La violencia callejera, otra cara de la falta de respeto a la vida

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Amsterdam. En una entrevista concedida a la Prensa Regional Asociada el pasado 4 de octubre, el cardenal primado Adrianus Simonis buscaba las claves de la escalada de violencia callejera en Holanda. Uno de los casos más estremecedores ocurrió en septiembre pasado: un joven llamado Meindert Tjoelker se había enfrentado verbalmente a un grupo de gamberros que estaban tirando bicicletas a un canal. Sin más explicaciones, los interpelados acabaron con él a patadas. El entierro tuvo lugar el día en que la víctima iba a celebrar su boda. Todo el país quedó impresionado por esta muerte tan cruel y absurda.

En la entrevista, el cardenal relacionó este homicidio con los que se cometen al amparo de la ley. «Vivimos en una sociedad donde se viola el derecho más fundamental: el derecho a la vida. Los jóvenes aprenden que hay que aceptar el aborto y la eutanasia. Se les educa con esa visión de la vida humana. Si se puede matar en esos casos, ¿por qué no matar a patadas a quien se interponga en nuestro camino?».

La ministra de Salud Pública, Els Borst, replicó que esas declaraciones eran inaceptables y le pidió que aclarase sus palabras. La ministra atribuye la violencia a la influencia de la televisión y afirma que son los padres los primeros responsables de lo que ven sus hijos. Monseñor Simonis, por el contrario, busca también las causas del mal en su propia parcela. «La Iglesia es en parte culpable de este endurecimiento de la sociedad: ¿no habremos sido los fieles demasiado conformistas?, ¿no habremos depuesto las armas ante el individualismo?».

Si la violencia callejera ha aumentado en lo que va de año, la aplicación de la eutanasia sigue cobrándose cada vez más víctimas. La nueva variante consiste en dejar de administrar alimento de modo artificial a un enfermo. El primer caso denunciado de esta práctica fue el de un paciente de Alzheimer en una residencia de ancianos. De este modo se aceleraba su final. La Inspección de Sanidad no sólo ha considerado que se actuó dentro de la ley, sino que ha confirmado que 10.000 de los 135.000 casos anuales de defunción en Holanda ocurren en la fase final de la vida por deshidratación y desnutrición intencionada. Una tercera parte de estos pacientes muere a las 24 horas.

El debate en los medios de comunicación se centra en qué hacer con los ancianos que no pueden decidir si quieren que se les suspenda la alimentación. Ante este panorama se esperaba la voz del primado de la Iglesia católica, que no es la primera vez que se dirige a los políticos abogando por la vida.

Monseñor Simonis ha sorprendido a los medios al relacionar un hecho que todo el mundo reprueba -la muerte de Meindert Tjoelker- con lo que tantos aceptan: la eutanasia y el aborto. Diarios y televisiones le han invitado a retractarse. Con lo que han conseguido que repitiese su condena del aborto y la eutanasia, y puntualizase su comparación: la violencia callejera no es consecuencia directa de la política permisiva actual sobre eutanasia y aborto. Pero ambas situaciones reflejan un deterioro de nuestra cultura que, a través de la educación, influye en las conductas.

En lo que va de año, es la segunda vez que en Holanda los políticos llaman a un eclesiástico a capítulo. Algo infrecuente en democracias con solera y libertad de expresión. La ocasión anterior fue porque el obispo de Breda, Mons. Muskens, había dicho que es excusable robar en caso de necesidad extrema. Si se hubiese referido al Tercer Mundo, a nadie le hubiera sorprendido, pero se refería a Holanda. Esto hirió la susceptibilidad del primer ministro Kok porque, según él, ofendía a los pobres. Por eso citó al obispo para aclarar las cosas. El episodio tuvo un efecto muy positivo. En la agenda política se incluyó la creciente desigualdad entre ricos y pobres como problema que hay que solucionar, y sirvió también para prestar más atención a la miseria encubierta en ciertos sectores de la población.

Carmen Montón

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