La OMS en la alcoba de los fumadores

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Contrapunto

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha anunciado que no contratará a ningún fumador, aunque lo sea solo en su vida privada. La organización sostiene que toma esta medida por un “imperativo de credibilidad e imagen” en la lucha contra el tabaquismo. Quien fuma no puede transmitir el mensaje oficial de la OMS de que el tabaco arruina la salud y puede causar la muerte.

Los candidatos a un empleo serán interrogados sobre sus hábitos en materia de tabaco. Si afirman ser fumadores y no quieren dejarlo, su solicitud no será tenida en cuenta. Y si la institución descubre después que el nuevo empleado fuma, aunque sea fuera del trabajo, tomará medidas disciplinarias, pues considerará que se ha roto la relación de confianza entre empresa y trabajador.

Hay que reconocer que con esta política se franquea una línea roja en la “cruzada” contra el tabaco. Una cosa es la prohibición de fumar en los lugares de trabajo (por respeto al no fumador), y otra discriminar laboralmente a alguien por el consumo de una sustancia legal en un ámbito estrictamente privado.

Si la directiva europea de igualdad en el empleo prohíbe discriminar por sexo, edad, religión, creencia, orientación sexual o discapacidad, ¿es admisible discriminar por un hábito privado ajeno al empleo? No hace tanto tiempo, para liquidar cualquier limitación legal en materia de libertad sexual, se decía que había que “sacar al Estado de la alcoba”. Ahora lo tenemos en la alcoba, en el salón y en la cocina, dispuesto a descubrir al que fuma. Por mucho que se diga que estamos en una época relativista, lo políticamente correcto tiene sus nuevas verdades absolutas y no duda en castigar el comportamiento desviado por muy privado que sea.

Para justificar esta medida, la OMS invoca una razón de “credibilidad”: el buen ejemplo que deben dar sus empleados a la hora de impulsar la política anti-tabaco de la organización. Una credibilidad que empieza por su propio comportamiento, aunque sea privado. Es la misma razón que han invocado los obispos católicos en España al prescindir en contados casos de algunos profesores de religión cuya vida privada no era coherente con la doctrina que debían exponer en clase. Quienes calificaban su postura de “inquisitorial” decían que la continuidad en el puesto docente no debía verse afectada por un hecho de la vida privada, como el casarse con un divorciado o sostener determinadas ideas contrarias a la doctrina católica. Pero quizá vean de otro modo la cuestión, cuando es la OMS la que quiere defender al público del riesgo de los malos ejemplos.

En cualquier caso, la OMS ha entrado en una vía que no se sabe dónde puede acabar. Si invoca un “imperativo de credibilidad e imagen” , tendrá que discriminar también a los gordos, cuyo sobrepeso no es coherente con la batalla contra la obesidad que ha emprendido la OMS. Y los seropositivos y enfermos de sida, ¿no han demostrado su imprudencia al sufrir un contagio por no seguir las normas de prevención que la organización recomienda? Y si en el caso de los fumadores se alega también el coste que hacen recaer sobre el sistema sanitario, no parece que un enfermo de sida resulte más económico.

La OMS se ha blindado frente a las críticas recibidas, alegando que “se trata de desnormalizar el consumo de tabaco”. Por fin alguien se atreve a decir lo que es normal y lo que no lo es. Antes, en los comienzos de la sociedad supuestamente permisiva, se decía que había que adecuar la ley a los cambios de costumbres. Ahora la OMS nos dice que hay que reforzar las normas para cambiar las malas costumbres, aunque sean privadas. Todo será para nuestro bien. Aunque a cambio del abandono de los malos hábitos la OMS no nos puede prometer la vida eterna, sino solo una prórroga en la inevitable despedida de la vida terrena.

Ignacio Aréchaga

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