La emigración controlada beneficia a los países de destino

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email
Duración lectura: 2m. 57s.

La población emigrante mundial, que era de 70 millones en 1960, en los últimos cuarenta años ha aumentado hasta 175 millones. Esta cifra se divide en 158 millones de emigrantes, 16 millones de refugiados y un millón de demandantes de asilo. Los datos aparecen en el “Informe Económico y Social Mundial 2004”, publicado por la ONU, que da una visión positiva de los efectos de los flujos de población.

Al ser la inmigración un fenómeno que despierta recelos, la posición de los gobiernos ha variado a lo largo de estos años. Si en los sesenta solo el 7% de los países tenían políticas migratorias, en 2000 un tercio de los países han desarrollado políticas al respecto. Un ejemplo es la evolución de las políticas europeas en estos años. Mientras que en los años setenta la gran mayoría de los gobiernos mantenían políticas neutrales respecto a la inmigración, en 2003 casi uno de cuatro países ponían restricciones.

Ante este incremento de la inmigración, los políticos se plantean cómo favorecer la integración de los inmigrantes. En los años setenta, la postura más común era fomentar la multiculturalidad en el país de destino, de forma que los inmigrantes convivieran con los naturales del país, a la vez que conservaban sus costumbres y cultura. Pero, según el informe de la ONU, cada vez se está optando más por exigir a los inmigrantes el conocimiento del idioma y la adopción de las costumbres y reglas del país receptor para evitar la confrontación con los ciudadanos del país. En 2003, 64 países tenían programas de integración para extranjeros. Algunos, como Alemania, han modificado la ley para facilitar el proceso de naturalización, de forma que se consolide el sentimiento de los extranjeros de pertenecer a la nación y permitirles participar en las actividades políticas.

Desde el punto de vista demográfico, los países desarrollados tienen un claro saldo migratorio positivo, saldo que permite que su población no se reduzca a pesar de la baja natalidad. Según el informe de la ONU, el caso más llamativo es Europa. Sin los cinco millones de inmigrantes que se recibieron entre 1995 y 2000, la población europea habría descendido en 4,4 millones de personas (-1,2%). En los últimos diez años, el crecimiento de las poblaciones de países como España, Italia o Dinamarca se ha debido en tres cuartas partes a la inmigración.

La inmigración también es fundamental para que en los países desarrollados se mantenga la ratio entre trabajadores y jubilados, de forma que se pueda mantener el sistema de pensiones. Pero la inmigración no bastará. Haciendo una proyección hasta el 2050, el informe piensa que para mantener la ratio actual en la Europa de los 15, anterior a la ampliación de la UE, el número de inmigrantes necesarios sería 13,5 millones por año, 20 veces más que los niveles actuales.

El informe de la ONU reconoce que la migración es positiva para los países desarrollados pero avisa que no pueden ser un antídoto para el envejecimiento de la población y para mantener constante el nivel de personas en edad de trabajar. Recuerda que los países deben revisar sus actuales niveles de pensiones y la política de jubilaciones para que no se llegue al colapso en un futuro.

Alejandro Huerta