Luchar con conciencia

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Acostumbrada a la nueva terminología militar -“bombardeos quirúrgicos”, “efectos colaterales”- y horrorizada por las dimensiones del flagelo terrorista contra objetivos civiles, la opinión pública occidental parece cada día más insensible a las violaciones sistemáticas de las viejas reglas morales del “oficio de la guerra” cuando entran en acción sus ejércitos. Pero no se trata de ganar la guerra a cualquier precio, si el precio es atropellar las normas de humanidad que la guerra pretende defender. El profesor estadounidense Michael Walzer recuerda en Guerras justas e injustas (1) que la moralidad de la guerra no reside sólo en la justificación del recurso a las armas, sino también en el respeto de ciertas normas durante el transcurso del combate.

Michael Walzer (Nueva York, 1935) trabaja en la School of Social Science del Institute for Advanced Study (Princeton). Formado en las universidades de Brandeis, Cambridge y Harvard, fue profesor de filosofía política en esta última y en la de Princeton entre 1962 y 1980. Es autor de veinte libros, en los que ha abordado cuestiones de historia del pensamiento político moderno (nacionalismo, nazismo, sionismo, socialismo, etc.).

En Just and Unjust Wars (1977) -una de las más sólidas obras sobre el tema, recientemente traducida al castellano-, Walzer aborda los temas clásicos de “ius ad bellum”, “ius in bello” y “ius post bellum”. Pero este viejo contestatario de la Guerra de Vietnam se aleja del pragmatismo rutilante, para recuperar la dimensión ética. Sus aportaciones, celebradas por algunos de los principales críticos del mundillo cultural norteamericano, bucean en casos modernos de la historia bélica para extraer las perlas de principios universales de conducta. Walzer no oculta su intención de elevar el listón del debate sobre el concepto de guerra civilizada, y aunque parte de la base de que la mayoría de las guerras desde el final de la Guerra Fría son “limitadas” -es decir, los conflictos armados entre Estados son la excepción-, logra demostrar de modo convincente que, sea cual sea el género de lucha, en el amor como en la muerte las cosas cambian poco. La zorra, reza el refrán, cambia el rabo pero no las costumbres.

No todo vale

La teoría sobre la guerra justa surge como doctrina teológica. Así se subraya en la Introducción, en la que no se oculta que las teorías de Walzer entroncan con la tradición que arranca de Agustín de Hipona. En La ciudad de Dios, San Agustín distinguió entre el uso legítimo e ilegítimo de la violencia colectiva, y criticó la pax romana como paz falsa por el uso incorrecto de los medios que utilizaba Roma en algunas guerras.

Algo han cambiado las técnicas y teorías bélicas desde entonces. Pero no lo acertado de los conceptos, en particular los referentes al ius in bello, las normas éticas que definen cuándo es y cuándo no es humana una guerra. Michael Walzer las sistematiza en tres categorías: a) evitar que los civiles o inocentes sean blancos directos de las fuerzas armadas; b) asegurar que lo combatientes empleen sólo armas y fuerzas “proporcionadas” contra blancos legítimos; y c) establecer que se prohíban armas o métodos inaceptables por ser intrínsecamente perversos. En este punto, no hay una referencia sólo a las armas nucleares y a otras de destrucción masiva como las químicas y biológicas, sino también a medios más sutiles y no menos devastadores como la violación masiva de mujeres, o la controvertida cuestión de las minas antipersonales, que el gobierno de Estados Unidos se resiste todavía a abandonar.

Por encima de las leyes positivas

En realidad, afirma Walzer, “la melodía de la guerra difiere, pero la letra sigue siendo la misma”. Cuando los soldados norteamericanos invadieron Granada y Panamá en la década de los ochenta, los combates fueron, por su brevedad y circunstancias, muy parecidos a las escaramuzas coloniales del siglo XIX. Y las cuestiones éticas planteadas por la prensa fueron exactamente las mismas.

Sin abundar demasiado en esa línea, porque no es el objeto del libro, Michael Walzer asume como a priori que existe una ley moral universal distinta de las leyes positivas sobre la guerra que gobiernan la comunidad internacional. De ahí que afirme que las convenciones de La Haya y de Ginebra tratan tan sólo de articular códigos morales de conducta, sin conseguirlo del todo; y que un criminal de guerra siempre lo será, con independencia de que sus actos sean imputables o no ante un tribunal penal.

Para ser un viejo activista contra la guerra de Vietnam, el autor de la obra sorprende desde las primeras páginas con su alegato a favor del carácter no sólo moral de ciertos conflictos modernos, sino también de la necesidad ética de implicarse en ellos. Walzer dedica un capítulo de su obra, el sexto, a defender la “intervención unilateral”, la misma que con ocasión de conflictos recientes en África o en Oriente Próximo han defendido personalidades de la talla de Juan Pablo II o del secretario general de la ONU, Kofi Annan.

Para Walzer, cuando los crímenes que se cometen “suponen una conmoción para la conciencia moral de la humanidad, cualquier Estado que pueda detenerlos debe ponerles fin o, en último extremo, tiene derecho a hacerlo”. Referirse a la conmoción es introducir cierta subjetividad en el debate, que deja de ser tan opinable cuando los sondeos reflejan cabalmente el impacto popular de ciertas violaciones masivas y sistemáticas de los derechos humanos, y éstas son evidentes, como, por ejemplo, en el caso de la guerra dirigida por Milósevic en Bosnia.

En el teatro de las operaciones bélicas

Una de las aportaciones más valiosas de Guerras justas e injustas es la referida a las normas morales exigibles en el teatro de las operaciones bélicas, asunto al que Walzer dedica buena parte de su obra. Los casos históricos que acompañan a la especulación teórica aportan carne y hueso a un estudio de suyo académico, aunque desgraciadamente muchos de los ejemplos utilizados han quedado en cierto modo anacrónicos porque corresponden a capítulos de la Primera o Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, no es difícil aplicarlos a casos más recientes, en los que los principios éticos actualizados por Walzer se insertan como de molde.

La proporcionalidad se aplica no sólo a los medios utilizados en el combate sino también al tiempo de duración de un conflicto. Es evidente que Walzer se refiere a la guerra tradicional, en la que el enemigo está a la vista y no se esconde en el secretismo de las redes terroristas o en los rasgos fantasmagóricos de un Osama bin Laden. Para el autor de la obra, la “utilidad” tanto práctica como ética de combatir en guerras cortas no se limita a reducir la cantidad total de sufrimiento. También se relaciona con la apertura permanente a la posibilidad de hacer la paz y reanudar las actividades anteriores a la guerra. Un conflicto que no contemple la consecución de un acuerdo entre los beligerantes es un error de planteamiento, también para el bando vencedor.

Desembarco de Normandía (1944)

Como se vio después de la Primera Guerra Mundial con Alemania, o más recientemente en los Balcanes, cerrar en falso guerras con heridas abiertas y la posibilidad de dar paso a represalias es un mal negocio para todos. Los afganos antitalibán lo entendieron bien, y procuraron distanciarse de Estados Unidos en la última fase de la guerra para dar entrada en el gobierno de Kabul a tribus más islamistas e incluso a talibán moderados. Pese a ello, la estabilidad del gobierno de Kharzai sigue estando en el alero.

De la inmoralidad del saqueo tras la victoria se han escrito muchos capítulos en la literatura militar. Vitoria planteó hace muchos años que no es ilícito saquear una ciudad si resulta “necesario para la dirección de la guerra, como acicate para el arrojo de las tropas”. Walzer distingue, no obstante, con nitidez el saqueo de la violación de mujeres, y usa el ejemplo de los soldados marroquíes mercenarios que luchaban con las tropas libres francesas en la Italia de 1943, y a los que se les dio licencia para saquear y violar una vez en territorio enemigo. El juicio en La Haya contra soldados y oficiales de las últimas guerras balcánicas demuestra que la “licencia” otorgada a los mercenarios marroquíes no constituye una excepción. La mujer, a diferencia del botín, tiene toda la dignidad humana, y su reducción a objeto es un crimen penal y moral. La violación, concluye Walzer, es un crimen tanto en tiempos de guerra como en época de paz.

La muerte de civiles

El análisis del autor de Guerras justas e injustas entra en terreno movedizo al abordar los “efectos colaterales” implícitos en todo combate militar, en otras palabras, la muerte de civiles y la destrucción de infraestructuras que pueden ser igualmente vitales para el futuro de una población. Aquí las reglas éticas son menos claras, y la sutileza, el análisis moral casi bizantino, es inevitable.

¿Cuándo se puede bombardear posiciones enemigas si existe la certeza de que habrá también víctimas civiles? Michael Walzer admite que cualquier soldado puede ser objetivo de un ataque; esté o no motivado para la acción, ésa es una eventualidad con la que cuenta el hombre movilizado para una guerra. Si es necesario desde el punto de vista militar, también son objeto de ataque mortal los trabajadores de la industria bélica en tiempos de guerra. No lo son, en cambio, los trabajadores que manufacturan suministros médicos para los soldados o alimentos, ya que esa actividad es tan necesaria en tiempos de guerra como de paz. Deben ser inmunes a un ataque, y ser catalogados como “civiles inocentes”.

Ésta es, para Walzer, una línea divisoria, aunque admita que “quizá resulte demasiado fina”. El argumento podría servir para descalificar moralmente el bombardeo de las instalaciones de la Cruz Roja en Kabul, pese a que la aviación norteamericana sospechara que cerca del lugar se encontraban objetivos militares talibán. Y también para descubrir la indigencia ética de las estrictas normas de control de las ambulancias de la Media Luna en los territorios palestinos ocupados, durante la última ofensiva militar israelí. Alguna ambulancia podría ser falsa, como alegó en su descargo el portavoz del ejército israelí, pero esa posibilidad no justifica que los retrasos impuestos por los controles para asistir a los civiles palestinos hayan acabado con muchas vidas inocentes antes de que los heridos llegaran a los quirófanos, o que lo hicieran demasiado tarde.

Hay circunstancias, no obstante, que pueden hacer aceptable desde el punto de vista ético el ataque contra objetivos militares estratégicos asumiendo la pérdida de vidas civiles. Michael Walzer sigue en este punto la doctrina elaborada por primera vez por los “casuistas católicos de la Edad Media”, como el autor los denomina. Se refiere al argumento del “doble efecto”, según el cual queda permitido realizar un acto del que se desprendan posiblemente consecuencias funestas (la muerte de personas no combatientes), siempre que se cumplan algunas circunstancias. Las más importantes en el tema que ocupa a Walzer consisten en que el acto de guerra sea legítimo, que la muerte de civiles no sea la intención que se persigue, y que el efecto positivo sea lo suficientemente bueno como para compensar la realización del negativo. Guerras justas e injustas describe, como caso práctico de moral bélica en el terreno del doble efecto, un capítulo de la guerra de los Estados Unidos en Corea.

Michael Walzer afirma que la puesta al día de la doctrina escolástica exige una corrección. A su juicio, el principio del doble efecto debería incluir otra cláusula en la que se establezca que el autor del ataque debe ser consciente del mal que comete al acabar con vidas inocentes, y reducir al mínimo su acción bélica aunque eso le conlleve algunos inconvenientes. Quizás sea demasiado idealista -lo es todo el libro de Walzer, que no hace ninguna concesión al pragmatismo rampante del “ganar la guerra a cualquier precio”-, pero lo que el autor norteamericano pide al ejército atacante es “algún signo que muestre un compromiso efectivo con el objetivo de salvar las vidas de civiles”.

Dejar una salida

Sin remontarse tanto en el tiempo, la polémica aún viva en torno al ataque del ejército israelí contra el campo de refugiados palestinos de Yenín ilustra la actualidad de la matanza injustificada de civiles en episodios de guerra. La incursión de los carros de combate en ese populoso campamento palestino de Cisjordania se saldó con un número muy elevado de bajas de civiles no armados, además de la destrucción de viviendas e infraestructura. Es posible que el gobierno israelí respetase el principio del “doble efecto” durante su ataque frontal contra células terroristas palestinas que tenían su epicentro en Yenín, pero sólo una investigación independiente puede demostrarlo; y, precisamente, la negativa de Israel a permitir cualquier tipo de averiguación, ya sea propia -pero independiente del gobierno- ya sea bajo los auspicios de la ONU, convierten al gobierno de Sharon en sospechoso de crímenes de guerra.

La injusta implicación de civiles en las guerras puede producirse también a través de los clásicos asedios y bloqueos. Para asentar el principio ético, Walzer recurre precisamente a un viejo texto del filósofo judío Maimónides, en el que se establece que en todo cerco a una ciudad, con el propósito de capturarla, “no se deberá rodear por los cuatro costados, sino sólo por tres con el fin de conceder una oportunidad de evasión a quienes quieran huir para salvar sus vidas”.

Si el urbanismo moderno no admite la aplicación literal del principio, habrá que recurrir al también clásico “a enemigo que huye, puente de plata”: el ejército invasor deberá poner los medios para abrir, si le es posible, una vía de escape a los civiles y a los soldados sitiados que deseen huir. Se practicó en el más duro de los sitios contemporáneos, el de Stalingrado durante la Segunda Guerra Mundial, aunque las órdenes tajantes de Moscú anularon la previsión de los alemanes. Se ha violado en casos bélicos muy recientes, como el sitio serbio a la ciudad bosnia de Srebrenica en 1993. Además de constituir -como acaba de demostrar un jurado internacional- uno de los capítulos más deshonrosos del ejército holandés, que depuso las armas cuando estaba encargado por la ONU de defender a los civiles de Srebrenica, las fuerzas armadas de Milosevic violaron uno más de los principios básicos de la convención bélica.

¿Y ante el terrorismo?

Michael Walzer dedica un capítulo final a la aplicación de estas normas al terrorismo, pero el profesor norteamericano pasa casi de puntillas al abordar ese fenómeno moderno de violencia. En primer lugar, porque el asunto se desmarca del objeto de la obra, el conflicto bélico tradicional entre “profesionales de las armas”. Y, probablemente, por una especie de disgusto profundo hacia un modo de ejercer la violencia para la que es imposible encontrar reglas éticas dada su radical descalificación moral.

De todos modos, Michael Walzer es uno de los intelectuales estadounidenses que firmaron una declaración en la que apoyaban el uso de la fuerza por el gobierno de su país, para responder a los ataques terroristas del 11 de septiembre (cfr. servicio 28/02).

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(1) Michael Walzer. Guerras justas e injustas. Un razonamiento moral con ejemplos históricos. Paidós. Barcelona (2001). 447 págs. 27,05 €. T.o.: Just and Unjust Wars. A Moral Argument with Historical Illustrations. Traducción: Tomás Fernández Aúz y Beatriz Eguíbar.

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