Fragilidad y apertura de los jóvenes

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Duración lectura: 15m. 42s.

La mentalidad juvenil en el mundo occidental
Los jóvenes de hoy son más individualistas que los de generaciones precedentes, pero también están menos condicionados por el peso de las ideologías. Una adolescencia prolongada se manifiesta en la tendencia a relegar las elecciones definitivas y en el temor a comprometerse. Muchos no han recibido formación religiosa, pero están abiertos a una búsqueda espiritual. Son estos algunos rasgos del perfil de los jóvenes que bosqueja Tony Anatrella, psicoanalista francés y experto en psiquiatría social, en una conferencia pronunciada en un congreso internacional de responsables de las Jornadas Mundiales de la Juventud celebrado en Roma (1). Ofrecemos una selección de párrafos.

Los jóvenes que aquí nos interesan son los de 18 a 30 años, es decir, se encuentran en la edad post-adolescente y quieren hacerse psicológicamente autónomos buscando al mismo tiempo afirmar el propio yo. (…) La mayor parte de ellos sigue viviendo con sus padres, mientras otros, a pesar de vivir solos, aún dependen de ellos. (…)

Los jóvenes de hoy, como los de las generaciones precedentes, son capaces de ser generosos, solidarios y comprometidos con causas que los movilizan, pero tienen menos referencias sociales y sentido de pertenencia que sus predecesores. Son individualistas, quieren hacer su propia elección sin tener en cuenta el conjunto de los valores, de las ideas o de las leyes comunes. Toman sus puntos de referencia de donde sea para después experimentarlos en su modo de vivir. (…)

Una sociedad que infantiliza

Durante la infancia sus deseos y expectativas han sido de tal manera estimulados a costa de la realidad externa y de las exigencias objetivas, que terminan por creer que todo es maleable sólo en función de los propios intereses subjetivos. Después, al inicio de la adolescencia, a falta de recursos suficientes y de un apuntalamiento interior, intentan desarrollar lazos de dependencia en relaciones de grupo o de pareja. (…) De hecho pasan del apego a los padres al apego sentimental, quedándose siempre en la misma economía afectiva.

La educación, justamente preocupada por la calidad de la relación con el niño, se ha centrado demasiado en el bienestar afectivo, a veces a costa de las realidades, de los saberes, de los códigos culturales y de los valores morales, sin ayudar a los jóvenes a edificarse interiormente. Por consiguiente, en muchos casos tienden más a una expansión narcisista que a un verdadero y auténtico desarrollo personal. (…)

Crecer implica separarse psicológicamente, abandonar la infancia y la adolescencia; pero para muchos tal separación es difícil porque los espacios psíquicos entre padres e hijos se confunden.

Significativa es la experiencia de Laurent, 28 años, casado y padre de un niño: “Me consideran adulto, pero no me reconozco como tal, y el mundo de los adultos no me interesa. Tengo dificultad en hacer mía esta dimensión. Para mí, los adultos son mis padres. Estoy en contradicción conmigo mismo: interiormente me veo como un niño o un adolescente, con angustias terribles, pero hacia afuera ya soy un adulto y en el trabajo me consideran como tal. En la sociedad nada nos ayuda a hacernos adultos”.

Retrasar las decisiones

El alargamiento de la vida deja suponer que el individuo tiene todo el tiempo para prepararse y comprometerse en la vida. La esperanza de vida crea por lo tanto hoy más que en el pasado las condiciones objetivas para poder permanecer joven, entendiendo la juventud como el período de la indecisión. (…) Esta vaga concepción de la existencia, propia de la adolescencia, es más preocupante cuando continúa en los post-adolescentes, tan inseguros en sus motivaciones hasta el punto de no tener confianza en sí mismos. Muchos postergan los plazos y viven en lo provisional, sin saber si podrán continuar con lo que han empezado en los diversos ámbitos de la existencia.

En el pasado, el período de la juventud se vivía en función de la vida sucesiva y de una existencia autónoma: la juventud era, por lo tanto, una etapa preparatoria. Hoy, una juventud así prolongada provoca una cierta indeterminación en la elección del tipo de vida. Algunos prefieren diferir las elecciones decisivas y atrasar así el ingreso en la vida adulta o la asunción de compromisos definitivos. (…)

La diferencia principal respecto a la mayor parte de las generaciones precedentes (que hacían una elección precisa de acuerdo con prioridades) consiste en la propensión a vivir al mismo tiempo diversos aspectos de la vida, aspectos a veces contradictorios, sin jerarquizar las propias necesidades y valores. Algunos jóvenes son hoy muy dependientes de la necesidad de hacer experiencias porque, por la falta de transmisión de valores, piensan que no se sabe nada de esta vida y que todo se debe descubrir e “inventar”. (…)

Una adolescencia más larga

Una de las mayores paradojas de nuestra sociedad occidental consiste en hacer crecer a los niños demasiado rápido, animándolos al mismo tiempo a permanecer adolescentes el mayor tiempo posible. Se incita a los niños a tener comportamientos de adolescentes cuando aún carecen de las competencias psicológicas para asumirlos. De ese modo, desarrollan una precocidad que no es fuente de madurez, saltándose las tareas psicológicas propias de la infancia, lo que les puede perjudicar en su futura autonomía, como lo demuestra la multiplicación de los estados depresivos de muchos jóvenes.

Los mismos post-adolescentes se lamentan de una falta de puntales interiores y sociales, en particular aquellos que, después de largos estudios, llegan a la empresa con su diploma recién sacado y deben de repente asumir responsabilidades.

El tiempo de la juventud siempre se ha caracterizado por una cierta inmadurez: esto no es ninguna novedad. En otras épocas esta inmadurez era compensada por la sociedad que se situaba más en el mundo de los adultos, e incitaba por lo tanto a crecer y a alcanzar las realidades de la vida. Hoy, por el contrario, la sociedad no sólo ofrece menos apoyo dejando que cada uno se las arregle por sí mismo, sino que hace incluso creer que se puede permanecer en los primeros estadios de la vida sin tener que elaborarlos ni tener que vivir demasiado pronto un cierto número de experiencias.

(…) La inmadurez temporal no siempre permite proyectarse en el futuro. Este puede angustiar a los post-adolescentes no a causa de la incertidumbre social y económica, sino porque, psicológicamente, no saben anticipar ni valorar los proyectos ni las consecuencias de sus acciones y gestos, porque viven únicamente en el presente. (…) No saben inserir su existencia en la duración -o temen hacerlo- y por lo tanto adquirir el sentido del compromiso en muchos campos. Viven más fácilmente en la contingencia y en la intensidad de una situación particular que en la constancia y continuidad de una vida que se elabora en el tiempo. Lo cotidiano aparece como la espera de un momento excepcional, en vez de ser el espacio en el que se teje el compromiso existencial.

El aprendizaje del sentido del compromiso puede desarrollarse a través de la solidaridad y de proyectos en el ámbito de la comunidad cristiana al servicio de los demás.

Vida afectiva

Las psicologías contemporáneas están influidas por representaciones sociales centradas en una vida afectiva y sexual fragmentada. La expresión afectiva debe ser inmediata, como una llamada telefónica o una conexión por Internet, sin respetar los términos y el sentido de la construcción de una relación. También las imágenes de los medios de comunicación y de las películas se caracterizan actualmente por una expresión sexual fácil, de fusión y episódica.

Algunos jóvenes también están condicionados por la separación y el divorcio de sus padres, que en lo profundo de su vida psíquica han imprimido la desilusión y la falta de confianza en el otro y a veces en el futuro. (…)

También están relativamente influidos por el exhibicionismo sexual que hace estragos por medio de la pornografía y la trivialización de una sexualidad impulsiva y anti-relacional. (…)

Sin embargo, la mayor parte de los jóvenes aún es receptiva a un discurso que revele el sentido del amor humano, de la pareja y de la familia, lo que manifiesta la necesidad de aprender a amar y de ser creadores de relaciones y de vida.

Es típico que la pareja formada por jóvenes sea incierta y temporal, cuando está fundada únicamente en la necesidad de ser protegido y tranquilizado, y también en la inestabilidad de los sentimientos, sin que éstos estén integrados en un proyecto de vida y en el sentido del amor. La mentalidad reinante, a su vez, tampoco simplifica la tarea de los jóvenes, porque presenta la separación y el divorcio como norma para tratar los problemas afectivos y relacionales en el ámbito de la pareja.

El miedo a comprometerse

El temor a comprometerse afectivamente domina la psicología juvenil, que es vacilante, incierta y escéptica en cuanto al sentido de una relación duradera. Los jóvenes piensan que permanecen libres al no comprometerse, y al actuar así terminan por rechazar la libertad, porque es comprometiéndose como uno se descubre libre y pone en acto su libertad. La soltería prolongada los habitúa a vivir y a organizarse por su cuenta. A algunos les cuesta aceptar la presencia continua de otro en su vida cotidiana; les angustia, dándoles la sensación de perder la propia libertad. Por lo tanto alternan tiempos en los que viven con otros y tiempos en los que viven solos. Todavía a los 35 años piensan que son inmaduros y que no están preparados para comprometerse, y que aún necesitan tiempo. Pero cuanto más pasa el tiempo, menos se desarrolla su mentalidad para ser capaces de relacionarse con otra persona, a la que, por otra parte, piensan amar.

Sin embargo, los sondeos aún demuestran que la mayoría de los jóvenes quiere casarse y fundar una familia, aunque no siempre sepan cómo se constituye una relación a lo largo del tiempo. Desearían que se estableciera inmediatamente y resolver todos los problemas respecto al presente y al futuro. Sin duda los jóvenes necesitan aprender a hacer la experiencia de la fidelidad en la vida cotidiana, un valor que recoge el consenso unánime de los jóvenes, pero que no es valorizado por los medios de comunicación contemporáneos. En el mensaje de la sociedad predominan el miedo al matrimonio y a tener hijos, hecho que no ayuda a tener fe en sí mismo y aún menos en la vida.

Vivimos en una sociedad que siembra la duda respecto a la idea de comprometerse en el nombre del amor. Los jóvenes desean hacerlo y por ello se les debe acompañar para que puedan descubrir las posibilidades y los caminos que conducen a la fidelidad.

Laicidad y exclusión de lo religioso

El cristianismo está en el origen de la distinción entre el poder religioso y el poder temporal. (…) Pero la laicización, cuando supera el ámbito de la diferenciación de poderes, plantea varios problemas e influye en la concepción de la dimensión religiosa inherente a la existencia. La laicización se ha desarrollado así en oposición al papel y a la influencia de la Iglesia: se debía excluir lo religioso del campo social, relegándolo a una cuestión privada dependiente de la conciencia individual; esta era la manera de mutilar a la Iglesia. Es un fenómeno que ha continuado con la laicización de la moral, separada de los principios universales que pueden ser descubiertos por la razón, para confundirla con la ley civil votada democráticamente. Así la legalidad ha sustituido a la moralidad creando confusión en las conciencias de muchos jóvenes, de modo que llegan a creer que aquello que es legal tiene también un valor moral.

(…) Después de haber laicizado la sociedad y la moral, ahora le toca el turno a la religión. (…) Se trata de reconducir la palabra de Dios a un discurso mundano en consonancia con unas costumbres y una inteligencia religiosa laicizada y reducida al mínimo denominador común en nombre de la “modernidad” y de una “religión moderada”. Serían los cánones de moda en la sociedad los que deberían regular la religión y la fe cristiana en particular. Una visión que consiste en eliminar del campo social la dimensión religiosa y las exigencias que de ella se derivan.

(…) Los defensores de esta concepción están dispuestos a reconocer la libertad de creencia, que pertenecería a la esfera privada, pero rechazan aceptar que la realidad religiosa implique una dimensión social e institucional. (…) Las jóvenes generaciones necesitan ser educadas en esta dimensión social e institucional de la religión cristiana y no vivir la Iglesia como un grupo únicamente intimista e individual.

Sin educación religiosa

Los jóvenes son los hijos de los adultos que eran adolescentes en los años 1960-1970 y que, en su día, decidieron no transmitir lo que ellos habían recibido en su educación. Dejaron así que sus hijos se las arreglaran por su cuenta en el plano moral y espiritual, sin más preocupación educativa que la de velar por su desarrollo afectivo. Así en muchos casos han carecido de referencias espirituales, quedándose desamparados. (…)

En consecuencia, no tienen formación y menos aún cultura religiosa. No pueden comprender períodos enteros de la historia de nuestra civilización, del arte, de la literatura y de la música.

No son alérgicos a los dogmas, a las verdades de la fe cristiana, como tampoco tienen nada contra la Iglesia. Simplemente, no saben nada de ella. Por eso sus respuestas, en las encuestas más fiables, testimonian esta carencia en la gran mayoría de los jóvenes y revelan ignorancia, indiferencia y simplemente falta de educación religiosa. Están condicionados por todos los clichés y todos los conformismos que circulan a propósito de la fe cristiana. En suma, están alejados de la Iglesia porque, por falta de educación, no han entrado en esta tradición religiosa.

Hay que reconocer que muchos jóvenes son bastante ajenos a cualquier dimensión religiosa, la cual, a pesar de todo, quiere surgir. ¿Cómo podría ser de otro modo en un mundo que elimina lo religioso? Lo confunden con lo parapsicológico, lo irracional y la magia.

Les atraen fenómenos “en las fronteras de lo real” que provocan una resonancia emotiva y suscitan en ellos sentimientos que les hacen creer que existe un más allá. Pero en este caso solo se encuentran a sí mismos, su sensación y su imaginación. La espiritualidad de moda es sin palabras, sin reflexión y sin contenido intelectual. (…)

Una actitud en las antípodas del cristianismo, que es la religión de la Encarnación del Hijo de Dios. El cristianismo transmite un mensaje de verdad y de amor con el cual uno puede construir su vida y luchar contra todo lo que la arruina y la destruye. Los jóvenes cristianos son bien conscientes de que esta presencia de Dios y su mensaje son portadores de una inmensa esperanza. Les abre los caminos de la vida. Pero cuando el sentimiento religioso, que es inherente a la psicología humana, no es educado y enriquecido por un mensaje auténtico, permanece a un nivel primario y prisionero de una mentalidad supersticiosa y mágica. La falta de educación religiosa favorece las sectas y los falsos profetas que se autoproclaman para hablar en nombre de una divinidad hecha a su imagen.

Jóvenes con esperanza

La mayoría de los jóvenes que vienen a las Jornadas Mundiales de la Juventud (JMJ) respiran la alegría de vivir. Sorprenden por su calma, su sonrisa, su delicadeza, su amabilidad, su cooperación, su apertura. No hay que perder la esperanza en estos jóvenes que preparan una revolución espiritual silenciosa pero muy activa. Sin duda, como sus coetáneos, (…) viven experiencias y fracasos. Pero tienen sed de otra cosa y buscan una esperanza. Piden un ideal de vida y una espiritualidad que se basa en alguien, en Dios.

La sociedad europea envejecida, escéptica y sin esperanza es removida por estos jóvenes que creen en Dios y tratan de vivir de Él. La mayoría de ellos han salido de comunidades cristianas y han invitado a otros jóvenes con inquietudes espirituales. Saben que la vida no es fácil, pero al tener una esperanza firme no se resignan. Más o menos cristianos, se dirigen a la Iglesia para encontrar respuestas a su inmensa necesidad espiritual. Cada país donde se desarrolla la JMJ se beneficia de su irradiación.

(…) Juan Pablo II confía en ellos y les da confianza en la vida. (…) La generación precedente no siempre les ha transmitido convicciones, ni enseñado a vivir cierto número de valores, y se limita a repetir las aburridas convicciones de la sociedad de consumo. ¿Qué hacen los jóvenes? Se vuelven hacia los más ancianos para obtener lo que no han recibido. Son ellos, como el Papa, los que les vinculan a una historia y a una memoria cultural y religiosa, saltando por encima de sus padres. Cuando los jóvenes escuchan palabras verdaderas, se sienten respetados y valorados: “Por fin nos toman en serio, él confía en nosotros”.

(…) La Iglesia no está agonizante, como algunos dicen. Encuentra las mismas dificultades que las demás instituciones que sufren los efectos del individualismo, del subjetivismo y de una forma de desocialización. (…) Corresponde a la Iglesia asegurar una continuidad a las JMJ y poner en práctica una catequesis más activa y renovada. La inteligencia de la fe necesita ser alimentada.

_________________________(1) Tony Anatrella, Le monde des jeunes: qui sont-ils, que cherchent-ils? Conferencia pronunciada en el congreso celebrado en Roma del 10 al 13 de abril de 2003, organizado por el Consejo Pontificio para los Laicos. Texto íntegro, en diversos idiomas, en www.vatican.va/roman_curia/pontifical_councils/laity/, dentro del apartado “Congreso internacional sobre las Jornadas Mundiales de la Juventud”, bajo “Colonia 2005”.

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