Intelectuales de Georgia contestan la imposición extranjera sobre derechos de los homosexuales

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Duración lectura: 3m. 24s.

Una treintena de personajes públicos georgianos (escritores, pensadores, representantes del mundo del arte y de la empresa) ha contestado por escrito a un informe europeo que criticaba el poco respeto institucional a los homosexuales en Georgia. En una carta abierta, piden a su autor, Thomas Hammarberg –antiguo Comisario de Derechos Humanos del Consejo de Europa y actualmente consultor especial para Georgia–, que respete las tradiciones cristianas del país. Según los autores, la moral que ha adoptado la mayoría de países occidentales, y que por ejemplo equipara las uniones homosexuales al matrimonio, no es lo neutral que dice ser, ni la única que puede salvaguardar los derechos humanos.

La polémica viene de atrás. En mayo de este año, una manifestación convocada por una asociación LGTB para celebrar el día contra la homofobia acabó con serios disturbios cuando fue boicoteada por otra, mucho más numerosa, de signo contrario. Entre estos últimos había personas (pocas) que portaban símbolos religiosos, e incluso fueron identificados dos clérigos ortodoxos, uno de los cuales fue detenido y procesado –en agosto le absolvieron de los cargos–. Al día siguiente la Iglesia ortodoxa de Georgia se desvinculó oficialmente de los hechos y reiteró que el mensaje cristiano nunca justificaría la violencia. Sin embargo, las imágenes de una turba de exaltados golpeando el autobús donde eran desalojados algunos de los activistas LGTB, junto con los mensajes de la Iglesia los días anteriores criticando la marcha, han hecho que muchos hablen de un “fundamentalismo religioso” auspiciado por la jerarquía ortodoxa.

Al igual que la Iglesia, el parlamento reaccionó rápido ante los sucesos y dos meses después aprobó una ley para perseguir la violencia homófoba. En septiembre, Hammarberg publicó su informe sobre el respeto a los derechos humanos en Georgia. En el capítulo sobre los derechos de las minorías, después de haber criticado la mala gestión de las diferencias raciales y religiosas por parte del gobierno, el ex-comisario europeo toca el tema de las “minorías sexuales”, y se refiere explícitamente a los hechos de mayo. Hammarberg pide a la jerarquía ortodoxa que aclare su postura en contra de la violencia –algo que ya había hecho–, y explica que el día contra la homofobia no es una acto propagandístico.

Carta abierta
En esto discrepan los autores de la carta abierta. Ellos sí consideran que tal evento busca promocionar las conductas homosexuales, y preparar el terreno para futuras reformas legales. Aunque evidentemente no justifican la violencia, piden a Hammarberg –y por extensión a los organismos internacionales– que respete la identidad cristiana del pueblo georgiano (un 83% se declara cristiano ortodoxo). Además critican la costumbre, típicamente occidental según ellos, de tachar de integristas a todos los países que no adoptan al pie de la letra su visión de la moral, políticamente correcta y por eso volátil. La carta utiliza algunas expresiones que en Europa producirían escándalo inmediatamente: se refiere a la homosexualidad como “perversidad sexual” y habla de la moral cristiana como “ley de vida que ha regido con éxito la sociedad humana durante siglos”.

En la reclamación de estos autores puede apreciarse una cierta dosis de nacionalismo; algo, por otra parte, muy común en las ex-repúblicas soviéticas y en la propia Rusia. Este nacionalismo, como defensa de lo propio ante “el gran bloque” occidental, puede a veces mezclarse con el sentimiento religioso –igualmente fuerte por la represión comunista– y producir conductas clericales o violentas, que con toda razón son criticables.

Sin embargo, por otro lado es perfectamente comprensible la defensa de la identidad religiosa, que en estos pueblos, y por circunstancias a veces dramáticas, está muy unida a la identidad nacional. La autoridad de los derechos humanos, frecuentemente enarbolados por las instancias internacionales, no puede convertirse en una forma de coacción que obligue a todos los países a adaptarse a los cambiantes criterios morales de Occidente.