EE.UU.: los inmigrantes benefician a la economía

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Un estudio de Julian Simon que recoge conclusiones de expertos
¿Cuántos inmigrantes pueden entrar en el país? ¿Quitan puestos de trabajo a los nacionales? ¿Consumen más recursos de los que crean? Preguntas como éstas se plantean hoy en muchos países industrializados en el debate sobre la inmigración. En Estados Unidos, Julian L. Simon, profesor de Economía de la Universidad de Maryland, ha publicado un informe, titulado Inmigración: datos demográficos y económicos, en el que rompe prejucios populares sobre la inmigración y -sin juzgar sobre lo que el gobierno deba hacer con los inmigrantes- aclara la influencia positiva de éstos en la economía norteamericana. Algunos aspectos de su análisis son extensibles a otros países desarrollados.

El documento (1), patrocinado por el Cato Institute y el National Immigration Forum, recopila datos de diversos estudios sobre la inmigración realizados por destacados economistas. En las investigaciones sobresale el hecho de que el 80% de esos economistas consideran muy favorable el efecto de los inmigrantes en la economía estadounidense. Es más, el 63% opinan que para elevar el nivel de vida en EE.UU. debería aumentar el número de inmigrantes que entran en el país. En cambio, en todos los sondeos de opinión los ciudadanos estadounidenses declaran que desean menos inmigrantes en su país, a pesar de tener, en la mayoría de los casos, buena opinión de los inmigrantes que conocen.

No hay “invasión” de inmigrantes

Los emigrantes van a países con una economía fuerte que les ofrezca las oportunidades de medrar económica y socialmente que no tienen en sus lugares de origen. A Estados Unidos llegan inmigrantes de casi todo el mundo, pero especialmente de Latinoamérica, Asia y Europa. Actualmente, los inmigrantes son un 8,5% de la población residente en Estados Unidos, muy por debajo de las cifras de países como Canadá (16%) o Australia (22,7%), y más cerca de las proporciones que se dan en Francia (6,3%) o Alemania (7,3%).

El estudio recuerda que la proporción de inmigrantes que vivían en Estados Unidos en la década de 1901 a 1910 era un 10% de la población total, más que en la actualidad. Es cierto que el volumen de población es mayor que entonces, pero también en cifras absolutas resulta que los periodos de mayor emigración hacia Estados Unidos se produjeron durante las dos últimas décadas del siglo XIX y las tres primeras décadas de este siglo. En cambio, entre 1930 y 1980 la proporción se ha mantenido constante, muy por debajo de la de principios de siglo. El temor de muchos políticos a una posible “invasión” de inmigrantes carece por tanto de fundamento.

La diferencia entre lo que pasa y lo que la gente cree que pasa con los inmigrantes es manifiesta. Buena parte de la población norteamericana piensa que la mayoría de los inmigrantes son ilegales y que cada vez hay más. En realidad, los ilegales son minoría dentro del total. Los expertos estiman que cada año entran 250.000 ilegales, la mitad de los cuales entran con un visado y permanecen en el país más del tiempo autorizado. En el país hay actualmente unos 3,2 millones, no muchos más que hace una década.

Lo que producen y lo que reciben

Muchos estadounidenses afirman también que los recién llegados sangran las arcas públicas por las ayudas que reciben del gobierno. Pero lo cierto es que obtienen muchos menos subsidios que los ciudadanos de Estados Unidos. Los inmigrantes legales sólo reciben ayudas públicas a partir de su tercer año de residencia, y, lógicamente, los ilegales se mantienen alejados de las redes asistenciales por temor a ser expulsados del país. Sólo los que entran como refugiados consiguen apoyo estatal relativamente rápido, aunque siempre a un nivel inferior al que reciben los nacionales.

La mayor parte de los inmigrantes llegan al país en edad laboral (entre los 20 y los 55 años) y, año tras año, con mejor nivel educativo. Todavía el conjunto de los inmigrantes tiene de promedio un año menos de educación que los nativos. Pero va creciendo el número de licenciados y baja el de quienes sólo han cursado ocho años o menos de enseñanza. Hay que destacar que el porcentaje de nuevos inmigrantes con título universitario es mayor que el del conjunto de la población estadounidense. Otro punto favorable es que los inmigrantes están dispuestos a cambiar con frecuencia de trabajo y residencia, gracias a su juventud, lo que favorece la flexibilidad y el crecimiento de la economía.

Frente al temor de que los inmigrantes provoquen más paro, Simon sostiene que no generan desempleo de nativos, porque al tiempo que ocupan puestos de trabajo, también los crean. Un ejemplo es California en los años 70, donde a pesar ser un Estado con alta inmigración, el desempleo creció más lentamente que en el resto del país. Otro estudio citado por Simon mostró que entonces en los diez Estados con mayor porcentaje de inmigrantes la tasa de paro era sensiblemente menor que la de los diez Estados con los porcentajes de inmigrantes más bajos.

Efectos en los salarios

Por otra parte, muchos de los inmigrantes empiezan realizando trabajos poco atractivos que no están completamente cubiertos por los nacionales, lo que permite a éstos dedicarse a tareas que requieren mayor cualificación. No obstante, está aumentado significativamente la proporción de inmigrantes que trabajan como científicos e ingenieros, es decir, en puestos que aumentan especialmente la productividad económica y generan nuevos empleos.

En cuanto a los salarios, algunos estudios sostienen que la inmigración no afecta a las retribuciones de los nativos. Sin embargo, Simon sostiene, con otros expertos, que implica un descenso ligero de los salarios. Concretamente, el incremento de inmigrantes tiene un ligero efecto negativo sobre los salarios de otros inmigrantes que llevan algunos años en el país, e incluso más leve sobre los salarios de los jóvenes negros e hispanos. Esto echa por tierra el tópico de que los principales perjudicados por la llegada de inmigrantes eran los latinos y los negros.

En las últimas décadas, ha aumentado la diferencia entre los salarios de los nativos y los de los nuevos inmigrantes. Pero en lo que se refiere a la recaudación de impuestos, una familia de inmigrantes paga de promedio más impuestos que una nacional del mismo nivel, ya que, por ser más numerosa y con miembros más jóvenes, sus ganancias medias son superiores.

Menos gasto social que los nacionales

La Seguridad Social y la atención sanitaria son los dos tipos de asistencia que requieren más recursos de los presupuestos estatales o municipales. Pues bien, van destinados casi por completo a los nacionales y no a los inmigrantes, por dos razones: en primer lugar, porque la mayoría de los inmigrantes llegan al país cuando son jóvenes y no sufren graves problemas de salud, o, si llegan en edad madura, su periodo de cotización a la Seguridad Social no será suficiente para recibir una pensión de jubilación como la de los nacionales. Sólo cuando llevan varios años en el país, los inmigrantes comienzan a utilizar los servicios sociales que facilita el gobierno.

El gasto público que va a parar a los inmigrantes no se ha incrementado en los últimos años. Lo que perciben los inmigrantes en atención sanitaria a la tercera edad y en prestaciones sociales es una quinta parte de lo que reciben los ciudadanos nacionales. Además, el subsidio de paro es similar para inmigrantes y nacionales.

“¡Te apuesto cien mil dólares!”

Julian L. Simon no sólo es optimista respecto a los efectos de la inmigración. El mismo crecimiento de la población mundial, acompañado de la prolongación de la vida humana, lo considera un triunfo material y moral, mientras los “catastrofistas” ven ahí la mayor amenaza. Pero así como estos últimos hablan sobre todo de los peligros futuros, Simon se fija en las mejoras que ha experimentado la humanidad mientras ha seguido creciendo la población.

En un campo que ha estado dominado por las teorías malthusianas, Simon se ha caracterizado por ir contra corriente. Y, con sus publicaciones y enseñanzas, ha conseguido convertirse en una voz respetada en el clásico debate sobre los efectos del crecimiento demográfico. Con su obra The Ultimate Resource, publicada en los años ochenta, salió al paso brillantemente de quienes pronosticaban un próximo agotamiento de los recursos naturales. Y su nuevo libro recién publicado, The State of Humanity, vuelve a mostrar que nuestra situación no ha ido a peor.

Este profesor de la Universidad de Maryland, de 63 años, no niega que haya problemas. Simplemente, considera que la capacidad humana para resolverlos ha contribuido hasta ahora a mejorar la Tierra y confía en que así seguirá ocurriendo. La degradación ambiental es un problema, pero, en conjunto, la mayor sensibilidad por esta cuestión ha hecho que hoy vivamos en un mundo menos sucio y más sano que hace años. Obtener los recursos naturales siempre costará esfuerzo al hombre, pero no parece que sean cada vez más escasos, puesto que sus precios a largo plazo han ido disminuyendo. Todavía hay gente que pasa hambre, pero la disponibilidad de alimentos por persona ha mejorado a pesar del rápido aumento de la población.

A la hora de defender esta visión optimista, Simon no se juega sólo su prestigio académico. También está dispuesto, según declaraba en una entrevista, a poner sobre la mesa 100.000 dólares para apostar que en la próxima década la condición humana habrá mejorado. La apuesta sería sobre lo que tiene que ver con el bienestar material humano, ya sea la esperanza de vida, el precio de algún recurso natural o el número de teléfonos por habitantes en China.

Una apuesta de este tipo le hizo ganar ya algún dinero frente al ecologista de Stanford Paul R. Ehrlich, autor de The Population Bomb. Desde que publicó este best-seller en 1968, Ehrlich viene anunciando la próxima y apocalíptica explosión de la “bomba demográfica”. Pero por ahora no se ha producido. En 1980, Simon apostó con Ehrlich que al final de la década cinco importantes metales no serían más escasos sino más abundantes, de modo que sus precios habrían bajado. Así ocurrió, y en 1990 Ehrlich tuvo que enviarle un cheque por valor de 576 dólares.

Ahora, según cuenta el Washington Post, Ehrlich y Christopher Flavin, del Worldwatch Institute, han hecho a Julian L. Simon una contrapropuesta. Están dispuestos a apostar 1.000 dólares a que en los próximos diez años empeoran quince indicadores, entre los que incluyen los niveles de ozono, la temperatura de la Tierra, la lluvias ácidas, las muertes por SIDA, la disponibilidad de tierra cultivable, la producción de cereales y arroz, las capturas pesqueras… Sin embargo, Simon ha contestado que esos son factores “indirectos” y no medidas válidas de la condición humana.

_________________________(1) Julian L. Simon. Immigration: The Demographic and Economic Facts. The Cato Institute. Washington (1995). 10 dólares USA. Se puede obtener este estudio en The Cato Institute (1000 Massachusetts Ave. N.W., Washington D.C. 20001-5403; Tfno.: 1-800-767-1241) o en Internet (http://www.cato.org).

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