Juventud, carrera de obstáculos

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Duración lectura: 13m. 20s.

Estudio sobre la juventud como transición hacia la completa autonomía
Abandonar la casa paterna es ese paso del Rubicón que muchos jóvenes europeos tardan cada vez más en dar, sobre todo en los países del sur. La inestabilidad del empleo, las dificultades de acceso a la vivienda y la comodidad del nido familiar conspiran para retrasar el momento de la emancipación. La evolución de este proceso de transición de los jóvenes europeos hacia la independencia es analizada por Juan Antonio Fernández Cordón, investigador del Instituto de Economía y Geografía del Centro Superior de Investigaciones Científicas, en un artículo aparecido en la revista Family Observer (1), del que ofrecemos un resumen.

Tanto la niñez como la edad adulta son periodos bien definidos aunque con fronteras cambiantes. Sin embargo, la juventud ni tiene una delimitación demográfica clara ni una estricta definición legal. Es un periodo de transición al que solo cabe acercarse como fenómeno social complejo.

Así, se puede considerar la juventud como una fase de transición que experimentan los individuos durante periodos de tiempo más o menos largos, cuya duración depende del tipo de sociedad en que viven. Esa transición es doble: de la escuela al trabajo, y de la familia de origen hasta que crean una nueva familia. La fase concluye con la integración en la sociedad adulta, momento en que el individuo alcanza la independencia social y económica que no solo garantiza el reconocimiento de sus derechos, sino también su capacidad para ejercerlos.

En busca de empleo y vivienda

Esta delimitación ha cambiado a lo largo de la historia. La diferencia principal en las sociedades modernas es que la transición hacia la edad adulta es gradual y no precisamente nítida ni vinculada a un acontecimiento singular, como el abandono del hogar paterno o la obtención de un empleo. Por un lado, la tendencia generalizada a seguir estudiando más allá de la enseñanza obligatoria supone que la infancia se prolonga. Más difícil aún es decir cuándo termina la juventud, porque ahora se extiende a situaciones de cohabitación al margen del matrimonio o incluso de vida en común pero no permanente. Estas circunstancias complican precisar el momento exacto en que nace una nueva familia.

Los factores para determinar la transición a la edad adulta son la residencia independiente y el empleo. Dejar la casa paterna es un momento clave porque tener casa propia constituye una condición para el reconocimiento social. De manera que los obstáculos que encuentran los jóvenes para conseguir residencia independiente también lo son para la integración en la sociedad.

No obstante, la residencia independiente no supone que el joven tenga un trabajo, ya que los padres o la pareja pueden suplir la falta de recursos. Y, al contrario, no todo trabajo da la posibilidad de independizarse, ya sea porque los ingresos no son suficientes o porque el trabajo no es estable.

Agusto en la casa paterna

Los jóvenes de los años 60 y 70 tendían a dejar pronto el hogar familiar. Querían independizarse de sus padres, que eran menos tolerantes que las familias actuales, y en esa época había más empleo y menos competitividad. Ahora la proporción de jóvenes que aún viven con sus padres ha crecido en todos los países de la UE, tanto entre los de 20-24 años como entre los de 25-29. Gozan de bastante libertad en casa, pero tienen más dificultades para acceder al empleo.

Casi todos los jóvenes menores de 20 años viven con sus padres. Prácticamente no hay diferencias entre los países de la UE -cuyos extremos son Italia (96%) y Gran Bretaña (91%)- y no se han producido cambios significativos desde 1986. Después de esa edad, la proporción disminuye bruscamente. Así, en 1995, en países como Alemania, Bélgica, Francia, Gran Bretaña y Holanda, el 45-63% de los jóvenes de 20-24 años y el 14-20% de los de 25-29 permanecía con sus padres.

En el sur es muy distinto: la proporción de jóvenes de 20-24 años que seguía con sus padres en 1995 era muy alta en España (89%) y en Italia (87%). Pero lo más característico de estos países del sur se observa en la franja de 25-29 años, donde una alta y creciente proporción de jóvenes seguía viviendo en casa de sus padres: un 59% en España y un 56% en Italia. Hombres y mujeres siguen una pauta similar, aunque en todas las edades el porcentaje de mujeres que siguen viviendo en casa de sus padres es menor que el de los hombres, sobre todo en el grupo de 25-29 años.

Retraso en el matrimonio

Según los datos del Eurobarómetro de 1993, la mayoría de la población piensa que el hecho de que se alargue la estancia de los jóvenes en el hogar familiar es algo “bastante bueno”. Solo el 20% respondió que era negativo. España fue el país con el porcentaje más bajo de personas con opinión favorable a la prolongación de la estancia de los jóvenes (Eurostat 1997).

Según los países, también hay diferencias entre los jóvenes que viven en una casa propia. En los países del sur predominan los que viven en pareja y con hijos: más de la mitad de las mujeres están en esa situación. Una consecuencia de la falta de independencia residencial de los jóvenes del sur es la escasa proporción de los que han constituido una familia propia: en 1994, el 14% de los hombres y el 30% de las mujeres vivían en pareja o tenían hijos, frente al 35% y al 55%, respectivamente, en los países centroeuropeos de la UE. Este hecho se refleja en la baja fecundidad del sur de Europa.

Vivir solo es poco frecuente entre los jóvenes en todas partes. Menos del 10% de los jóvenes de 20-24 años y el 12% de los de 25-29 vivían solos en 1995. Las mayores diferencias entre países se dan en este apartado, que oscila entre el 1% de España y el 23% de Finlandia (cfr. cuadro 1).

Hacia la autonomía paso a paso

La educación alcanza a casi la totalidad de la población en edad escolar y el periodo educativo se ha alargado con los años. Así, la manera de vivir típica del adolescente se prolonga hasta más allá de los 20 años. También disminuye el número de personas poco cualificadas que empiezan a trabajar y el número de chicas jóvenes sin estudios que se casan pronto.

Así, el proceso desde la total dependencia de la niñez hasta la total autonomía del adulto, tiene ahora estados intermedios complejos: diversas formas de independencia incompleta, según la residencia y la situación laboral del joven. Las mujeres son un caso especial, ya que algunas están casadas o cohabitan pero no tienen empleo. Se puede considerar como una forma de independencia cuando la situación es estable, pero en algunos casos no lo es y existe dependencia económica.

Junto con esto, el proceso no es lineal. Algunos estudios advierten de un fenómeno creciente que consiste en pasar de una etapa avanzada a una previa: por ejemplo, volver al hogar paterno después de un periodo con trabajo y residencia independiente. Estas situaciones alargan los procesos intermedios.

Jóvenes dependientes o casi

Actualmente, la proporción de jóvenes totalmente dependientes es más alta en los países del sur de Europa que en el resto, en ambos sexos; además, la situación se alarga hasta los 27 años, momento en que empieza a descender el número de dependientes. En Europa central, la proporción de jóvenes en situaciones intermedias es más alta en los primeros años de juventud (muchos jóvenes tienen empleo mientras viven con sus padres) y más baja posteriormente. Con todo, los jóvenes de los países del sur tienen más dificultades para completar la transición o lo hacen más tarde.

La salida de la situación de dependencia total se ha retrasado en toda Europa. En los países de Europa central, la proporción de jóvenes que han alcanzado la autonomía a los 30 años ha retrocedido ligeramente: del 76% en 1986 al 74% en 1994, en el caso de los varones, y del 86% al 84%, respectivamente, en el de las mujeres (incluidas las amas de casa). En los del sur, el retroceso ha sido mucho más acusado: del 60% al 43%, en los varones, y del 74% al 56%, para las mujeres. La independencia, sea personal o a través del matrimonio o la cohabitación, sigue dándose a edades más tempranas entre las mujeres, aunque con tendencia al retraso.

En Europa central, mientras el número de casadas ha descendido, la proporción de mujeres totalmente autónomas ha aumentado. En el sur, en cambio, los dos parámetros han descendido. En consecuencia, algo más del 50% de mujeres de 30 años eran autónomas (personalmente o a través del matrimonio) en 1994, cuando en Europa central eran el 84%.

En los países del sur, el 10% de los hombres jóvenes con 30 años en 1994 era totalmente dependiente; y casi el 50% estaban en una situación intermedia. De estos, la mayoría estaba en el mercado de trabajo, con empleo o no, pero aún vivía con sus padres.

Aumentan los jóvenes inactivos

La proporción de jóvenes cercanos a los 30 años con residencia independiente varía mucho según los países y refleja claramente su situación en el mercado de trabajo: es muy baja entre los jóvenes inactivos -la mayoría, estudiantes- y a alta entre los activos (tengan o no empleo).

Entre los 20 y 29 años, la proporción de jóvenes inactivos ha aumentado en todos los países, aunque quizás más en los países del sur de Europa. Esto es consecuencia de la prolongación del periodo educativo, que en muchos casos sirve de alternativa a la falta de empleo. En el sur, menos del 10% de los jóvenes inactivos tiene residencia independiente, mientras que en los demás países son casi el 50%.

En 1986, la proporción de mujeres sin empleo (sin contar amas de casa) era más alta que la de varones. El número ha aumentado en parte a causa de que las mujeres permanecen en el sistema educativo más tiempo que antes y también porque socialmente sigue estando más aceptado en el caso de las mujeres. No obstante, la proporción de mujeres inactivas con residencia independiente sigue siendo muy baja.

La relación entre desempleo y residencia independiente es distinta en cada país. En Europa central, el 70% de los varones y el 50% de las mujeres sin empleo tienen residencia independiente; en los países del sur, el 84% de los varones y el 70% de las mujeres desempleadas viven con sus padres. En el caso del sur, el papel que tiene la familia explica que esos grandes niveles de desempleo se acepten sin provocar una crisis. Pero además, desde 1986 el porcentaje de jóvenes con empleo y que viven con sus padres se ha incrementado en los países del sur, pero no en el resto. La diferencia no puede ser solo cultural, también influye la inseguridad y precariedad laboral.

Tener trabajo no basta

Lo que no ofrece dudas es que, a diferencia de otras épocas, tener un trabajo, en especial en los países del sur, no garantiza la independencia. Y que la familia está siendo clave para acolchar las situaciones intermedias que no permiten la completa autonomía.

En el retraso de los jóvenes hacia la plena autonomía ¿influyen más las causas materiales (dificultades de empleo y de vivienda) o las psicológicas y sociales (preferencias de los jóvenes, concepción de la familia)? Ambos tipos de causas influyen, pero no de la misma manera. El tipo de familia propio del sur permite paliar las dificultades que encuentran los jóvenes al buscar empleo y vivienda. Incluso es posible que la comodidad del “nido familiar” no impulse a los jóvenes a adaptarse a las cambiantes condiciones de trabajo y vivienda. En este sentido, el papel de la familia puede ser parte del problema, pero no crea el problema.

Junto con esto se observan mejoras en el mercado laboral y cabe esperar que los próximos años los jóvenes consigan empleo más fácilmente. ¿Seguirán viviendo con sus padres a pesar de todo? A juzgar por lo que afirman en las encuestas y a pesar del diferente papel que tiene la familia en los países del sur y en el resto, lo más probable es que los jóvenes del sur comiencen a independizarse como los demás europeos.

Cuando haya menos jóvenes

Desde mediados de los 80, la plena integración de los jóvenes en la sociedad se ha complicado. En más de la mitad de los países de la UE, los jóvenes aún no se han independizado a los 30 años (no tienen empleo estable ni hogar propio); muy pocos parados viven por su cuenta y hay más jóvenes con empleo que viven con sus padres que antes. Aunque existen diferencias entre unos países y otros, los valores culturales no explican todo; hay que mirar más bien a causas económicas estructurales comunes.

El paso a la completa autonomía es ahora un proceso largo con estados por los que hay que pasar para adquirir las ventajas y beneficios asociados a la edad adulta. La juventud termina cuando se han superado todos los obstáculos.

En este momento, los jóvenes deben sufrir los avatares económicos, no siempre beneficiosos para sus intereses, mientras que las personas mayores disfrutan de la tranquilidad del Estado de bienestar. Un pastel que los jóvenes no tienen seguridad de probar en el futuro.

La situación puede cambiar a largo plazo (ver cuadro 2). Según Eurostat, el porcentaje de jóvenes se reducirá en la UE los próximos 20 años. La población de jóvenes de 20-29 años pasará de los 50,9 millones en 2000 a 43,9 millones en 2020. Lo que supone una reducción del 13,9%, que contrasta con el incremento del 1,3% de población total que se espera en ese periodo. En los países del sur se espera una reducción de jóvenes más notable (-40% en España; -29% en Italia), de manera que la proporción relativa a la población total estará por debajo de la media europea en 2020. Una previsión que es consecuencia de los persistentemente bajos índices de fecundidad.

Los pronósticos son negativos para el equilibrio de las pensiones y el Estado del bienestar, pero pueden favorecer que los jóvenes consigan más fácilmente empleo y vivienda. Como resultado, podrían aumentar los índices de fecundidad y corregirse los desequilibrios entre grupos de edad en la población.

Así, los actuales apuros de los jóvenes pueden afectar solo a unas pocas generaciones, que son precisamente las mismas que tendrán que adaptarse a un sistema de pensiones debilitado cuando les llegue la edad de jubilación. La preocupación por su destino debería ser una prioridad política.

Juan Antonio Fernández Cordón_________________________(1) Juan Antonio Fernández Cordón, “Youth as a transition to full autonomy”, Family Observer, nº 3. European Commission.