado fundamentalmente por turcos, marroquíes y otros trabajadores de países mediterráneos. Como el desempleo en sus países era muy alto, vinieron a Holanda para desempeñar trabajos no cualificados. Se suponía que después de hacer dinero volverían a sus respectivos países, pero no fue así en todos los casos.

La actual política de admisión de extranjeros permite establecerse en Holanda por motivos de trabajo a un no comunitario si lo pide la empresa contratante y no hay un nacional que pueda hacer ese trabajo. Por razones de formación o reagrupación familiar, puede quedarse en el país el extranjero casado con un holandés o con quien tenga permiso de residencia permanente.

Como ha ocurrido en otros países, a medida que se endurecía la política de admisión de inmigrantes por motivos laborales, muchos se han acogido al estatuto de refugiado político. En 1995 llegaron a Amsterdam 4.000 inmigrantes. Más de la mitad procedía de los países de emigración tradicional: las Antillas, Surinam, Marruecos o Turquía. El 30%, de países como Ghana, Egipto o Pakistán.

Un multiculturalismo aceptado

Desde los años 80, era cada vez más claro que muchos de los inmigrantes que siempre habían soñado con volver a su país ya no retornarían. Sus hijos y nietos, que no querían irse a vivir al país de sus abuelos, les ataban a Holanda. Ahora más del 25% de la población amsterdamesa pertenece a una minoría étnica, y en la escuela, casi el 50% de los alumnos de enseñanza primaria no son de origen holandés. Ante esta coyuntura, el gobierno municipal comprendió que el futuro de Amsterdam dependía absolutamente de la integración de la llamada segunda generación, es decir, los hijos de los que llegaron hace 20 años. Actualmente, la magnitud y el ritmo de la inmigración dificulta la incorporación.

Para pasar de las promesas a los hechos, la Oficina de Política Estratégica de las Minorías (BSM), junto con grupos de inmigrantes, vela por poner en práctica las directrices del ayuntamiento en tres frentes: el acceso a la educación, el empleo y la vivienda. La tarea de la BSM consiste en seguir la puesta en práctica de estas políticas, asesorar sobre los problemas estructurales y montar proyectos experimentales.

Apoyo escolar para hijos de inmigrantes

La escuela es el ambiente más decisivo para lograr la integración de los hijos de inmigrantes. Este 50% de niños de origen extranjero serán dentro de quince o veinte años demandantes de trabajo, y su futuro dependerá en gran parte de la formación que hayan recibido.

Desde 1975, los Países Bajos han optado por la integración rápida, en las escuelas ordinarias, de los niños cuya lengua materna no era el neerlandés. Como una de las claves del éxito es el dominio de la lengua, estos niños reciben la enseñanza desde el principio en neerlandés. Los que se incorporaban en la secundaria, recibían una enseñanza de apoyo, hasta que su conocimiento de la lengua fuera suficiente.

Por otra parte, el programa Política Educativa Prioritaria se encamina a recuperar o reducir retrasos escolares debidos a factores sociales, económicos o culturales. Dado que todas estas metas dependen del apoyo familiar, hay programas dirigidos a preparar a los padres para que cumplan esta función. Este es el caso del programa “Opstap” (escalón), para padres con hijos desde la edad escolar (5 años); y ante la necesidad de empezar antes a esti-mular a los hijos, se ha creado “Opstapje” (pequeño escalón) para padres con niños de dos años.

En las escuelas de algunos barrios de Amsterdam predominan los alumnos de color. En la práctica, la convivencia es normal, y los problemas por el color no son distintos ni más graves que los que pueden darse por cualquier otro motivo. Además, si hay discriminación, es en los dos sentidos. En un reciente reportaje de un diario de ámbito nacional, se preguntaba a los alumnos blancos de un colegio si se sentían discriminados, y estos se quejaban de que sus compañeros negros se reían de ellos “por tener los dientes amarillos”. Estamos lejos de enfrentamientos agresivos.

La comunidad islámica crea sus escuelas

La respetuosa legislación sobre la libertad de enseñanza permite que una persona o institución pueda abrir una escuela y que los padres elijan la que prefieran. Si cuenta con el suficiente número de alumnos, la escuela es subvencionada al 100%, en paridad con la escuela pública. De este modo, a medida que crecía la comunidad islámica, ha ido creando escuelas propias, que se han sumado a las tradicionales escuelas católicas, protestantes o neutras. Hay ya 29 escuelas primarias islámicas en el país, y en enero pasado se aprobó la primera escuela secundaria. Para reunir los 1.100 alumnos exigidos, los promotores han unido sus fuerzas con una fundación de escuelas protestantes, donde ya el 40 % de los alumnos eran musulmanes.

Este deseo de disponer de escuelas propias no significa que hasta ahora los musulmanes hayan tenido problemas por seguir sus convicciones. Por ejemplo, mientras en Francia el asunto del velo islámico es un caballo de batalla, aquí las alumnas pueden ir a clase con el pañuelo sin ningún problema. Ahora se está debatiendo también la creación de una escuela de formación de imanes, con el deseo de contar con unos guías espirituales más abiertos que los que proceden del Magreb.

El empleo de las minorías

Otro frente de esta política pretende estimular el empleo de las minorías. Para los recién llegados, el ayuntamiento ofrece cursos de familiarización cultural. El programa básico consta de un curso de lengua holandesa y otro de orientación social. Este último se da en el idioma del inmigrante. Para quienes se inscriben en la oficina de empleo este curso es obligatorio.

El índice de paro y la desproporción entre oferta y demanda favorece una enorme exigencia de las empresas respecto a los demandantes. Esta exigencia es más dura para los de origen extranjero, ya que además de lo referente al nivel de formación y experiencia laboral, pueden sufrir prejuicios discriminatorios. Como consecuencia de todos estos factores, la tasa de paro entre las minorías está muy por encima de la tasa nacional (7% de la población activa).

Para contrarrestar esto, el ayuntamiento de Amsterdam tiene una política de discriminación positiva. Esto quiere decir que, en caso de igual aptitud, el candidato del grupo minoritario tendrá preferencia. El objetivo final es tener una plantilla municipal que sea una representación proporcional de la población de Amsterdam.

En 1990, las organizaciones empresariales, los sindicatos y la Administración firmaron un acuerdo que tenía como objetivo crear en cuatro años 60.000 puestos de trabajo para personas de origen extranjero. Hasta el momento sólo un cuarto de las empresas colabora en ello. Huelga decir que esta discriminación positiva crea en algunos casos situaciones que se podrían calificar de cómicas si no fueran dramáticas para quienes las sufren. Cuando, por ejemplo, se trata de ocultar la ineptitud con el color de la piel.

Vivienda: evitar guetos

El problema de la vivienda reviste en Amsterdam un carácter acuciante para todo el mundo, dada la escasez de espacio (la densidad de población holandesa es de 378 habitantes por Km2). Existe una concentración de minorías en los barrios del siglo XIX, donde las viviendas son pequeñas y están en peores condiciones.

Pero también aquí se intenta favorecer la movilidad social. Las viviendas de protección social -más baratas- son accesibles en las mismas condiciones para los naturales del país que para los extranjeros. Se procura también evitar la formación de guetos de población inmigrante. Hay proyectos especiales -como el que se ha hecho en el barrio Oeste- para que la población se mezcle y viva en armonía, planificando viviendas subvencionadas junto a otras más caras. A esto colaboran también fundaciones privadas y grupos de voluntarios, que tratan de fomentar los intercambios entre culturas.

Tolerancia o indiferencia

La apuesta de Amsterdam por acoger a sus inmigrantes manifiesta una actitud abierta; sus planteamientos podrían inspirar a algunas políticas de extranjería en países donde el problema es más nuevo. Y en lo que se refiere a la acogida social, a simple vista Amsterdam es una ciudad cosmopolita y tranquila, donde convive gente de lo más variopinta. Más que en otros lugares se ven ya desde hace décadas parejas de diferentes razas. Pero, además, el paisaje urbano ofrece al visitante una impresión de permisividad en la que todo cabe.

En este contexto sería absolutamente incomprensible hacer categorías por el color de la piel y país de origen. Nadie llama la atención. Pero antes de calificar este ambiente de paraíso terrenal vale la pena considerar que de la tolerancia a la indiferencia hay un paso. Y, para no idealizar nada, no hay que olvidar que la palabra inmigrante la inventaron los inmigrantes y que ellos también establecen sus categorías.

Una pareja de nuevos amsterdameses

Sanne Teixeira Bras y Ricardo Oosterwoud acaban de casarse. El vídeo de la boda parece una puesta en escena. Exótico a morir. Pero es de verdad. Se trata de un vídeo casero, eso sí, hecho por alguien respetuoso y con vena artística. De no saber que son una pareja de amsterdameses nadie pensaría que es un acontecimiento que tuvo lugar el 25 de enero de 1997 en Amsterdam.

Los padres de Sanne vinieron desde Portugal a Holanda en los años 60 y se ganaban la vida haciendo la limpieza en hospitales. Ella conoció a Ricardo en el colegio y allí sintió ya el flechazo. Aunque los dos estudiaban bachillerato, Sanne no quiso ir a la universidad y se colocó de secretaria en una compañía de seguros. Ricardo estudia Derecho.

En la boda había amigos comunes del colegio. Fátima y Farida, de origen marroquí, bailaron al son de la música house sin que los velos que llevaban para la ocasión les impidieran seguir el ritmo. Estamos en el Ramadán, pero viviendo en Holanda y sin los padres delante, siempre se puede echar una cana al aire. El efecto resultaba cómico. ¿Cómico? Cómico para los nacidos antes de los 60; para los amigos, fue una boda ¡guay!.

Carmen MontónSólo para extranjeras

El respeto de las diferencias culturales puede tener también sus trampas cuando no se afirman a la vez unos derechos humanos universales. Un caso llamativo han sido las recientes declaraciones de Els Borts, ministra de Sanidad de Holanda, quien afirmó que le parecía “aceptable” el aborto selectivo en función del sexo. Se trataría de sacar de “una situación de emergencia” a mujeres originarias del Tercer Mundo, cuando el marido no desea que nazca una niña y puede discriminar a la mujer por esta razón. Hay que tener en cuenta que el 43% de los abortos que se realizan en el país corresponden a mujeres extranjeras que buscan resolver su problema dentro de la permisiva legislación holandesa. Así que el caso planteado por Borts no parece una mera hipótesis, sino una práctica aceptada en clínicas abortistas holandesas.

Sus declaraciones han despertado la polémica, pero entran dentro de la lógica del aborto legal que deja la vida del niño concebido al albur del deseo de la madre. Si el niño/a puede ser no deseado y eliminado por cualquier motivo (económico, social, psicológico…) que provoque un estado de ansiedad en la madre, ¿por qué no por razón del sexo? Después de todo, para familias que esperan con ansiedad un hijo, una niña no deseada puede constituir un disgusto serio. Tan “serio” al menos como el embarazo inoportuno que la ley permite interrumpir porque pone en riesgo la “salud psíquica” de la mujer.

Menos lógico parece presentar esa situación como un atavismo tercermundista. También una europea puede anhelar ardientemente que su hijo sea varón, deseo al que aún no da respuesta la planificación familiar y que puede hacer que una hija se transforme en no deseada.

Pero si se trata de sacar de una emergencia a una mujer del Tercer Mundo sin reparar en los medios y adaptándose a su cultura, no hay por qué pararse ahí. En la vecina Francia han acabado en los tribunales algunas ingenuas africanas, por someter a sus hijas a la infibulación o mutilación genital femenina. Una práctica que, de acuerdo con su cultura, es indispensable para que la joven sea respetada y pueda contraer matrimonio. Y, sin duda, su salud correría menos riesgos si las jóvenes fueran mutiladas en el higiénico ámbito hospitalario en vez de sufrir la intervención en la clandestinidad y a cargo de personal no cualificado. Si esto no se admite, es porque equivaldría a institucionalizar una práctica que con razón se intenta erradicar. Se comprende que en la Conferencia de Pekín sobre la mujer, los gobiernos se comprometieran a prevenir y rechazar tanto las mutilaciones genitales como la selección prenatal en función del sexo.

Si ahora la ministra de Sanidad considera aceptable en Holanda el aborto selectivo en razón del sexo, su mensaje sólo puede contribuir a consolidar una actitud típica de una cultura patriarcal. Así, el aborto, que se presenta como un instrumento para la liberación de la mujer, acaba sirviendo para eliminar a niñas, por el mero hecho de serlo.

Juan Domínguez

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