Bienvenidos, refugiados: la experiencia de los Corredores Humanitarios

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Duración lectura: 4m. 41s.
Corredores Humanitarios

Roma.— “Estuve en Lampedusa dos días después del gran naufragio. Había que recuperar 172 cuerpos. Ese 5 de octubre de 2013 decidimos ‘inventar’ los Corredores Humanitarios para seguir siendo humanos, nosotros y Europa”. Así habló Mario Marazziti en una jornada de estudio sobre migraciones celebrada el mes pasado en esta capital por la Universidad Pontificia de la Santa Cruz. Su testimonio permite conocer el nacimiento y el desarrollo que una iniciativa que ha logrado asentar miles de emigrantes y refugiados llegados a Italia.

“Para vencer los prejuicios sobre los migrantes y ablandar la dureza de nuestros corazones, sería necesario tratar de escuchar sus historias, dar un nombre y una historia a cada uno de ellos”. Estas palabras del Papa Francisco en su mensaje para el Día Mundial de las Comunicaciones Sociales de este año sirven para enmarcar la Jornada de Comunicación sobre Migrantes y Refugiados. Fue la tercera edición de esta iniciativa de estudio para periodistas promovida por la Facultad de Comunicación de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz y la Asociación ISCOM, en colaboración con el Comité de Información Migrantes y Refugiados.

El objetivo es promover un relato veraz del fenómeno migratorio sin partir de las narrativas polarizadas o estérilmente divisivas, respetando la dignidad de las personas implicadas. Todo ello contemplado en un contexto geopolítico y geoestratégico especialmente complejo –las crisis de Ucrania, Libia, Afganistán, Yemen–, con importantes repercusiones en el fenómeno y en la cobertura mediática correspondiente.

Entre otros ponentes, intervino Mario Marazziti, de la Comunidad de Sant’Egidio, que habló de la importancia de la “verdadera acogida” y la “verdadera integración”. Marazziti ilustró sus reflexiones con la historia de los Corredores Humanitarios, que comenzaron como una iniciativa personal y se convirtieron en un gran esfuerzo colectivo (relatado en el libro Porte Aperte: Viaggio nell’Italia che non ha paura,2019).

“Con ayuda de los patrocinadores y de la sociedad civil –dijo Marazziti–, 4.500 refugiados han reanudado su vida en Italia y el resto del continente gracias a Sant’Egidio, las Iglesias protestantes, la Iglesia católica, los ciudadanos de a pie y un modelo de integración a disposición de los gobiernos. ‘Humanizar’ ya no puede ser hoy un hecho extraordinario”. Frente a las campañas de hostilidad y la propaganda soberanista, añadió, es necesario dar voz a una Italia “que no se ve, que no se conoce”. Un país –subrayó Marazziti– que ya se está reconstruyendo, precisamente en torno a la llegada de los refugiados, que llegaron sanos y salvos gracias a los Corredores Humanitarios. Eso es obra de “personas corrientes, que trabajan por la acogida y la integración a su costa, dedicando tiempo, dinero, recursos humanos”.

Sin financiación pública

El trabajo de los Corredores Humanitarios, que funcionan en virtud de un acuerdo con el gobierno italiano, comienza en los países de origen, donde se toma contacto con personas que quieren salir. Se presenta una lista a las autoridades italianas, que, tras comprobar la documentación, conceden a los candidatos visados humanitarios que les permiten entrar en Italia de manera segura y legal, y presentar la solicitud de asilo. El viaje, la acogida en viviendas colectivas o particulares, la escolarización de los niños… todo corre por cuenta de las asociaciones promotoras de los Corredores. De los 4.500 refugiados llegados a Italia de este modo, la mayoría son sirios y africanos.

En el centro de esta historia están los relatos de personas que, superando la desconfianza, han acogido de diversas maneras a otras que huyen de la guerra, la persecución y la muerte. Una red que se ha expandido y se ha convertido en un modelo de integración. Marazziti recorrió todo el país, de Treviso a Palermo, visitando ciudades y pueblos, para recoger experiencias de un tipo de acogida que funciona y no requiere financiación pública y que, al tiempo que ofrece una nueva vida a los refugiados, reaviva las comunidades locales en torno a un proyecto común. Son, dijo propuestas operativas “para un futuro alternativo a los muros y los puertos cerrados; antídoto contra las narrativas desenfrenadas de odio, intolerancia y agresión, que son obstáculos para reconocernos en el otro”.

Marazziti concluyó: “La experiencia de los Corredores Humanitarios se inscribe en el gran fenómeno de los movimientos migratorios dentro de cada continente y entre continentes, poniendo de manifiesto la urgencia de dar respuestas concretas a los flujos de desplazados procedentes de países devastados por la guerra hacia Europa; son respuestas que encuentran una base jurídica en las normas internacionales y en los reglamentos europeos, desgraciadamente anulados por opciones políticas centradas en la defensa de las fronteras y de las identidades nacionales”. Los corredores humanitarios se hacen así necesarios por la insuficiencia del sistema europeo de inmigración y asilo, cuyo resultado son los campos de refugiados, financiados por Europa fuera de sus propias fronteras, en países que no respetan los derechos de los emigrantes y donde se trafica con seres humanos.

En palabras de Marazziti: “El extraordinario mérito de los Corredores Humanitarios es que han creado una apertura incluso en ausencia, todavía, de cualquier reforma europea en este campo, y que han indicado una vía y un modelo viables y eficaces para una inmigración verificada y más segura, que sale de la ilegalidad de las redes de traficantes de personas”. El experimento funcionó y desarrolló un modelo que puede reproducirse en otros países, como Francia y Bélgica.

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