La voluntad debilitada

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Duración lectura: 11m. 50s.

Un obstáculo radical para el ideal de superación
La sociedad actual no carece de ideales de mejora. Lo que se echa en falta son los resortes morales para alcanzarlos. Los defectos de funcionamiento se achacan a ignorancia, remediable por una mejor información, o a falta de solidaridad hacia el prójimo, lo que exigiría estimular los buenos sentimientos. Pero en la raíz de muchos fallos se detecta el profundo debilitamiento de la voluntad, aspecto muy descuidado en la formación de hoy. Esta es la tesis central de un artículo de Isaac Riera, publicado en la revista Madre y Maestra (Madrid, marzo 1993), del que ofrecemos un amplio resumen.

No cabe ninguna duda de que nuestra sociedad del bienestar, tanto en la concepción de vida que predica como en los modos de conducta que practica, influye decisivamente en la configuración de personalidades débiles. Se suele decir que nuestro gran mal es el materialismo invasor, o el egoísmo insolidario, o la enajenación de lo auténticamente humano por vivir prendidos de las cosas y de la técnica: a este análisis crítico se han dedicado muchos filósofos que crearon opinión y escuela. Todo ello es muy cierto, pero quizá no sea la diagnosis principal y más profunda.

Si el materialismo en que vivimos lleva a la enajenación del hombre, no es tanto por el olvido de los valores del espíritu, como por la atrofia de las fuerzas del espíritu. Una sociedad cuya máxima filosofía es eliminar toda incomodidad en el orden material y toda inhibición en el orden del comportamiento, no puede engendrar personalidades con voluntad fuerte, sino todo lo contrario.

Los hijos de esta sociedad del bienestar tenemos el alma muy débil y frágil, porque no estamos acostumbrados a soportar carencias ni tampoco a vencernos. La voluntad se ejerce y se desarrolla cuando hay que exigirse mucho a sí mismo ante las dificultades y durezas de la vida, pero queda atrofiada cuando todo son comodidades. Y aquí está el punto central de la cuestión: no puede esperarse mucha altura moral de quienes se rigen por la ley del mínimo esfuerzo, pero esa ley nos la ha inculcado, en principios y en práctica, la sociedad del bienestar en la que estamos instalados.

Pedagogía de los sentimientos

La confirmación más clara de que se rehúye, por principio, ejercer la voluntad, la tenemos en la pedagogía moderna. Si analizamos los profusos programas de educación del niño, encontraremos una cantidad inmensa de objetivos y de técnicas, pero apenas se hace referencia alguna a la formación de la voluntad. Palabras tan elementales como “disciplina”, “virtud” o “deber” han desaparecido por completo en el vocabulario pedagógico moderno; ocupan su lugar los términos “estímulo”, “motivación”, “realización”, u otros parecidos.

La revolución pedagógica que hoy se predica y se intenta aplicar va mucho más allá de un mero cambio de técnicas operativas: es una nueva filosofía del comportamiento moral, e incluso una nueva filosofía del hombre. La nueva filosofía moral pretende basarse en el sentimiento y en las tendencias espontáneas, no en la superación hacia los ideales del espíritu; y la nueva filosofía del hombre se inspira en el esquema “estímulo-respuesta” del comportamiento animal, no en la autonomía de la voluntad libre y responsable.

(…) Para mal del niño y mal de los adultos, el comportamiento “blando” al que la sociedad de bienestar nos ha habituado viene consagrado por modernos “formadores” que pretenden formar sentimientos, no formar voluntades. Gravísimo error, porque no tiene en cuenta lo que es el hombre real, y pésima pedagogía, porque considera a la persona como un puro mecanismo de tendencias olvidando que es un ser de voluntad libre y responsable.

El reino de las sensaciones

El ejercicio y desarrollo de la voluntad depende muy directamente del ejercicio de la razón, porque la voluntad no es otra cosa que una tendencia racional, o más en concreto, una tendencia racional hacia el bien que la razón nos propone. En la dinámica de la psicología humana, las sensaciones determinan nuestros apetitos; los razonamientos, por el contrario, determinan nuestra voluntad. (…)

Max Scheler define al hombre como “el asceta de la vida”, como el ser que puede decir “no” a sus impulsos egoístas, a diferencia del animal que siempre dice “sí” a los dictados de lo sensible. Y ésta es, justamente, su grandeza como ser de capacidad espiritual, y por eso hay una vinculación muy estrecha entre voluntad y vida moral, hasta el punto de que se identifican en la práctica. (…)

El mundo en el que hoy vivimos favorece muy poco el ejercicio de la razón y de la voluntad: es el reino de las sensaciones que nos arrastra a todos en su dinámica. Como es bien sabido, vivimos hoy en la cultura de la imagen cuyo fin no es ejercer la reflexión y el discernimiento, sino suscitar reacciones más o menos instintivas.

El hecho de que la imagen televisiva, por ejemplo, haya sustituido a los libros, tiene consecuencias sumamente importantes en el desarrollo de la personalidad moral en los individuos. La cultura del libro nos ayuda a pensar, a tener ideas sobre las cosas y a formar criterios que orientan responsablemente nuestra conducta; la cultura de la imagen, en cambio, va orientada al desarrollo de las sensaciones e impresiones disminuyendo la capacidad reflexiva. Y ello, naturalmente, tiene consecuencias en el ámbito de la voluntad.

Si las ideas proporcionan “ideales” para el ordenamiento de la voluntad, las imágenes proporcionan sólo atractivos sensibles para el desarrollo de los “deseos”. No hemos de extrañarnos, por tanto, de que los ideales de superación hayan sido sustituidos por los deseos de cosas. El hombre de hoy tiende a comportarse como un mecanismo de deseos que se puede tentar, dirigir y manipular a través del mundo de sensaciones y de imágenes en que vive sumergido: ya no es el principio de superación, sino el principio de la no-frustración el que rige su conducta.

Pérdida de la autonomía

Otra consecuencia, no menos importante, de vivir en el reino de las sensaciones, es la pasividad y falta de madurez que observamos en el comportamiento individual y colectivo. La indolencia viene favorecida por el sensualismo, mientras que la fuerza de voluntad y la capacidad de decisión se desarrollan en el discernimiento activo de las cosas y de los problemas. Hay trabajo activo y emprendedor, allí donde impera la voluntad firme y enérgica, allí donde existe espíritu de superación ante las dificultades. (…)

Acostumbrado a las comodidades y a tener al alcance de la mano todo cuanto quiere, el hombre de la sociedad de bienestar, como los niños, se ha vuelto el eterno descontento de todo y el insaciable en sus exigencias. Y esa misma inmadurez le hace sumamente frágil ante las dificultades: cualquier contrariedad le desequilibra, cualquier obligación o renuncia le parece una montaña insuperable. Si las histerias y neurastenias eran poco frecuentes en época de penuria, son ahora enfermedades corrientes en la época de hartazgo.

El ideal de la libertad, del que se hace bandera y del que hoy en día somos tan celosos, es, en la práctica, el menos ejercitado, a causa, justamente, del debilitamiento de la voluntad que manifestamos en nuestro comportamiento. Nos creemos libres e independientes porque, a diferencia de lo que ocurría en otros tiempos, “hacemos lo que queremos”. Pero en esta expresión se contiene un concepto muy equivocado de lo que es la libertad: se la confunde con la liberación de las tendencias espontáneas.

La libertad verdadera, en cambio, es la autonomía en nuestras decisiones y en nuestros actos; y la autonomía, a su vez, depende del ejercicio de la voluntad. Somos y nos sentimos verdaderamente libres cuando somos dueños de nuestras propias decisiones, cuando afianzamos nuestra independencia, cuando nuestra voluntad se enfrenta, si es preciso, a la fuerza del ambiente.

Una persona sin voluntad, será siempre esclava de las circunstancias; una persona de voluntad fuerte, hará emerger su singularidad e independencia sobre lo que le rodea. (…)

Personalidades miméticas

Si tuviéramos que elegir entre las características que más definen a nuestra sociedad, probablemente señalaríamos la enorme masificación de los comportamientos y de los hábitos. El hombre de hoy tiene, por así decirlo, una “personalidad mimética”, que tiende a configurarse en imitación a lo que se impone en el ambiente. Deja de ser él mismo y adopta por completo el tipo de personalidad que le proporcionan las pautas culturales y, en consecuencia, se transforma en un ser exactamente igual a todo el mundo y tal como los demás esperan que él sea.

(…) Es cierto que la mayoría de la gente, en nuestra sociedad masificada, está convencida de que sus decisiones le pertenecen por el hecho de que no se le obliga a algo mediante la fuerza externa; pero es una de las grandes ilusiones que tenemos acerca de nosotros mismos. En realidad, gran número de nuestras decisiones no son decisiones de una voluntad autónoma y libre, sino que nos han sido sugeridas desde fuera.

La pérdida de la autonomía deriva, por lógica consecuencia, en falta de responsabilidad, un fenómeno muy característico de nuestra época. Es bien sabido que, hoy en día, todo el mundo reivindica derechos, pero casi nadie quiere asumir obligaciones: el sentido del deber ha desaparecido. Somos muy prontos en exigir a los demás, pero sumamente remisos en exigirnos. Y esto indica, una vez más, el debilitamiento de la voluntad en el hombre moderno. Porque, entre todas las facultades del hombre, es únicamente la voluntad la que tiene fuerza y tesón para someter nuestros actos a los imperativos del ideal, la que nos hace superar las tendencias del egoísmo y la que es capaz de asumir los sacrificios que la obligación requiere. (…)

Alergia a la disciplina

Uno de los rasgos que definen nuestra época es, sin duda, el poco o ningún aprecio de la disciplina, tanto en los programas educativos, como en la formación de las personas, incluida la formación moral y religiosa. Pero el rechazo de la disciplina es signo claro e inequívoco del debilitamiento de la voluntad en el hombre moderno. Porque uno de los oficios principales de la voluntad es conseguir lo que jamás puede conseguir el sentimiento: poner orden en nuestro interior y en nuestro comportamiento como medio eficaz para lograr costosos objetivos. (…)

El alma de las “generaciones del consumo” es blanda y amorfa, sin estructura vertebrada, porque está acostumbrada a alimentarse de cosas placenteras. Vive en el mundo multicolor de las imágenes sugestivas, de la espontaneidad natural que nos pide el instinto, del ritmo frenético de las cosas y de los acontecimientos. Ese mundo desordenado en que estamos sumergidos, ha llevado también el desorden en los comportamientos y el desorden en las almas. No es nada extraño que rechacemos la disciplina: no estamos acostumbrados ni estamos dispuestos a ponernos un corsé que limite nuestros actos y ordene nuestras tendencias.

Olvido de la formación personal

En el ámbito de la formación moral y religiosa, ese rechazo a la disciplina tiene, además, un trasfondo ideológico que se ha extendido enormemente incluso dentro de la Iglesia Católica: el olvido de la formación personal del individuo.

En épocas pasadas, el trabajo de formación se centraba en el control dirigido de la persona individual en orden a la adquisición de virtudes; eran los tiempos en que se hablaba de la formación del carácter, de ideales de superación personal, de sacrificios. No se concebía una vida auténticamente cristiana sin la remodelación del alma que proporciona la disciplina. Pero vinieron los tiempos de las ideologías socializantes, para las que la formación personal constituía un peligroso individualismo y para las que lo único importante es la apertura solidaria hacia el prójimo. (…)

Y en esta visión unilateral del ideal cristiano, por supuesto, tienen muy poco que hacer la voluntad y la disciplina. Lo importante, lo único importante, es formar los sentimientos, no formar las voluntades. La formación moral y cristiana se centra hoy exclusivamente en el “grupo”, en la “comunidad”, como ámbito absolutamente necesario para suscitar sentimientos de solidaridad.

Pero (…) es un grave error dejar a un lado la formación disciplinada de la voluntad. Y es un error grave porque carece de realismo. Sean cuales sean los ideales cristianos que se propongan, el sentimiento por sí mismo jamás podrá llevarlos a cabo, como tampoco puede lograr ningún ideal costoso.

El valor de la ascética

El protagonismo principal, por no decir único, en la vida cristiana lo ejerce la virtud, y la virtud sólo se adquiere a través de la ascética. Y en este camino sólido y seguro valen muy poco los sentimientos, pero es imprescindible el ejercicio de una voluntad constante.

No hacen falta grandes disquisiciones para convencernos de ello porque es una verdad de sentido común: si en el orden meramente humano nada grande se puede conseguir si no es a través de un trabajo constante y disciplinado, con mucha más razón se ha de aplicar este principio al orden cristiano porque son más altos sus objetivos. Pero, al parecer, el sentido común está ausente en aquellos de quienes habría que esperar una gran sabiduría y experiencia.

En realidad, todos, incluidos los cristianos, estamos padeciendo de esta grave enfermedad, pocas veces diagnosticada pero muy manifiesta, que es una de las causas principales de nuestra decadencia moral: el debilitamiento de la voluntad dentro de la sociedad de consumo.

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