Hay que presentar la maternidad de modo positivo

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Intervención de la representante vaticana en la Conferencia de Pekín
La Santa Sede se ha adherido, con bastantes reservas, al documento final de la Conferencia Mundial sobre la Mujer (ver servicio 89/95). Lo mismo observó, ya iniciada la conferencia, Anne Applebaum, como cuenta en un comentario publicado en la revista The Spectator (Londres, 9-IX-95).

¿Por qué el aborto es el tema central de los debates en la Conferencia Mundial sobre la Mujer? ¿Por qué está acaparando la mayor parte de la atención en las sesiones de trabajo? ¿Por qué provoca las más vivas polémicas entre las delegaciones? Digámoslo claramente: porque obsesiona a las mujeres norteamericanas. El debate sobre el aborto divide a las norteamericanas en feministas y antifeministas: Hillary Clinton ha venido a Pekín y, aunque denuncia los abortos impuestos y los rechaza como medio de control de la natalidad, se declara pro-choice. En Estados Unidos, el aborto se ha convertido en un tema crucial, con el que todos los políticos han de enfrentarse antes o después: declararse a favor o en contra supone ser inmediatamente encasillado como pro-life o pro-choice, y ganar o perder los correspondientes apoyos políticos. (…) Ser pro-choice significaría que las mujeres pro-vida serían anti-mujer, para quienes entienden que el aborto “libera a la mujer”.

Y como el debate sobre el aborto preocupa a las mujeres norteamericanas, preocupa también a la ONU y a otras instituciones que financian programas de desarrollo en el Tercer Mundo. Durante años, sucesivos gobiernos norteamericanos impulsaron o frenaron programas internacionales de planificación familiar, según favorecieran o no el aborto; los grupos feministas definían tales decisiones como progresistas o retrógradas. Hasta que empezaron a conocerse las políticas coactivas de control de la natalidad, como la de China, las mujeres norteamericanas se habían sumado al consenso de tantas organizaciones de ayuda al desarrollo, en la línea de que el control demográfico es el asunto más fundamental de la mujer. Tim Wirth, vicesecretario de Estado norteamericano, ha llegado a declarar que “las mujeres tendrán menos deseos de fundar una familia si les damos educación”. Como si ese fuera el único punto de interés en la educación femenina.

(…) No es extraño, pues, que el pasaje más controvertido de la Plataforma de Acción de esta conferencia sea el que trata del aborto. (…) Ya en el tercer día de la conferencia, International Planned Parenthood publicó un comunicado de prensa en el que declaraba que una minoría de países amenazaba romper el consenso sobre control demográfico.

(…) No entro aquí a discutir si el aborto está bien o mal: simplemente afirmo que la mera posibilidad de abortar -o incluso de acceder a la planificación familiar- no basta para “liberar a la mujer”. Las mujeres chinas pueden abortar; pero esto significa, en muchos casos, optar por no tener una hija (1). Por muy básico que pueda ser el aborto para las norteamericanas, (…) lo que necesitan las mujeres que viven en sociedades tradicionales suele ser otra cosa: el derecho a ser respetadas (…).

Intereses distintos

Es patente que a mujeres de distintos países no les interesan los mismos temas, como manifiestan delegadas de India, África u Oriente Próximo. En estos días he podido oír a una mujer de Ghana hablar de sus esfuerzos para conservar ciertas costumbres tribales (…); he visto a unas filipinas abandonar, disgustadas, una reunión de [la organización abortista norteamericana] Catholics for a Free Choice: me explicaron que ellas creían en la “dignidad de la sexualidad humana” y no estaban conformes con eso de “escoger el estilo de vida que se prefiera”.

Una keniana me dijo: “Nuestros intereses son mucho más básicos: necesitamos educación, necesitamos un sistema sanitario que funcione”. Además, le indignaba que la promoción del control demográfico y del aborto se hubiera convertido en el objetivo primario de la ayuda al desarrollo: “Las organizaciones de ayuda al desarrollo -afirmaba- hablan sólo de salud reproductiva, no de la salud integral de la mujer. Yo puedo obtener anticonceptivos gratis en la clínica de Planned Parenthood, pero si lo que busco es penicilina -que puede ser necesaria para salvar la vida a un niño-, ninguna organización internacional me la paga”.

Las preocupaciones obsesivas de la conferencia resultan extrañas a mujeres como Emmie Chanika, de Malawi: “Las mujeres aquí presentes afirman luchar por sus derechos -me decía-; pero no todas entendemos los derechos de la misma manera”. (…) La mera idea de derechos de las lesbianas la dejaba perpleja: “Déjeme pensar… ¿En Malawi tenemos alguna palabra para decir ‘lesbiana’?”.

Tras oír opiniones como éstas, resulta inquietante ver cómo los debates están dominados por cierto feminismo, que necesariamente condicionará también el discurso mundial sobre los derechos de la mujer, y determinará los programas de ayuda al desarrollo. (…) Ese feminismo occidental es tal vez hoy una de las formas supremas de imperialismo, con un matiz radical: a diferencia de los imperialistas del pasado, promueve un modelo de conducta personal y familiar, no de dominación económica. En una camiseta que vi en Huairou se podía leer: “El feminismo no es más que una forma mejor de vivir”. Pero, ¿mejor para todas las mujeres?

Las reservas de la Santa Sede

Al final de la Conferencia, la delegación vaticana anunció que se adhería, con reservas, a la versión definitiva de la Plataforma de Acción. Estas son las principales objeciones de la Santa Sede:

– El documento no afirma expresamente la dignidad de la mujer y la igualdad de derechos respecto al hombre.

– Pese a que la Declaración Universal de Derechos Humanos subraya que la familia es la unidad básica de la sociedad, el documento de Pekín no se refiere a ella sin añadir expresiones que la trivializan.

– El documento es ambiguo cuando usa términos como “salud reproductiva”, “derechos reproductivos” o “planificación familiar”. La Santa Sede advierte que no se deben interpretar como un reconocimiento del aborto o de la contracepción, ni en contra del derecho a la objeción de conciencia, en relación con esas prácticas, por parte de los profesionales de la sanidad.

Por estos motivos, la Santa Sede no da su conformidad a la sección del capítulo IV dedicada a la salud, que “dedica una atención totalmente desproporcionada a la salud sexual y reproductiva, frente a las demás necesidades sanitarias de las mujeres”.

La Santa Sede añadió una declaración sobre el significado del término “género”. Lo entiende, señala, en su sentido ordinario. O sea, el género “está basado en la identidad sexual biológica, masculina o femenina”. La Santa Sede rechaza las interpretaciones según las cuales la identidad sexual se puede adaptar, de forma indefinida, a nuevos y diversos fines. También se opone a la idea, propia del determinismo biológico, de que “todas las funciones de los dos sexos y las relaciones entre ellos están fijadas de manera única e invariable”.

Al hacer públicas estas reservas, la Prof. Glendon lamentó que la Conferencia no hubiera ido suficientemente lejos en algunas cuestiones. El documento, dijo, reconoce en teoría la necesidad de “facilitar el acceso a la educación, la sanidad y los servicios sociales, pero evita cuidadosamente cualquier compromiso concreto de dedicar nuevos recursos a ese fin”. Con respecto a la “salud reproductiva”, señaló: “Un documento que respete la dignidad de la mujer debería ocuparse de la salud de la mujer entera. Un documento que respete la inteligencia de la mujer debería dedicar al menos tanta atención a la alfabetización como a la fertilidad”.

_________________________(1) N. de la R.: Sobre el aborto selectivo de niñas en China, ver servicio 42/95.

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