La felicidad per cápita

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Termómetros de la salud social en la OCDE
Hasta los economistas reconocen que la renta per cápita es un índice muy parcial para medir el bienestar de un país. Hay toda una paleta de indicadores que nos pueden dar una idea más ajustada del desarrollo social. Esto es lo que pretende el informe que publica cada dos años la OCDE, titulado “Panorama de la sociedad” (2). En la edición de 2005 comprende 34 indicadores. Seleccionamos algunos más representativos del estado de la sociedad.“Estoy bien”

El indicador menos objetivo, pero a la vez más directamente relacionado con la satisfacción vital, es el de “bienestar subjetivo”. Este índice se apoya en los resultados del “World Values Survey” (periodo 1999-2002), una encuesta realizada en más de 80 países en la que las personas interrogadas deben calificar de 1 a 10 su grado de “satisfacción vital” y, dentro de cuatro niveles, su “sentimiento de felicidad”.

Las respuestas dan una visión bastante positiva. Como media de la OCDE, más del 70% se declaran satisfechos de la vida, proporción que supera el 85% en Holanda, Islandia, Irlanda, Dinamarca y Suiza. Y si se compara la tasa media de satisfacción de cada país con su renta per cápita, se comprueba que por lo general a más renta más satisfacción.

Pero el dinero no lo explica todo. Para una similar renta per cápita (en torno a 30.000 dólares), la tasa de satisfacción (de 1 a 10) varía entre el 6,5 en Japón y el 8,3 en Dinamarca. Y entre los de renta más baja también hay clases: Turquía tiene un nivel medio de satisfacción de poco más del 5,5, mientras que México supera el 8. Quizá la cultura mexicana tiene otros valores que contribuyen a la satisfacción vital.

Pobres entre ricos

Si hay un obstáculo claro al bienestar, es el de la pobreza. Según este indicador, se considera “pobre” a un hogar cuya renta disponible es inferior al 50% de la renta media de los hogares del país (teniendo en cuenta el tamaño de la familia).

Como media, un poco más del 10% de la población de los 25 países representados era pobre (con datos de 2000). Las tasas de pobreza oscilan entre más del 15% de la población en países como México, EE.UU., Japón, Turquía e Irlanda, y menos del 5% en Dinamarca. La pobreza ha aumentado medio punto desde mediados de los años noventa, y la diferencia entre los hogares pobres y la renta media se ha mantenido en torno a un 28%.

Un dato significativo es que la pobreza medida por la renta de mercado (es decir, antes de impuestos y de transferencias) se ha mantenido estable desde la mitad de los años noventa. Gracias a la redistribución lograda con impuestos y transferencias de renta, la pobreza se reduce en todas las edades, pero sobre todo entre los viejos.

Menos parados

La experiencia del desempleo es una de las más estresantes, tanto en términos financieros como psicológicos. En este aspecto, aunque el informe se basa en datos ya superados de 2003, se observa una evolución positiva: la tasa de paro, después de haber experimentado al principio de los años noventa la mayor alza desde la guerra, ha bajado considerablemente. En 2003, era inferior al 10% en la mayoría de los países, con pocas excepciones (España, Polonia, Eslovaquia, Turquía), aunque los datos más recientes mostrarían el aumento en Francia y Alemania.

Las diferencias entre países son mucho más llamativas en el paro de larga duración, que es un buen indicador de las características estructurales del mercado laboral en cada país. Por ejemplo, en España la incidencia del paro de larga duración (más de seis meses) era casi un 60% del paro total, mientras que en EE.UU. era un 22%. Es decir, a un parado español le cuesta mucho más encontrar trabajo, teniendo en cuenta además que las posibilidades de volver a tener un empleo disminuyen con la duración del paro.

El dolor de la ruptura familiar

Si la felicidad de la gente depende en buena parte de su situación familiar, el aumento del divorcio es una de las más extendidas causas de sufrimiento. La tasa de divorcialidad (número de divorcios por 100.000 habitantes) ha ido aumentando sensiblemente desde 1970 en la mayoría de los países. Si el fenómeno se mide por la proporción de divorcios por cada 100 matrimonios en un año determinado, en casi un tercio de los países la tasa de divorcialidad supera el 50%, y en Bélgica alcanza el 70%. La media de la OCDE era un 40% en 2001.

Aun así, el índice de divorcios no refleja todas las rupturas familiares, ya que no tiene en cuenta a las parejas que se separan tras cohabitar sin casarse ni a los cónyuges separados pero no divorciados. Como cambio positivo -y contrario a la tendencia europea- en EE.UU. la tasa de divorcialidad ha bajado.

Otro aspecto del fenómeno es que los matrimonios se rompen más pronto: la duración media del matrimonio antes del divorcio ha pasado en el conjunto de la OCDE de 12,6 años en 1995 a 11,9 en 2001.

Gente con pocos amigos

Así como las relaciones con amigos, colegas de trabajo y otras personas favorecen la satisfacción personal, el aislamiento es un índice de falta de cohesión social. El aislamiento puede provenir de la ruptura familiar, de la pérdida de empleo, de la enfermedad, de problemas financieros… El informe no tiene en cuenta (por falta de datos de suficientes países) los contactos entre los miembros de la familia, lo que para la mayoría de la gente es su principal fuente de relaciones.

Pero si se pregunta por la frecuencia de contactos con amigos, colegas o en otros grupos sociales, la proporción de los que responden “raramente” o “nunca” se acerca al 15% en Japón y México, mientras que los más sociables son Irlanda y Holanda con menos del 3%. La media de la OCDE es de un 6,7%, similar a la de España.

El Norte asociativo

La participación en la vida asociativa ha sido siempre un síntoma de cohesión social. Este indicador se define como el número medio de asociaciones a las que se pertenece, y considera cuatro tipos de asociaciones: religiosas, culturales y deportivas, político-sindicales y otras.

Tradicionalmente, la participación de la sociedad civil en la vida pública ha sido más elevada en los países escandinavos, en Norteamérica y en Holanda. Este informe vuelve a confirmarlo, pues el número medio de asociaciones a las que dicen pertenecer los encuestados es superior a 3 en Estados Unidos, Suecia y Holanda, mientras que la media de la OCDE es 1,5, e inferior a 1 en países del sur de Europa (entre ellos España). También hay que tener en cuenta que donde las redes informales de contactos desempeñan un papel más importante en la vida social, las personas tienden menos a adherirse a asociaciones.

Como media de la OCDE, en los cuatro tipos de asociaciones la proporción de personas que declaran ser miembros (activos o inactivos) ronda el 25%. Para medir hasta qué punto se implican en esas asociaciones, se les pregunta si realizan para ellas trabajo no remunerado. También en este aspecto destacan EE.UU., Suecia y Holanda, junto con Canadá, Corea y Eslovaquia, con una proporción de al menos un 50%; en cambio, menos del 10% hacen esta prestación en España, Portugal y Turquía.

Como tendencia general, el número de asociaciones a las que se pertenece y el trabajo de voluntariado crece a la vez que el nivel de renta.

El Sur vital

El suicidio es el índice más claro de desgracia personal y es también revelador de problemas sociales.

Desde 1980, la tasa de suicidios ha ido disminuyendo de modo lento pero regular, con diferencias importantes según los países. Esa tasa oscila entre más del 20 por 100.000 personas en Hungría, Japón, Bélgica y Finlandia, y menos de 8 en España, Reino Unido, Italia, Portugal, México y Grecia. En este aspecto, el Mediterráneo y la fe cristiana parece que ayudan.

En comparación con la situación de hace veinte años, la tasa de suicidio entre mayores de 65 años ha disminuido considerablemente, lo que indica que su bienestar y su integración social ha mejorado. En cambio, entre jóvenes de 15-24 años ha permanecido estable en torno a 10. Se ve que su angustia vital no depende de una mejora económica.

Ignacio Aréchaga____________________(1) “Panorama de la société: Les indicateurs sociales de l’OCDE”. Édition 2005. OCDE. 93 págs.

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