La era de la levedad

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Duración lectura: 13m. 34s.

Flexibilidad y convicciones
La levedad se ha convertido en una clave para entender la cultura de este fin de siglo. Celebrada o denostada, aceptada como algo inevitable, defendida como una conquista a la que no deberíamos renunciar, esta categoría se presenta como rasgo común de muy variadas manifestaciones culturales. A finales del siglo pasado ya Marx expresaba el vértigo ante unas formas culturales de las que se podía decir que “todo lo sólido se desvanece en el aire”. Algunos decenios más tarde, Heidegger consideraba que la filosofía debía hacer aparición como una resistencia frente a la ligereza que pretende robar el peso a las cosas. En 1985 Italo Calvino la incluía entre una serie de valores a los que veía prosperar en el próximo milenio.

Pero ha sido Milan Kundera quien mejor la ha popularizado en su novela La insoportable levedad del ser. Se trata de una obra cuyo principal valor quizás consista en haber narrado lo que una generación ya sabía y en lo que ha podido reconocerse a sí misma. El protagonista descubre que una vida conducida por el imperativo de no vincularse seriamente a nada -ni en la moral, ni en la política, ni siquiera en el amor-, lejos de aligerar la existencia, la convierte en algo trágicamente insoportable. Un experimento innecesario para quien haya sufrido el dramatismo que se esconde tras determinadas formas de emancipación.

Inmunizados contra el catastrofismo

Examinar filosóficamente la categoría de la levedad impone una severa disciplina mental: como en cualquier discernimiento de un concepto que encierra una gran ambigüedad, nada resulta más perturbador que el furor del calificativo moral, que la clasificación valorativa. El ímpetu de valorar -da igual que sea impulsado por el entusiasmo o por la premonición apocalíptica- comete el error de ahorrarse todas las beneficiosas pérdidas de tiempo de la reflexión. Quien se lanza precipitadamente a juzgar se condena a no comprender bien lo que pasa. La tribunalización de la realidad disminuye la capacidad de atención. Y si de algo puede estar orgullosa la filosofía, es de haber desarrollado un cierto hábito consistente en no tratar de entender sin atender, de soportar no tenerlo todo claro.

Cualquier constante social, cualquier valor dominante, está tan lejos de la perversidad total como de la apoteosis del bien. La mera vigencia es éticamente neutra. La alabanza y la censura conocen también su inflación propia; por eso la sobriedad valorativa refuerza la seriedad moral. Precisamente nuestra civilización se caracteriza por el hecho de que también la crítica ha perdido su tradicional virulencia. Estamos inmunizados contra el catastrofismo, la nostalgia o las visiones apocalípticas. La cultura de la levedad es un caso claro de terreno minado, en el que se mezclan sin orden ni concierto la seguridad y el peligro, la ganancia y lo trivial. Así pues, de un lado, vaguedad, imprecisión, sugestión, ambigüedad; pero de otro, flexibilidad, apertura, autonomía, versatilidad.

El imperativo de la ligereza

La levedad ha irrumpido, con su peculiar suavidad, en los sectores más dispares de la sociedad. Todos se encuentran bajo el mismo imperativo de la ligereza. Esta nueva ética y estética de la alimentación sin exceso gobierna sin oposición todos los ámbitos de la cultura y adquiere muy variadas formas: en la rapidez con que los medios de comunicación nos presentan una realidad cinética y fragmentaria; en la seducción publicitaria que ha sustituido a las formas de imposición del deber; en las relaciones humanas que se multiplican con la misma velocidad con que pierden solidez; en el tono atemperado del discurso político que se aleja cada vez más de las arengas pedagógicas o autoritarias; en la importancia creciente de la moda en tanto que atención a la superficie; en tantas expresiones artísticas que desafían a la gravedad de las cosas; en el ámbito de la información que ha pasado de tener un tono oficial y pedagógico a otro menos distante, menos solemne, más natural y espontáneo. También ha entrado de lleno la levedad en los deportes, situando al alza aquellos que comportan ligereza, desafío a la gravedad o deslizamiento, como sirviendo de emblema a una época que huye del anclaje demasiado sólido. La victoria y la fuerza resultan menos atrayentes que la libertad y la elegancia del movimiento.

En al ámbito de la moda, por ejemplo, nos encontramos en pleno apogeo de unos estilos liberales que otorgan más importancia al juego personal que a la distinción, al agrado y la finura sobre la grandeza y la pomposidad, a la seducción sobre la exaltación sublime, a lo decorativo sobre lo emblemático. La aspiración a una vida más libre y más fácil ha puesto en marcha un proceso de humanización de lo sublime, de democratización de la belleza, una concepción menos hierática de lo bello, a la vez que tiene lugar un ennoblecimiento de las cosas útiles mediante el diseño y la decoración. A la hegemonía de lo majestuoso le ha sucedido una estética de las formas graciosas, un predominio de la ligereza seductora, de la variedad.

Todo parece encaminado a eliminar las últimas secuelas de un mundo disciplinado. La realidad ha perdido espesor. Un ethos sin crispaciones con sus virtudes propias: contra lo pesado, la esbeltez; contra lo serio, el humor; contra lo autoritario, lo sugestivo; contra la tensión, el relajamiento; contra la intervención, la participación; contra la frialdad, la cordialidad; contra la rigidez, la flexibilidad. El curso de este final de siglo apunta hacia una preeminencia de los sistemas más flexibles y abiertos, a reemplazar el control por la confianza. A quien se sienta provocado por la extensión de estas categorías le consolará pensar que no son destructivas, sino que buscan la coexistencia pacífica de estilos, el relajamiento de las viejas tensiones generadas por una mentalidad de batalla.

Contra la pesadez autoritaria

Lo más opuesto a esta suerte de levedad es la pesadez autoritaria. Hay una cierta gravedad que resulta ridícula. Basta pensar en la seriedad con la que se revisten las fórmulas políticas autoritarias o en la autoridad familiar entendida reductivamente como control de la puntualidad. Se acabaron la instrucción austera y fastidiosa, las antinomias duras (los esquemas amigo-enemigo, por ejemplo, frente a la política de cooperación) y, en general, las fórmulas imperativas. Hay una general desconfianza hacia lo que debe su poder a su mera antigüedad y duración, que suele venir acompañado de un lenguaje repetitivo y nostálgico, suspicaz ante la novedad. “Lo que se encierra en la permanencia ya es lo petrificado”, observaba Rilke.

Ahora bien, ¿significa todo esto que la autoridad como tal haya desaparecido? Cualquiera puede aducir mil ejemplos de su persistencia, razonables unos, manipuladores otros porque resultan imperceptibles. Significa, a mi entender, que nos encontramos ante una oportunidad inmejorable para devolver a la autoridad su auténtico sentido, despojándola de formas espurias que han deformado su rostro amable, convirtiéndola en origen de automatismos, de rechazo o sumisión. En la era de la levedad, la autoridad no puede ser otra cosa que prestigio. Esto significa que las cosas se imponen por persuasión y no por autoridad desnuda.

De la imposición a la seducción

Una de las claves más importantes para entender nuestra cultura es la progresiva sustitución de la imposición por la seducción o, dicho de otra manera, de la propaganda por la publicidad. Hay una literatura abundantísima empeñada en denostar la seducción publicitaria, por entenderla como mecanismo de engaño y manipulación. A nadie se le oculta el abuso de la apariencia. Pero precisamente porque somos conscientes de ello, también hemos neutralizado su impacto efectivo. Y es posible que hayamos perdido de vista su aspecto positivo, lo que podríamos llamar una generalización de la amabilidad y del ofrecimiento, que resulta incompatible con cualquier tono exigitivo.

La publicidad abre un espacio de indeterminación, incluye un coeficiente elevado de imprevisibilidad; es una renuncia al poder absoluto. La seducción no es contradictoria con lo bueno, sino una de sus notas esenciales. Su escenario natural es el de la oferta y no el del adoctrinamiento. Es cierto que en una época regida por la seducción en sus diversas manifestaciones -la moda, la publicidad, los medios de comunicación- el individuo es regido por esas instancias, aun cuando se crea gozar de una autonomía total. Pero esa autoridad no es directiva, se ejerce sin monolitismo, viene acompañada por una voluntad de argumentación y de una capacidad de interrogación mayores que los viejos estilos autoritarios.

¿Por qué no entender entonces la enseñanza moral como una publicidad del bien? Lo bueno, lo justo y lo bello no tienen nada que perder en el mercado de la seducción, más bien al contrario. El que la bondad de algo no se deduzca de su grado de aceptación no dice nada contra el hecho de que el bien es lo más aceptable que existe. No hay nada más alejado de lo insoportable, de la pesadez y la gravedad fastidiosas. Pero este escenario exige mucho a quien se arriesga a intervenir en él: no basta con decir la verdad; hay que decirla sin aburrimiento, con imaginación, elegancia y humor. El antimercantilismo moral -el miedo a entrar en el juego, en la libre concurrencia de las ideas y los valores morales, que se decide más allá de los refugios de la decencia moral; es decir, en el mundo de la comunicación, la moda, los negocios, la política- esconde una desesperanza con respecto a la fuerza atractiva de lo que se tiene por bueno.

Es verdad que el éxito y la vigencia son muchas veces azarosos, que cualquier cosa que merezca la pena lleva consigo alguna aspereza -una cierta gravedad-, que cuando algo triunfa en la plaza pública hay que preguntarse, como recomendaba Nietzsche, qué poder ha actuado en su favor. Pero esto no puede servir como disculpa para la vagancia imaginativa, para la comodidad dogmática, para la rigidez organizativa. Tampoco es válida la coartada conspirativa, consistente en pensar que todo mal es el resultado de algún contubernio ajeno, olvidando las torpezas propias. Por muchos motivos que haya para controlar el optimismo, nadie puede olvidar que, en principio, lo verdadero es razonable e interesante, lo bueno amable, lo bello seductor. Este nuevo registro comunicativo tiene una gran eficacia democrática: es incompatible con la histeria agresiva, con el lenguaje bélico, favorece la autodisciplina del discurso, la suavización de los conflictos, mina el espíritu de cruzada y ortodoxia, descalifica toda suerte de autoritarismo.

La búsqueda de vínculos emancipadores

La vida sin imperativo categórico no tiene por qué hacerse pasar como un vacío de obligaciones. Lo que el anti-héroe de Kundera nos enseña es que la libertad y la esclavitud no se identifican con la presencia o carencia de vínculos. Tampoco el cinismo de sus personajes alivia el peso de lo insoportable. El valor de esta narración reside en que ha disuelto definitivamente el espejismo de la independencia y ese vacío permite plantear lo que quizás sea la cuestión ética fundamental: encontrar unos vínculos razonables y emancipadores. Es lo que, en el fondo, todo el mundo desea.

El aparente descompromiso actual puede obedecer a la pesadez con que se presentaban los proyectos de transformación de la sociedad. A la libertad no se accede acentuando la sumisión o prometiendo unas solidaridades tan genéricas que servían incluso para tolerar indiferencias concretas. La tragedia del marxismo tiene bastante que ver con esta rigidez y vaciedad de sus formulaciones prácticas. Cualquiera que esté libre de sujeciones nostálgicas puede caer en la cuenta de que nos encontramos en una época de menos rigorismo doctrinario pero más preocupaciones humanitarias concretas. Las lealtades son más difíciles en una cultura de la intermitencia, de lo esporádico y efímero, pero más selectivas y más firmes, más enérgicas y menos inerciales, en definitiva: escasas pero más arraigadas.

Urge reivindicar la dignidad de la superficie, de la variación. Quizá hayamos dado demasiado prestigio a lo permanente y lo hayamos considerado algo hierático, de tal manera que la variación nos parece poco seria. Pero es que, además, la levedad es soportable cuando extiende su gracia sobre un campo de certezas; sólo hay humor sobre un fondo de seriedad, como el juego presupone unas reglas o la libertad unas resistencias. Las convicciones, lejos de sabotear el juego, lo permiten y lo exigen. Contra la variación conspiran tanto la rigidez como la evanescencia.

En este sentido se puede entender esa especie de terror que Strawinsky confesaba sentir cuando, al componer, se enfrentaba a una infinidad de posibilidades y tenía la sensación de que todo le estaba permitido. Cifraba esta paradoja de la libertad en el hecho de que si ninguna resistencia se me ofrece, todo esfuerzo es inconcebible. Y concluía: “En arte, como en todas las cosas, no se edifica si no es sobre un cimiento resistente: lo que se opone al apoyo se opone también al movimiento. Mi libertad será tanto más grande y profunda cuanto más estrechamente limite mi campo de acción y me imponga más obstáculos. Lo que me libra de una traba me quita una fuerza. Cuanto más se obliga uno, mejor se libera de las cadenas que traban al espíritu “. Una experiencia análoga quería transmitirnos Rilke cuando hablaba de que el arte es el ámbito de la obediencia estricta.

Elogio de la ironía

Si renunciamos a entender como opuestas la flexibilidad y las convicciones, habremos conseguido evitar el enquistamiento pero también una necesidad muy en boga que consiste en elevar la flexibilidad al rango de virtud cardinal. El mero autómata que sólo reacciona ante las situaciones actuales no solamente pierde el último resto de control ante el propio destino; es que además llega siempre tarde. La cuestión de si se ha de nadar habitualmente contra o a favor de la corriente me parece envejecida y anclada en una simplificación. Puestos a continuar con las metáforas náuticas, prefiero la de la vela que sabe utilizar las circunstancias favorables y aprovechar en su favor la adversidad.

Las dificultades del discurso moralizante provienen muchas veces de que no deja ver con claridad que la ética es una facilitación de la vida y no su constante entorpecimiento. La virtud, o es un medio para facilitar la acción -así entendieron los clásicos el hábito moral- o es una coartada de la inmovilidad y la pesadez. Me parece que responde a una visión injusta y negativa de la realidad social pensar que la era de la levedad representa únicamente un proceso de banalización de lo real; también es cierto que impulsa, a su vez, una interrogación más exigente, una multiplicación de los puntos de vista subjetivos, una desconfianza frente a la uniformidad. El espíritu es menos firme pero más receptivo a la crítica, menos estable pero más tolerante, menos seguro de sí mismo pero más abierto a la diferencia. Tanto el culto a la espontaneidad como la obsesión de seguridad son incapaces de esa espléndida forma de levedad que es la ironía. El hombre auténticamente virtuoso guarda distancia respecto de su propia virtud, a la que no toma excesivamente en serio. La verdadera virtud contiene siempre un cierto grado de ironía y se siente a sí misma sin patetismo alguno.

Daniel Innerarity

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